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Vanessa de la Torre y las reflexiones de “una cuarentona”: su columna de opinión

Mi padre falleció de una leucemia sorpresiva y velozmente mortal hace más de 10 años. y desde entonces me cambió la sonrisa. Vivo con ese vacío de qué me diría ahora.

Por Vanessa de la Torre

24 de diciembre de 2023

Fotografía por: JOHAN LOPEZ
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El español tiene palabras precisas para describir casi todos los dolores de la vida. La viudez, la orfandad, perder a la pareja amada, a los padres… Pero hay un dolor irremediable tan, pero tan profundo, que no tiene término que lo defina: perder a un hijo. No tiene nombre. Y así, Lo que no tiene nombre se llama el libro que escribió Piedad Bonnett hace 10 años sobre su hijo Daniel, quien se quitó la vida.

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Con motivo de su aniversario, Penguin Random House publicó una preciosa edición especial que es, además de un reconocimiento a la pluma exquisita de la madre, un homenaje al hijo fallecido. Tiene imágenes de los cuadros que el joven pintó, fotografías familiares y seg mentos de cartas. Todo un universo que nos permite incursionar en la genialidad de Daniel mientras nos estremecemos con la narración trágica y preciosa a la vez de su madre.

Bonnett narra con maestría las horas más horrorosas de su vida. Hasta el horror le queda bonito. Con matices, con circunstancias distintas y condiciones que en nada se parecen, el dolor de la muerte es algo que a mí también me acompaña. Todos tenemos algún luto guardado. El mío es tan, pero tan profundo, que ya no sé cuándo ocurrió. En un complejo instinto de supervivencia borré la fecha.

Mi padre falleció de una leucemia sorpresiva y velozmente mortal hace más de 10 años. Y desde entonces me cambió la sonrisa. Vivo con ese vacío de qué me diría, qué sentiría o cómo me acompañaría. Me ha salvado el jazz que él tanto me enseñó a amar y que escucho con obsesión todos los días, porque el jazz lo explica y lo cura casi todo.

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Junto a la literatura, los amigos, el periodismo, el amor -que es lo más poderoso que puede sentir un ser humano, incluso más que la tragedia de la muerte- y, sobre todo, mis hijas, que desde que nacieron me han dado motivos para despertarme cada día. Ahora, ad portas de mis 46 años, comienzo a entender lo que son las hormonas y no tengo a mi padre para que me explique esas pasiones que me desbordan.

Pero tengo, menos mal, a unas mujeres magníficas cerca, mayores y mejores que yo, que me llevan de su mano por las circunstancias complejas de los años. Mafalda dice que uno empieza a vivir a los 40. Y se pregunta para qué entonces nace uno antes. La respuesta la he ido encontrando, aunque la sigo buscando: para poder entender lo que nos ocurre con el cuerpo y el corazón cuando va llegando la madurez. Y para poder sobrevivir a esa preguntadera que nos empieza a surgir y a todos esos cambios tan fuertes y magníficos que llegan con los años, ¡que vivan los cuarenta! ¡O los cuarenta y seis!, pues.

Vanessa de la Torre es columnista de Revista Cromos.

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