El cerebro está perfecto –nos dice la ginecóloga, a mi esposo y a mí, a medida que escarba con delicadeza dentro de mi útero para revisar cómo está el bebé, al tercer mes en mi barriga–. ¿Ven cómo se dividen los dos hemisferios?”. Justo en este momento del embarazo, la médica puede analizar cómo va el desarrollo del feto y detectar (con una ecografía de detalle y un examen de sangre) si el chiquito tiene alguna anomalía física o cromosómica. Para hablar en español, se puede saber, con mucha certeza, si, por ejemplo, le falta una mano o tiene síndrome de down.
A esta combinación de diagnósticos se le conoce como prueba de tamizaje genética y no la cubren ni la EPS ni la prepagada. Es una inversión que uno hace por tranquilidad personal. No es un asunto de vida o muerte para el sistema de salud, pero es un examen que puede determinar cómo será el resto de la vida para uno.
Llegamos emocionados de ver al bebé. Vemos con asombro los cinco deditos de cada una de sus manos, sus brazos en posición de karateca, su boca –que se abre y se cierra como si nos hablara–, sus piernas que juegan con el líquido amniótico… La especialista continúa: “Ahí están la naricita y el mentón, si no estuvieran, podríamos considerar la opción de que tuviera síndrome de down. También está la columna vertebral, en la longitud adecuada. ¡Y todo parece indicar que es niño!”. Ella recorre cada milímetro de ese cuerpo miniatura. Llega al corazón, lo oímos latir eufórico y, entonces, sentimos como si un millón de mariposas revolotearan por nuestras venas. Pero algo anda mal. La médica oye el corazón una y otra vez. Las mariposas quedan en pausa. “No respires”, me pide. Necesita silencio absoluto para oír muy bien el ritmo de ese palpitar. “Parece que tuviera un pequeño soplo. No es nada grave y esto que oigo no es una falla cardíaca, pero es una señal para tener en cuenta ante la posibilidad de un problema cromosómico”.
Esperamos diez años de noviazgo y casi tres de matrimonio para tomar la decisión de tener hijos. Antes de mi embarazo, mi esposo hizo decenas de cuadros de Excel. Cuando las cuentas nos empezaron a dar, llegaron las demás reflexiones: ¿estamos listos? ¿podré repartirme entre el periodismo y mi hijo? ¿tendremos suficiente estabilidad laboral? Y ante la incertidumbre, una certeza: tenía 33 años, cada día era menos fértil y, para rematar, mi esposo, quien sufrió de una grave enfermedad durante su adolescencia, podría tener problemas de esterilidad. Teníamos que ponernos a trabajar pronto.
Uno, que ha pasado toda la vida con la angustia de un embarazo no deseado, piensa que hacer hijos es como soplar y hacer botellas, pero no siempre es tan sencillo. Al tercer mes de intentar, nos empezamos a impacientar. Buscamos estrategias y posiciones curiosas (y vergonzosas) para facilitarles la tarea a los nadadores de mi esposo. Y nada. La llegada de cada regla era frustrante y emocionalmente dolorosa. Uno empieza a creer que tiene problemas, que es raro. Tres meses más tarde, la cosa cuajó.
Después de tantos cálculos, tantas reflexiones y tantas frustraciones, estar sentados en ese consultorio ante la posibilidad de que el bebé tuviera una anomalía era devastador. La ginecóloga metió cifras y datos en su computador y obtuvo un número que intentó explicar de la manera más sencilla posible: “Hace cinco años, con este número habríamos quedado frescos. A mí me habría gustado ver un número un poquito más alto, pero este está bien. Si ustedes quieren quedar más tranquilos, hay otro examen que podemos hacer para salir de dudas”.
Un examen caro, claro. Nos fuimos con la inquietud: hacer la inversión o quedarnos con la angustia durante el resto del embarazo; hacer la inversión o aceptar la posibilidad de tener un bebé con síndrome de down. Lo cual nos llevaba al otro dilema: si supiéramos de un problema cromosómico, ¿abortaríamos? Nos enfrentaríamos a esa dolorosa disyuntiva luego de recibir los resultados de ese examen en el que finalmente invertimos.
Quince días después de que tomaran la muestra de sangre recibí un correo: “¡Felicitaciones! –decía–. El resultado de ADN de tu bebé ha salido normal”. Mi cuerpo se llenó de oxígeno. Llevaba dos semanas respirando a medias. Las maravillas de la ciencia apaciguaron mi ansiedad. Para ma-más de otros tiempos, nuestra inversión probablemente parezca innecesaria. Yo, a partir de ese momento, he disfrutado aún más el embarazo. El bebé y yo vamos juntos a todos lados, y vamos tranquilos.