Lo comprobé hace unas semanas. Mis esposo y yo, uno al lado del otro, veíamos el final de Garzón Vive, la serie que reveló cómo transcurrió la vida del carismático humorista hasta el día de su muerte. Sabíamos, con años de anticipación, cómo iba a terminar, pero yo viví esa escena con la mente ajena a los recuerdos: Garzón va en su camioneta, se detiene en un semáforo, una moto con dos hombres para a su lado y uno de ellos le apunta con un arma. Él –protagonista de un asesinato anunciado– sonríe y, acto seguido, recibe seis disparos en su cuerpo. Fallece en la escena del crimen.
De inmediato, mis ojos se llenaron de lágrimas. Intentar contenerlas dolía, así que eventualmente tuve que dejarlas en libertad. Uno, en esos momentos, no quiere que nadie lo vea, así que hice el esfuerzo de mantenerme serena, pero empecé a sentir que no podía respirar, así que tuve que tomar una generosa bocanada de aire que me vendió. Ya no había nada que hacer, estaba desconsolada y lloraría hasta deshidratarme de ser necesario. Tenía que sacar ese dolor que acompañaba el agua y la falta de oxígeno y los mocos.
Estuve pendiente de mi esposo en todo ese proceso. Él, después del homicidio, decidió acomodarse mejor en la cama. ‘Casualmente’ se ubicó con su espalda hacia mí, así que no pude detallar sus ojos. Me parece que él tampoco quería que lo viera. Varias escenas más tarde se volteó de nuevo, por fin. Me dio la impresión de que para él también fue inevitable que su mirada se volviera agua; sin embargo, nunca lo sentí ahogarse por el llanto, ni moquear. Yo, en cambio, quedé agotada.
La idea de que las mujeres lloramos más que los hombres suena a estereotipo machista: si históricamente hemos sido consideradas el sexo débil, lo más normal es que seamos el género llorón. Pero, antes de meternos en ese terreno espinoso tenemos que desconectar el llanto de la fragilidad. Las lágrimas pueden ser liberación, sensibilidad, comunicación y alivio, a pesar de que socialmente hayan sido vinculadas con la falta de fortaleza, con la tristeza, con el dolor.
Llorar puede estimular la producción de dopamina y, por lo tanto, ayuda a retomar el equilibrio emocional. “Las lágrimas son una especie de lubricante social, ayudan a asegurar el suave funcionamiento de una comunidad al permitirle a la gente comunicarse”, explica Robert R. Provine, profesor de Psicología y Neurociencia de la Universidad de Maryland y autor de un estudio citado en el texto Por qué lloramos de la Asociación Americana de Psicología”.
¿Por qué lloramos las mujeres?
Después de entender que llorar no es malo, podemos afirmar que las mujeres lloran más que los hombres de acuerdo con el libro Por qué lloran los humanos: desenredando los misterios de las lágrimas, de Ad Vingerhoets, psicólogo clínico de la Universidad de Tilburg en Holanda y citado en The Cut. El trabajo de Vingerhoets sugiere que las mujeres lloran entre 30 y 64 veces al año, mientras los hombres lo hacen entre 6 y 17 veces. El especialista encuestó a más de 5.000 adultos de 30 países y averiguó que ellas lloran alrededor de 6 minutos de corrido en promedio y ellos, de dos a tres minutos.
¿Cuál es la razón de esta diferencia? Hay dos factores fisiológicos principales, el primero de ellos inesperado, el otro, previsible:
1. Varias investigaciones han confirmado que los hombres tienen conductos lagrimales más amplios y eso hace que sea menos probable que las lágrimas se escurran a las mejillas. Por el contrario, los ductos de las mujeres son más pequeños y superficiales, y esto lleva a que el llanto sea visible tan pronto se empieza a producir. La afirmación de Vingerhoets, que coincide con la de Geoffrey Goodfellow –profesor del Colegio de Optometría de Chicago– y con la de otros estudios realizados en 1960, explicaría por qué a mi esposo solo se le encharcan los ojos mientras que yo me vuelvo un mar de lágrimas.
2. Las hormonas son el segundo punto de la explicación: Vingerhoets considera que la testosterona inhibe el llanto. “Los pacientes con cáncer de próstata, por ejemplo, suelen volverse más emocionales al ser tratados con medicamentos que disminuyen los niveles de testosterona”, asegura en The Cut. Adicionalmente, las mujeres tienen niveles de prolactina 60% más altos que los de los hombres y un estudio realizado en 1980 por el bioquímico William H. Frey encontró que las lágrimas emocionales contienen justamente esta hormona, contrario a las lágrimas producidas por una cebolla, por ejemplo.
Más allá del cuerpo
Aparte de estas razones físicas, un estudio citado por la Asociación Americana de Psicología –que analizó a personas de 35 países– descubrió que la diferencia en el llanto entre hombres y mujeres es más pronunciada en aquellas naciones con mayor libertad de expresión, como Chile, Suecia y Estados Unidos. En Ghana, Nigeria y Nepal las mujeres lloran solo un poco más que los hombres, nada significativo.
Dianne Van Hemert –autora del estudio e investigadora de la Organización Holandesa para la Investigación Científica Aplicada– agregó que en los países con más riqueza la gente llora más porque su cultura lo permite, mientras que en los más pobres expresar las emociones es mal visto socialmente.
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Yo –en un país con libertad de expresión, en medio de una población cálida y sensible, con las hormonas femeninas rebosantes en el útero que carga a mi bebé y con mis pequeñas cuencas lagrimales listas para desbordarse– hay días en los que soy más agua que materia. Y me alegra.