La historia la desconoce Catherine Ibargüen, a menos que lea esto. Su padre no la abandonó como ella piensa. William Ibargüen la dejó al cuidado de su abuela paterna doña Ayola por amenazas que lo obligaron a marcharse del barrio Obrero de Apartadó. “Nunca tuve corazón para contarle a la niña que su papá, quien trabajaba en una finca, le dijeron que si no se unía a la guerrilla lo mataban a él y a todos nosotros. Era mejor que se fuera a que tuviera que visitarlo allí en el cementerio. No saben la vida que uno ha pasado acá en el Urabá. ¿Si ve cómo es Colombia…?”, recuerda doña Ayola Ibargüen, quien crió a la medallista olímpica de plata desde que ella tenía ocho años.
Su madre, Francisca Mena, una turbeña maciza, también salió de casa a buscar dinero como cocinera de los mineros de oro en Zaragoza, Antioquia. “Tristemente tuve que irme. Tenía que salir para ganar más que en Apartadó. Pero nunca perdí contacto con mi hija”, dijo Francisca, quien ayer vio la prueba desde su casa en Turbo, a media hora de Apartadó.
Seguirle patrocinando el colegio a la única hija de ese divorcio fue la única condición que puso la abuela paterna para quedar al cuidado de Catherine en Apartadó. En efecto, en el colegio San Francisco de Asís conoció el atletismo, en el que empezaría como una fracasada velocista y terminaría como una de las mejores en salto triple en el mundo.
“Todo valió la pena, mija. Si hubiese estado a su lado, en el estadio Olímpico en Londres, la hubiera abrazado y besado. Usted escogió este deporte, sacrificó muchas cosas en su vida como irse a vivir a Medellín para mejorar y usted nunca miró hacia atrás. No se rindió a pesar de las necesidades que vivimos en casa, acá en el barrio Obrero donde vi ayer su competencia con sus amigos y familiares”, le dijo doña Ayola a El Espectador. Ella considera como a una hija a Catherine. La atleta, a su vez, dice que su abuela, la de la voz temblorosa y risas sin razón, fue la mujer que la forjó como ser humano.
“Valieron la pena los llamados de atención. Eso sí, no le pegaba y no dejaba que nadie lo hiciera. Siempre le decía ‘mija, por qué hace esto así’, ‘mija, usted tiene que salir adelante por sus papás que no tienen trabajo’, ‘mija…’. Siempre fue con cariño”, continúa alimentando la nostalgia la señora Ayola, quien trabajaba en fincas bananeras y se apoyaba en su hija Luz Mery en la crianza de Catherine.
Los malos tiempos en su vida hicieron callo en la personalidad de Catherine, la de sonrisas contagiosas y cuerpo perfecto. Por eso en el plano deportivo superó el fracaso como velocista precoz, los irregulares resultados en salto largo y alto, y la tristeza de no haber clasificado a los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Pensó en el retiro, pero ingresó a la Universidad Metropolitana de Puerto Rico, con una beca deportiva para estudiar enfermería, y allí conoció a Ubaldo Duany|, el entrenador cubano que la convenció en dedicar su vida al salto triple y el hombre que se convirtió en su gregario y padre putativo.
La medalla olímpica, que guardará en su casa en Puerto Rico con la de bronce que ganó en el Mundial de Corea en 2011, es el resultado de su vehemencia. Una sonrisa siempre fue la respuesta para los tiempos amargos. Ahora celebramos una sonrisa feliz.