Comenzó a jugar micro en las calles del barrio Fátima, en las que hacía paredes con los andenes y goles de banderita pegándole a un ladrillo.
Después duró varios años alternando ese deporte con el “fútbol grande”, hasta que decidió colgar los guayos. “Entrené año y medio con Santa Fe y jugué muy poco, no tenía oportunidades”, recuerda Camilo Gómez, el lateral de la selección colombiana de fútbol de salón que se clasificó este viernes para los cuartos de final del X Mundial, que se realiza en Colombia.
El número 10 del equipo tricolor no se arrepiente de esa decisión, pues gracias al micro ha salido adelante y ha jugado profesionalmente en Venezuela, Brasil y Polonia.
“La situación económica mejoró mucho desde hace dos años, cuando comenzó la liga acá en Colombia. Esta temporada arrancará el próximo 28 de abril. Antes, sin embargo, también se podía vivir de esto, aunque tocaba jugar casi todos los días para hacerse una buena platica. Por ahí el único descanso era los lunes”, cuenta el bogotano, quien acaba de cumplir 26 años.
Sabe que su carrera como futbolista no le durará para siempre y por eso se ha preparado para hacer otra cosa en el futuro. Gracias a una beca, estudió ingeniería civil en la Universidad Piloto y cursa sexto semestre de administración de empresas en la Universidad Central. “Estaba en la liga polaca y tuve que parar seis meses, pero ahora quiero quedarme acá en Colombia para terminar mis estudios”, dice.
Sobre la selección que juega el Mundial y que ganó por goleada sus tres partidos de la primera fase, Camilo asegura que “es un equipo que se preparó para ser campeón. No hemos tenido mucha exigencia, pero eso nos ha servido para afianzarnos, para tomarnos confianza y sincronizarnos más. Ahora viene lo más duro, pues nos tocará enfrentar en la siguiente fase a Paraguay o Venezuela, dos potencias de este deporte”.
Gómez, a quien apodan “Maradona”, pero a quien sus compañeros en la cancha le dicen “Mara”, espera que el torneo sirva para seguir promoviendo el fútbol de salón y para confirmar que es el verdadero deporte nacional.
“Es impresionante la cantidad de gente que nos ha acompañado, esta es una disciplina muy bonita, pero sobre todo un espectáculo para toda la familia, en el que hay emoción constante”, enfatiza el jugador, que cada vez que marca un gol señala la tribuna, en donde sus padres (Crisanto y María) y sus hermanos (John Jairo, Carlos y Laura) celebran sus actuaciones, así como lo hacen desde hace 20 años, cuando Camilo comenzó a pegarle a la pelota en las calles del barrio Fátima.