La rotación continental, pese a ser una ley no escrita en el deporte internacional, la pujanza de la economía brasileña y el prestigio del presidente Luiz Inácio Lula da Silva fueron los factores determinantes para que Río de Janeiro haya sido elegida el viernes como la sede de los Juegos Olímpicos de 2016. La capital carioca superó ampliamente a Madrid en la votación definitiva, por 66 a 32. Antes habían quedado eliminadas Chicago y Tokio.
Las condiciones geopolíticas y económicas son las que pueden explicar mejor la victoria de Río de Janeiro, la ciudad finalista con la menor calificación en el examen técnico realizado a las cuatro por el Comité Olímpico Internacional (COI).
Río de Janeiro, que ni siquiera había sido finalista en la disputa por los Olímpicos de 2008 y 2012, tuvo en la evaluación técnica una nota promedio de 6,4, una calificación bastante modesta frente a las de sus competidoras: Chicago (7), Madrid (8,1) y Tokio (8,3).
Esa desventaja fue la que llevó al Comité Olímpico Brasileño (COB) a enfatizar en los asuntos no técnicos de su campaña para defender la candidatura. La condición de Suramérica como única región del mundo, junto a África, que nunca ha organizado unos Juegos Olímpicos, fue un argumento sobre el cual insistió varias veces en la presentación de la candidatura y en los discursos de todos los delegados brasileños.
Lula, en todos sus pronunciamientos y entrevistas, alegó que había llegado la hora de que la parte sur del continente tuviera la oportunidad y que el COI corrigiera ese “desequilibrio” geográfico histórico en la concesión de los Juegos.
Según el mandatario, mientras que España y Japón ya organizaron unos Juegos Olímpicos y Estados Unidos realizó cuatro, América Latina sólo ha sido sede de los de México, en 1968.
Lula relató que en las conversaciones que tuvo esta semana con los electores del COI les pidió comprender que “Suramérica, que cuenta con 400 millones de personas, 180 millones de ellos jóvenes, merece realizar unos Juegos Olímpicos. Nuestra candidatura ahora es la de todo el continente”.
Pero la actual situación económica, un argumento que poco fue esgrimido durante la campaña, se convirtió en una de las claves en la última semana, en la que Lula se preocupó por dar a conocer las estadísticas que indican que Brasil será uno de los pocos países que terminará este año con crecimiento económico positivo.
Brasil, que ha pasado a tener gran protagonismo en los últimos meses como miembro del G-20 y vocero de los países en desarrollo, consiguió superar la recesión técnica en el segundo trimestre de este año y puede registrar, según las previsiones oficiales, un crecimiento del 1% en 2009.
El país vive un momento “mágico”, “excelente”, con una economía “pujante” que ha permitido a 30 millones de personas salir de la pobreza en los últimos años, recordó Lula en su presentación ante el COI, tras alegar que la reciente cumbre del G-20 reconoció la importancia de Brasil como país emergente.
“Hoy somos uno de los diez países más ricos del mundo (en PIB) y el único que no realizó unos Juegos Olímpicos. Además estamos en una situación de estabilidad económica y de posibilidad de crecimiento que nos permiten convencer a cualquiera de las buenas condiciones que tenemos para albergar grandes eventos”, alegó Lula en su último pronunciamiento a los brasileños antes de viajar a Copenhague.
“Yo he dicho que esos fueron factores determinantes porque, mientras que para los otros países se trata apenas de otros Juegos Olímpicos, para Brasil será la gran oportunidad de reforzar la autoestima de la nación”, agregó.
Igualmente fue importante el prestigio internacional del propio Lula, el ex obrero y ex líder sindical que asumió la presidencia brasileña en enero de 2003 y que desde entonces se ha convertido en protagonista en varios foros internacionales.
Lula tiene un índice de popularidad récord en Brasil y, según encuestas, es el líder con más prestigio en toda Latinoamérica. El jefe de Estado brasileño supo aprovechar su prestigio para ayudar a Río a alcanzar su viejo sueño.