El domingo pasado el español Rafael Nadal, número uno del mundo, y el serbio Novak Djokovic, el número dos, disputaron una batalla de lujo por la corona del Masters 1.000 de Indian Wells, en Estados Unidos. Ese mismo binomio se convirtió 24 horas después en un espectáculo de lujo que tuvo como escenario a Bogotá.
Ni siquiera los contratiempos evitaron que así fuera. El vuelo que los traía directamente desde el desierto californiano se retrasó y apenas siete horas después pisaron tierra colombiana. Pero el cansancio no impidió que la primera cita en su agenda, una clínica de tenis realizada en Compensar, la convirtieran en un show.
Frente a miles de personas jugaron, bromearon, firmaron autógrafos y hasta tuvieron tiempo para bailar salsa al ritmo de Héctor Lavoe.
Horas después, ya ingresaban a la pista dura instalada en el coliseo El Campín, atestado por demás, para ver un encuentro inédito de exhibición entre los dos mejores del mundo.
El marcador final (7-6 y 6-3 para el español) fue lo que menos importó anoche. Si bien sus tiros hicieron vibrar a la capital, su presencia, carisma y sencillez fueron los protagonistas.
De ahí que personas del público, recogebolas y hasta organizadores del evento invadieran la pista para poderlos tocar, pedirles un autógrafo o alguna de sus prendas.
Encantados con Colombia, país del que habían escuchado maravillas, Rafael Nadal y Novak Djokovic, con mochila terciada y sombrero vueltiao sobre sus cabezas, prometieron, si sus apretados calendarios lo permiten, regresar alguna vez al país para conocerlo mejor.