El ataque de Egan Bernal en el Monte Grappa fue más que una aceleración a la cumbre: fue un grito en la montaña. Un anuncio de que su alma aún arde en las cimas. Mientras la nieve alpina cubría las laderas en los últimos giros de la etapa 15, el colombiano se levantó sobre los pedales y desató un movimiento que obligó a Isaac del Toro y Richard Carapaz a responder.
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“Con esta camiseta no podía dejar de atacar. Y mientras tengamos piernas, lo seguiremos haciendo”, dijo tras la jornada, tras la épica. Esa promesa de fuego, que venía haciendo desde días atrás, se convirtió en acto. Como si Bernal habitara mejor el apocalipsis que el equilibrio.
Porque este Giro de Italia 2025 se ha movido al ritmo del sur. No son los europeos quienes dictan la partitura de esta sinfonía montañosa. Son los latinoamericanos quienes la rompen y reescriben. Richard Carapaz, siempre tan dado al espectáculo. Isaac del Toro, tan joven como temerario. Y Egan, que ha vuelto al centro del tablero.
Los otros, los europeos, aguantan. Juan Ayuso, el más peligroso, observa desde las sombras, esperando su momento. Y Primoz Roglic, gris y enfermo, apenas sostiene el rostro del pasado. La carrera no lo espera.
“Los apocalipsis” de Egan Bernal
Cuando Egan habla de “apocalipsis”, es bien conocido, no se refiere al cataclismo. Se refiere a otra cosa, a sus entrenamientos que son un viacrucis: más de 200 kilómetros por jornada, más de 3.000 metros de desnivel, velocidades que desafían el cuerpo y la lógica. Siete horas diarias pedaleando con la convicción de que solo el sufrimiento enseña. Que no hay otra forma de llegar. Que las piernas que ganan son las que han aprendido a morir muchas veces antes.
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Y, sin embargo, esta vez no ha muerto. O no del mismo modo. “Es la primera grande en la que no siento dolor”, confesó.
“Estuve muchos meses con la espalda rota, y ahora vuelvo a disfrutar sobre la bicicleta”. En una disciplina donde el gozo es un lujo infrecuente, Egan ha redescubierto algo parecido a la alegría. Ha vuelto a montar no como quien escapa, sino como quien baila. Liberado. Ligero. Y agradecido con quienes lo cuidaron cuando no podía cuidarse solo.
Porque si alguien ha cruzado el umbral del infierno, es él. Después del Giro de 2021, cuando todo parecía dispuesto para desafiar a Pogacar, el destino lo embistió cuando se estrelló con aquel bus. No fue una caída, ni un golpe. Fue un derrumbe. El ciclista quedó reducido a ruina: vértebras, costillas, fémur, pulmones.
No se levantó como un ave fénix —esa figura ya gastada—, sino como un templo reconstruido piedra a piedra. Cada músculo, cada gesto, cada vuelta de pedal fue restaurada como se restaura lo sagrado: con silencio, fe y tiempo.
Y ahora que está de nuevo en pie, la montaña lo espera. La tercera semana del Giro no será una serie de etapas: será una expedición a la frontera del dolor. Y los latinoamericanos están preparados. Carapaz, campeón de esta carrera, también ha mostrado que el tanque sigue lleno. Del Toro tendrá que madurar en tiempo récord, pero deberá levantar el pie del pedal si Ayuso se lo exige. Nairo, callado, prepara su danza final. Y Einer Rubio —más discreto— sueña con un día perfecto. Todos ellos llevan en la sangre una forma distinta de resistir: la del continente donde la cuesta no es una opción, sino un origen.
La infernal tercera semana del Giro de Italia 2025
Este martes, tras el último descanso, comienza el verdadero suplicio. De Piazzola sul Brenta a San Valentino: cinco puertos, rampas del 14 %, un final que estrecha la garganta. El miércoles, el Mortirolo, un nombre que, por como suena, ya se sabe que es una amenaza. El jueves, un respiro para velocistas; el viernes, otra tortura con el Col de Saint-Pantaléon y la cumbre técnica de Antagnod. El sábado, la reina: Colle delle Finestre, con sus nueve kilómetros sin asfaltar, 45 curvas, tierra suelta y pasado glorioso. El domingo, Roma. El fin. El paseo de los emperadores, donde el vencedor será coronado como un gladiador moderno.
Y Egan quiere más que sobrevivir. Quiere escribir otro destino. Quiere dejar en esta carrera no solo huella, sino cicatriz. Quiere mirar atrás, en la línea final, y saber que lo dio todo, incluso el alma, incluso el miedo. Porque, al fin y al cabo, si el Giro se convierte en infierno, él ya ha demostrado que puede habitarlo… y salir de él montado en una bicicleta.
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