Las calles de Epernay tienen nombres que son difíciles de memorizar, mucho más de pronunciar. Y si uno quiere consultarle a un lugareño la manera correcta de hacerlo se lleva una sorpresa: en la capital de la champán, una población cercada por viñedos, no se ve gente en las aceras. Puede que aparezca una que otra persona, pero al ver la caravana del Tour de Francia busca ocultarse. Quizá lo haga del fuerte sol y del bullicio que generan carros y más carros de logística de la carrera, y la masa de periodistas que se mueve en cuadrilla.
Epernay es un pueblo pequeño, de vías angostas, de edificios del siglo XIX, uno más viejo que el otro, y mansiones pomposas con jardines enormes, donde se almacena la mejor champán de Francia. Y de casa con ventanales de madera y puertas altas por las que bien podría caber un hombre a caballo. La historia dice que esta ciudad ha sido incendiada, saqueada y destruida varias veces, pero que a pesar de las guerras se ha mantenido y, lo más importante, ha conservado la producción de un néctar que satisface a los sibaritas del mundo.
En Epernay hay fábricas dedicadas a hacer corchos que se ven a las afueras, otras especializada en botellas y unas que imprimen los empaques del producto que mueve la economía local. El Tour no tenía como llegada a esta población ubicada a la ribera del Marne desde 1963, año en el que Jacques Anquetil se quedó con la victoria y de paso se cayó por las adoquinadas vías. Ese 23 de junio el belga Eddy Pauwels sacaría ventaja del traspié de su rival para quedarse con la victoria.
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En 2012 y 2014 la Avenida del Champán hizo las veces de salida con finales en Metz y Nancy, respectivamente. En este 2019, una pendiente del 8%, que más parece una pequeña pared, espera al pelotón que primero deberá cruzar una serie de curvas de herradura antes de llegar al ascenso.
Siempre hay que brindar
En la sala de prensa del Tour en Epernay lo primero que ofrecen, antes que agua, es champán, una copa de Nicolas Feuillatte, producto de 82 cooperativas de la zona y que sale de las 300 hectáreas de viñedos que hay en el sector. También, para los más conocedores, para los que saben de aromas y acidez, está el Perrier-Jovët fabricada por una casa que lleva su mismo nombre y que es experta en esta bebida desde 1811.
“Es hermoso: tiene 75 hectáreas en una zona muy codiciada, galerías cavadas en la roca y el prestigio de haber hecho el primer champán de la historia en 1854. La casa de esta familia tiene un mobiliario que aún hoy se conserva y obras de arte de la época”, dice Philippe Feraud, un impulsor turístico de la región.
Este lunes tomar una copa de champán será casi que obligatorio para la caravana, aunque sea para brindar que el Tour llegó a Francia, que por fin está en su casa.