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La alegría honda que se convierte en llanto

Con los ojos empañados los colombianos celebramos la victoria más grande del deporte nacional

02 de junio de 2014 - 01:48 p. m.
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Hay momentos de una emoción extrema que no se pueden olvidar jamás y que  nos hacen vivir la más extraña de las sensaciones, que nos encharcan los ojos y nos arrugan el alma. Quizás los más grandes los da el deporte y mi profesión de periodista y el diario El Espectador me permitieron experimentarlos en repetidas ocasiones.

El primero de ellos fue en el Tour de Francia de 1985 cuando Lucho Herrera subió al podio final a recibir la camiseta de pepas rojas, como campeón de la montaña. Miles de colombianos, con el tricolor nacional en sus manos y sin poder esconder el llanto, le daban un aspecto singular y llenaban de una alegría contagiosa la avenida más hermosa del mundo, con el arco del triunfo en una esquina y el obelisco en la otra.

Dos años después, en 1987, supe a qué le sabía la gloria a un país. Fue un atardecer de mayo en el Paseo de la Castellana. Unas tres horas antes de que terminara la etapa final de la Vuelta que coronaba a Luis Herrera como el gran campeón entré a esa hermosa avenida y esta vez eran muchos más los colombianos, algunos llegados de lejanos países de Europa, que esperaban vivir de cerca y en carne viva la coronación del gran escalador. Todos tenían una bandera, un equipo de sonido gigantesco en el que se oían cumbias, vallenatos de Carlos Vives y salsa del Grupo  Niche y no les faltaba una botella de aguardiente nacional. Creo que jamás he tomado tanto trago como esa tarde porque apenas me veían con una chaqueta que tenía una banderita tricolor en el pecho se me venían, me abrazaban como al más querido de sus hermanos. Llorábamos juntos  y a brindar por esa monumental victoria. Era tanta la emoción que no sentí el efecto del licor y al ver a Lucho con el trofeo se me empañaron los ojos que apenas me permitían ver llorar a Rafael Niño, a los integrantes del equipo, al embajador y a cuanto colombiano  estaba por ahí. El único impasible era ese campeón que inconmovible vivía hondamente la realización de su gran sueño.

Un año después fue el fútbol el que me hizo gozar inmensamente. El 24 de Mayo asistí al gran concierto de gala que dio la selección Colombia al enfrentar a Inglaterra en el mítico estadio de Wembley. Tras terminar el primer tiempo Daniel Samper nos traducía los comentarios de los periodistas ingleses, viejos y serios, que estaban maravillados por ese juego de fantasía del equipo de Maturana. “Exageran con ese toque incomparable pero son fabulosos. Este equipo juega mejor que el de Brasil el año pasado”, aseguraban

Y unos meses después, de nuevo tras las bicicletas  supe que estábamos un paso más cerca de la gran ilusión cuando Fabio Parra, de nuevo en los Campos Elíseos, se subía al gran podio del Tour como el tercero de la carrera francesa… quedaban dos escalones y en ese momento creí que llegaría muy pronto la consagración en la carrera francesa. Pero habría que esperar un poquitico más.

En 1991, tres días después de terminada la Vuelta a España, fui a la Plaza de las Ventas pues don Guillermo Cano me había pedido que asistiera a la corrida en la que actuaría César Rincón en la Feria de San Isidro. Y cuando César puso patas arriba los tendidos y salió en hombros por la puerta grande de la calle de Alcalá yo bajaba llorando escuchando otra vez el  Colombia, Colombia, que nos estruja el corazón.

En 1998 estaba de nuevo en Francia, en el estadio de Lyon, en el primer partido que jugaba la selección en el mundial. Sabía que nuestro equipo no estaba en la mejor condición pues unos días antes “Bolillo” Gómez nos había dicho que el equipo no jugaba bien, que Colombia tenía que considerarse satisfecha con haber clasificado, que un puesto 29 sería deseable… Pero jamás pensé en la emoción inmensa que se siente al ver salir al equipo en un estadio mundialista, al escuchar nuestro himno en una Copa Mundo.

Ayer estaba en mi casa frente a un televisor. Aunque esta vez no tenía el embrujo de ser un espectador de un  triunfo excepcional  hubo algo que me permitió vivir esos instantes finales del Giro y la ceremonia de premiación, casi con la misma intensidad. Es que ganar un giro como lo hicieron los colombianos, barriendo,  es entrar en la Leyenda y en la gran historia del deporte más duro del mundo. Haciendo el 1-2, algo que no se daba desde 1945, pero además ganando la camiseta del mejor joven con Nairo y la del mejor escalador con Julián Arredondo y con cuatro victorias de etapa jamás se había logrado y difícilmente se volverá a repetir.

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Hay otro aspecto que me hace estremecer: a Lucho lo quisieron los franceses a pesar de que casi no podían pronunciar su apellido. Lo veían tan pequeño, tan frágil para enfrentar s sus atletas, tan tímido, tan callado, que se enamoraron de él. En las salidas y en los finales de las etapas los únicos corredores que despertaban una gran algarabía eran Bernard Hinault y Lucho Herrera. Ni Lemond, ni Fignon, ni Delgado fueron tratados con tanto cariño . Y sé que Nairo recibirá el mismo trato, no solo en una nación sino en todos los países en los que haya ciclismo. Con esa piel achocolatada y ese perfil que revela su ancestro indígena y el origen campesino de sus padres lo admirarán mucho más. Pero este no es el Lucho a quien sus corredores sabían que podrían superar:  Nairo es un campeón de otra clase.

Escalador nato, hecho ciclista a 3.000 metros sobre el nivel del mar, ha desarrollado unas condiciones excepcionales que le permiten ser hoy el mejor escalador del mundo y el trabajo sabio y dedicado de Eusebio Unzúe lo catapultó al olimpo de los dioses, de lo que no hace alarde, un corredor que se sabe tan superior a los demás que se atreve a adelantarles su plan de carrera, a decir la verdad cuando está en malas condiciones, lo que jamás hace un ciclista, pero así mismo para anunciarles cuándo los va a atacar.

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Unzúe, el hombre que mejor lo conoce como ciclista, afirma sin temor que Nairo, a pesar de apariencia tranquila y su humildad, es un depredador, un ciclista que se traza objetivos y lucha por ellos hasta alcanzarlo. Por eso no dudo en una pronta victoria en el Tour.

Quizás esta nota les parezca muy personal, pero es mi forma de hacerles sentir a millones de colombianos que se emocionaron en silencio viendo en la televisión esta hazaña increíble, que lloraron de alegría con esta victoria que los hace sentir más colombianos, que sintieron que sus ciclistas están cumpliendo sus sueños, que ya saben de lo que puede ser capaz quien ha nacido en esta tierra hermosa, que el camino no ha terminado. Este domingo no salimos a celebrar con caravanas, banderas y gritos…, esta vez nuestra alegría fue más honda, más sincera y más grande porque sabemos que  vendrán logros aún más grandes. 

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