Sebastián Holguín caminaba de lado a lado esperando a que fuera su turno. En su estómago, la ansiedad era cada vez más fuerte y hacía que sus palpitaciones retumbaran como una batería dentro del cuerpo. ¡Pum, pum! ¡Pum, pum! Silencio… El ruido se mezclaba con el vacío, como si fuera un agujero negro que no dejaba de crecer. El palpitar aumentaba al mismo ritmo que los nervios. Hasta que llegó el instante definitivo. Era el momento de subirse a su bicicleta negra con rojo, salir y descender cerro abajo.
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Entró al cubículo. Se montó a la cicla. Sabía que no había marcha atrás y que delante tenía 1.600 metros de pista que le exigían una precisión absoluta. El circuito comenzaban en terreno rocoso, atravesaba baldosas de casas, escaleras de cemento y asfalto de la vía. Inhaló, sostuvo el aire, haciendo que la panza se inflara y, después de unos segundos, exhaló muy lento por la boca.
Se paró sobre los pedales e inició la bajada. Cogió la primera rampa y empezó a volar por los aires de Valparaíso. Pasó por diminutos pasillos empedrados y salió por la puerta de una casa. La bajada comenzó a hacerse más notoria. Iba a mil. Apretaba los frenos, quería evitar un accidente. Llegó a unas escaleras, que parecían arrinconarlo por una baranda azul que estaba a su derecha, e inclinó la bicicleta hacia arriba, como si fuera un caballo alzándose en dos patas, antes de volver a dejarla caer y ganar todavía más velocidad.
“Sabía que tenía que ir muy rápido y que, a esa velocidad, cualquier cosa podía salir mal. Todo se sentía muy fluido. Hubo un salto en el que sentí que volé más de lo normal y sabía que iba rápido. Entonces, simplemente seguí empujando más. Uno está muy concentrado en lo que tiene que hacer en cada parte de la pista: dónde frenar, cómo tomar una curva, qué línea usar… No es que uno vaya pensando mucho, es más una conexión total con la bici y con la pista”, le contó el colombiano de 21 años a El Espectador.
Dos minutos, 15 segundos y 43 milésimas después, el recorrido había terminado. Holguín presentía algo. Pasaron unos cuantos segundos y la reacción de sus familiares le confirmó eso que él ya sentía: se había consagrado campeón de la Copa Red Bull Valparaíso Cerro Abajo 2026.
“Cuando crucé la meta, sentía dentro de mí que había ganado. Pero cuando me volteé y vi la reacción de mi papá y del equipo fue cuando realmente me di cuenta de que había logrado el mejor tiempo”, dice el ciclista.
El triunfo, además, tuvo un sabor especial. El colombiano volvió a competir tras más de cinco meses de ausencia por una lesión. “El año pasado, en el Campeonato del Mundo, tuve una caída en la que me rompí los ligamentos del tobillo derecho. Tuve un edema óseo y un problema en la articulación, eso fue en septiembre. En diciembre pude volver a montar bici y en enero ya estaba entrenando otra vez”.
Ganar en su regreso fue un verdadero alivio. “Después de una lesión uno llega con muchas dudas: no sabes si estás bien físicamente, si el pie va a responder. Llegar y ganar es como quitarse un peso enorme de encima”, menciona, aludiendo a la preparación mental que implica volver a competir.
Para llegar a ese punto el colombiano trabaja de la mano de un entrenador que se centra en su parte mental: “Veníamos enfocándonos en el disfrute, no tanto en el resultado, sino en disfrutar la pista, la velocidad y todo el evento. Mientras calentaba, me repetía que podía hacerlo, que tenía la velocidad y que disfrutara ese momento. Creo que es la primera vez que estoy en un espacio mental tan bueno”. Además, Holguín cuenta con un preparador enfocado en la parte física sobre la bicicleta, uno de gimnasio y una nutricionista que acompaña todo el proceso. Un equipo completo y multidisciplinar.
Ese círculo de personas que influyen en él lo completan su madre y su padre. Fue, de hecho, gracias a este último que empezó en este deporte. “Empecé por mi papá. Él fue uno de los primeros en hacer downhill en Colombia, más o menos desde 2004. A los cinco años empecé a montar bici y a los seis ya estaba compitiendo a nivel nacional. A los 12 años corrí mi primer Panamericano y después ya empezó mi carrera profesional”.
Sin embargo, su madre, al principio, no estaba del todo de acuerdo con que practicara este deporte. Convencida de que el downhill era peligroso, sentía miedo cada vez que su hijo se montaba en la bicicleta y comenzaba el descenso. Temía que sufriera algún golpe, y ese temor se materializó el día en el que el ciclista perdió la conciencia tras un fuerte impacto en la cabeza.
“Fue en una Copa del Mundo, la segunda que corría; tenía 17 años. Había hecho una muy buena bajada y, en la última curva, la pista estaba resbalosa. Entré rápido, se me fue la llanta delantera y me golpeé la cabeza contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo es estar, dos horas después, en el hospital”.
Con el tiempo, cuando entendió que lo de su hijo no era una moda ni una etapa pasajera, sino una vocación a la que quería dedicarse, la madre se resignó y empezó a apoyarlo. Mientras tanto, él se consagraba con el oro en los Panamericanos de 2017 y 2018 y, más adelante, el tercer lugar en la misma Copa del Mundo, en la que sufrió el golpe en la cabeza.
Los triunfos se fueron sumando, pero ninguno como el conseguido este año. Apenas cruzó la línea de meta alzó los brazos y dejó caer la cabeza, exhausto. Por un momento pareció perder el equilibrio, como si estuviera desganado; era la mezcla de emoción y cansancio. Las lágrimas corrían por su rostro mientras su padre lo abrazaba, con una bandera de Colombia en la mano derecha. Para el campeón ese momento fue de “muchísima felicidad. Algo muy difícil de describir. Mucha, mucha felicidad”.
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