Después del subcampeonato de Daniel Felipe Martínez en 2024, Colombia regresó al Giro de Italia con una mezcla de ilusión y memoria. La edición 108 de la carrera ya está en marcha, y aunque el ciclismo de grandes vueltas vive la era de los superatletas, el país insiste en su vínculo afectivo con la corsa rosa, esa competencia que históricamente ha acogido como propia.
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Hoy, cinco ciclistas colombianos —Daniel Felipe Martínez, Egan Bernal, Nairo Quintana, Éiner Rubio y Brandon Rivera— intentan mantener viva una tradición que ha forjado generaciones enteras.
En un pelotón en el que se habla de la ausencia de Pogacar y Vingegaard, el foco vuelve a abrirse para corredores de segunda línea en lo mediático, pero de primera categoría en talento.
Martínez, de nuevo protagonista en Red Bull-Bora; Bernal, en su lenta pero firme reconstrucción; Nairo, tal vez en sus últimos bailes; Rubio, con vocación escaladora, y Rivera, en búsqueda de dar una sorpresa, configuran un colectivo que no parte como favorito, pero sí como herencia de una narrativa ciclista profunda. El Giro 2025 apenas comienza, pero la historia que lo respalda ya es inmensa.
La larga historia de Colombia en el Giro de Italia comenzó con Cochise
Desde que Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez ganó una etapa en 1973, Colombia entendió que podía competir, incluso en los terrenos más exigentes del ciclismo europeo.
Fue en el Giro en el que el país logró su primera victoria en una gran vuelta, y fue también allí donde se afianzó la identidad del escarabajo: el corredor de montaña, resistente, paciente, que convertía la dureza del ascenso en argumento de triunfo. La historia del país en esta carrera es, más que una sucesión de resultados, un relato fundacional.
Pasaron catorce años entre la primera victoria de Cochise y la siguiente gran aparición: Luis Herrera en 1989, ganando en Tre Cime di Lavaredo y Monte Generoso, además del título de la montaña. Lo hizo con el aura del pionero y la fuerza de un símbolo. Con él, Colombia dejó de ser una curiosidad para convertirse en una amenaza seria. Desde entonces, cada década ha visto al menos a un colombiano alzando los brazos en Italia, manteniendo una presencia constante que trasciende generaciones.
En los años noventa, nombres como Oliverio Rincón y José Jaime ‘Chepe’ González consolidaron esa tradición. Este último, con dos victorias de etapa y una camiseta de mejor escalador, representó como pocos ese perfil que tanto le ha dado a Colombia en el Giro: el del corredor de montaña combativo, más silencioso que mediático, pero capaz de hacerse notar cuando la carretera se empina. El Giro ofrecía el tipo de escenarios donde los colombianos podían imponer su estilo.
Ya en los 2000, las victorias continuaron con ciclistas como Víctor Hugo Peña, Carlos Contreras, Iván Parra o Luis Felipe Laverde. Ninguno fue favorito, pero todos dejaron huella. Parra, en particular, logró dos victorias consecutivas en 2005 y fue subcampeón de la montaña, reeditando una vez más el romance entre Colombia y las cimas italianas. A lo largo de esa década, el Giro funcionó como un puente de continuidad entre la vieja guardia y los nuevos talentos que se acercaban desde el calendario continental.
Colombia y su idilio con la Corsa Rosa
El gran salto llegó en la última década, cuando Colombia dejó de ser solamente una fábrica de escaladores y empezó a disputar generales. Con Rigoberto Urán como subcampeón en 2013 y 2014, y con la irrupción histórica de Nairo Quintana en 2014 como campeón, se inauguró una etapa dorada. A ellos se sumaron Esteban Chaves, tercero en 2016, y Miguel Ángel López, en 2018. Los podios dejaron de ser una excepción. El Giro no era solo una carrera favorable; se había convertido en una posibilidad real de título.
La coronación de Egan Bernal en 2021 cerró, hasta ahora, ese ciclo brillante. Fue una victoria construida con jerarquía y sangre fría, que lo ubicó en la cima de la historia del ciclismo colombiano junto a Nairo. Bernal representaba otra cosa: una nueva generación que ya no llegaba a Europa a adaptarse, sino a liderar. Con su título, Colombia llegó a dos Giros ganados y cinco podios en ocho años. Ningún otro país latinoamericano ha tenido esa consistencia en una gran vuelta.
Sin embargo, más allá de los títulos, el Giro ha sido también un espacio de descubrimiento para talentos colombianos menos mediáticos. Fernando Gaviria, por ejemplo, logró cuatro etapas en 2017, la mayor cantidad de un colombiano en una sola edición. Santiago Buitrago y Éiner Rubio, más recientemente, han ganado etapas de montaña con inteligencia y estilo. La historia colombiana en el Giro no ha sido solo la de los campeones, sino también la de los que aprovecharon cada oportunidad para dejar una marca.
En total, los colombianos suman más de treinta triunfos de etapa, seis campeonatos de la montaña y varias camisetas de mejor joven. Son números que demuestran que esta carrera ha sido mucho más que un terreno amable: ha sido un escenario de consagración. Mientras el ciclismo global se transforma, con nuevas potencias y superatletas, Colombia sigue encontrando en el Giro un espacio donde lo técnico no ha desplazado del todo al talento natural, y donde la narrativa del esfuerzo aún tiene valor.
Por eso, cada nueva edición, como la de 2025, no se vive solo con expectativa deportiva, sino con la conciencia de pertenecer a una historia de largo aliento. El Giro ha sido, y tal vez seguirá siendo, el espejo más fiel de lo que el ciclismo colombiano puede ser cuando encuentra el terreno propicio, la preparación adecuada y la voluntad de resistir.
Allí, entre cumbres nevadas y descensos técnicos, se ha escrito gran parte del mito del escarabajo. Y mientras haya montaña, habrá colombianos que intenten escribir el siguiente capítulo.
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