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Las grandes vueltas que se decidieron con palizas históricas: Giro, Tour y Vuelta

Antes, este tipo de carreras se ganaban con ventajas hoy impensadas. Revisar esos márgenes históricos es viajar a un otro ciclismo, uno más rudimentario.

13 de mayo de 2026 - 01:33 p. m.
Giro de Italia 2026.
Foto: AFP - LUCA BETTINI
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El ciclismo moderno vive obsesionado con los segundos. Una bonificación, un abanico o una pálida en pleno ascenso pueden decidir una grande. Por eso resulta casi absurdo revisar las mayores diferencias de la historia en las que las brechas entre el primero y el segundo de la general de una Gran Vuelta se remontaban a horas.

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Hoy, a pesar de que Jonas Vingegaard parte como gran favorito en el Giro de Italia 2026, imaginar ventajas de una hora parece directamente imposible, sobre todo porque hay otros nombres fuertes en consideración como Jens Christen, Giulio Ciccone y Egan Bernal.

Con un panorama como ese resulta muy difícil de creer que la mayor diferencia registrada en una gran vuelta ocurrió en 1903, cuando Maurice Garin se consagró campeón de la edición inaugural del Tour de Francia con una ventaja de 2 horas, 49 minutos y 45 segundos.

El ciclismo de por aquel entonces era muy distinto al que conocemos hoy. Los corredores atravesaban caminos de tierra, dormían poco y arreglaban sus propias bicicletas durante etapas eternas. La preparación física también era muy diferente y la diferencia entre los corredores de alto rendimiento con los demás era kilométrica.

Ese Tour fundacional tenía un contexto irrepetible. No existían radios, nutricionistas, estrategias colectivas sofisticadas ni equipos construidos alrededor de un líder. También era frecuente que los corredores abandonaran por agotamiento o problemas mecánicos, y eso que no eran tantas como ahora. Esa edición contó con ocho fracciones, mientras que en la actualidad son 21.

Garin no solo fue el más fuerte del pelotón inaugural de la Grande Boucle, sino que también fue el que mejor resistió un deporte todavía salvaje, desordenado y extremadamente desigual. Era un adelantado a su tiempo por su forma de prepararse.

Más diferencias abismales en el Tour

La segunda gran paliza histórica del Tour llegó con Fausto Coppi en 1952. El italiano ganó con 28 minutos y 17 segundos de ventaja, una cifra gigantesca incluso para la época, en la que ya este deporte se había profesionalizado más.

Coppi aprovechó la montaña para marcar diferencia. Mientras otros corredores todavía sufrían para administrar esfuerzos, él entendía ritmos, alimentación y recuperación mejor que casi todos. Además, poseía una superioridad técnica evidente en ascensos largos, en los que lograba destruir carreras completas en apenas una etapa.

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Algo parecido ocurrió un poco antes con Gino Bartali en 1948. El italiano ganó el Tour con 26 minutos y 16 segundos de ventaja, en un contexto marcado todavía por la posguerra. Europa seguía reconstruyéndose y el ciclismo también. Había menos profundidad competitiva, viajes más complicados y diferencias físicas enormes entre corredores preparados y otros que simplemente sobrevivían.

Las palizas más grandes del Giro

En el Giro d’Italia, el récord más impresionante pertenece a Alfonso Calzolari en 1914. Ganó con 1 hora, 57 minutos y 26 segundos sobre el segundo clasificado. La cifra parece inventada, pero refleja perfectamente cómo eran esas carreras. Las etapas podían superar los 300 kilómetros y los caminos italianos castigaban tanto las piernas como las bicicletas.

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Ese Giro de 1914 también estuvo marcado por abandonos masivos. El clima, las averías y el agotamiento rompían el pelotón desde muy temprano. Los corredores no tenían apoyo comparable al actual y muchas veces debían resolver solos cualquier problema mecánico.

La clave fue la segunda etapa entre Lucca y Roma, de 430 kilómetros. Bajo un clima infernal, Calzolari llegó en solitario tras casi dieciocho horas de pedaleo. Aprovechó el caos y los abandonos masivos para sacar más de una hora a sus rivales, sentenciando el Giro más duro.

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En 1924 Giuseppe Enrici ganó la corsa rosa con una ventaja de 58 minutos y 21 segundos sobre su más cercano perseguidor. Aprovechó la ausencia de las grandes estrellas y los equipos oficiales para dominar una edición caótica.

Tadej Pogacar (centro), junto a Dani Martínez (izq.).
Foto: EFE - GIUSEPPE LAMI

En años recientes vimos una victoria dominante con Tadej Pogacar. El esloveno, en 2024, se llevó la maglia rosa tras ganar seis etapas y sacarle una diferencia de casi 10 minutos al colombiano Daniel Martínez, eventual subcampeón. Fue la victoria más contundente del siglo XXI, reafirmando su lugar como el mejor ciclista actual.

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El turno de la Vuelta

La Vuelta a España también tiene su propia barbaridad histórica. En 1945, Delio Rodríguez ganó con 30 minutos y 8 segundos de ventaja. Era la quinta edición de la ronda ibérica y, como en los casos anteriores, la diferencia entre los mejores corredores y el resto podía convertirse rápidamente en una distancia imposible de recuperar.

Rodríguez además aprovechó algo muy típico de aquellas décadas, y era que la carrera podía romperse para siempre en un único día malo. En la segunda etapa, entre Salamanca y Cáceres, bajo la lluvia y en carreteras en mal estado, Delio Rodríguez se escapó.

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Sus rivales sufrieron pinchazos y roturas mecánicas, mientras el pelotón reaccionó con una pasividad inexplicable. Desde ese momento, la Vuelta quedó prácticamente sentenciada. Julián Berrendero, el gran favorito, nunca pudo recortarle tiempo en las etapas restantes.

¿Por qué ya no hay diferencias tan grandes?

Las enormes diferencias se explican porque el ciclismo antiguo premiaba mucho más la resistencia extrema producto del talento natural. Hoy todos entrenan con potenciómetro, nutrición calculada y datos permanentes. Hace cien años, algunos corredores llegaban mejor preparados simplemente porque entendían mejor cómo soportar el dolor, dormir menos o administrar energía durante jornadas interminables; ahora todos los que integran el pelotón están preparados para esas circunstancias.

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Además, el material moderno redujo muchísimo las diferencias. Las bicicletas actuales son más ligeras, aerodinámicas y fiables. Los equipos tienen mecánicos, médicos, simulaciones y análisis constantes. En cambio, antes un pinchazo, una cadena rota o una noche mala podían costar media hora. El azar tenía muchísimo más peso dentro de la clasificación general.

Jonas Vingegaard, candidato en el Giro de Italia 2026.
Foto: AFP - LUCA BETTINI

La televisión también transformó las carreras. Las transmisiones en directo hicieron que los equipos aprendieran a controlar mejor las fugas y administrar ventajas. En la actualidad resulta muy difícil que un favorito pierda veinte minutos sin respuesta colectiva.

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Todo está monitoreado, desde la velocidad del viento hasta el ritmo exacto que necesita un gregario para neutralizar ataques. También tenemos etapas más cortas y mejores caminos. Sí, a veces se corre sobre tierra (sterrato), pero incluso para esas condiciones los pedalistas están mejor capacitados.

Por eso el ciclismo actual produce definiciones mucho más cerradas. Las diferencias físicas entre los mejores son mínimas y la tecnología empareja rendimientos. Tadej Pogacar, Primoz Roglic o Jonas Vingegaard dominan gracias a detalles pequeños: recuperación, estrategia, descenso o contrarreloj. Ya no existe aquella brecha brutal entre un corredor adelantado a su tiempo y el resto del pelotón.

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El Giro de Italia 2026 vuelve a poner esa lógica sobre la mesa. Vingegaard aparece como principal favorito, pero incluso si domina la carrera parece improbable que saque diferencias gigantescas. El ciclismo moderno no permite esas palizas históricas y ganar por tres minutos, para los estándares de nuestros tiempos, puede parecer aplastante. Antes, en cambio, las Grandes Vueltas se conquistaban literalmente por horas.

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Foto: El Espectador

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Por Daniel Bello

Periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Fue practicante de Pacifista entre 2020 y 2021. Desde el 2019 escribe sobre fútbol, política e historia en El Espectador. Tiene experiencia cubriendo paz, mundo y medio ambiente. daniel_eudosio dbello@elespectador.com
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