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Nairo Quintana renace en el Giro de Italia y vuelve a mostrarnos su tímida sonrisa

En la etapa reina de la “corsa rosa”, el boyacense dio una muestra de valentía y quedó a solo dos kilómetros de la victoria. Tadej Pogacar le quitó el triunfo y, de una vez, sentenció la carrera.

19 de mayo de 2024 - 07:00 p. m.
Nairo Quintana en la jornada 15 del Giro de Italia, considerada la etapa reina, en la que llegó segundo por detrás de Tadej Pogacar.
Foto: Getty Images - Tim de Waele
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Esta historia es un viaje en el tiempo. Empieza con la Navidad de 2022, una de las más tristes en la vida de Nairo Quintana. Días después, el 25 de enero del año siguiente —cuando muchos auguraban su retiro inminente—, fue imposible no mirar atrás. Recordar, al instante, ese Tour de Francia maldito, ese mes de julio que le cambió la vida al más grande de los nuestros.

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Estamos en ese año, los días fatídicos en los que nació una leyenda: Jonas Vingegaard. Por aquel entonces, como ahora, a Nairo Quintana ya lo presumían acabado. Siempre fue igual. La fiereza de su mirada, no obstante, jamás abandonó sus ojos. Desde que comenzó la carrera, el boyacense había demostrado su valía, su experiencia y sus buenas piernas. Codo a codo con los favoritos, el colombiano llegó a la etapa 11 con la corazonada en el pecho hirviente de que ese día, el 13 de julio —arriba en la cima del Col du Granon—, podía ser su día. Encontró en Warren Barguil un escudero. Sin embargo, tan pronto pudo en la subida, lo descolgó como había hecho con el resto. ¡Desalmado! Soñaba con alzar los brazos y sentir en el rostro el tibio abrigo del sol, la gloria que se escondía entre las espesas nubes de la cima nevada.

Entonces, se desbarató el castillo de anhelos. Cuando la meta se presentía cercana, pero no la percibía la vista, llegó un rumor lejano. Desde atrás, la tormenta inesperada lo pasó, impasible. Era Vingegaard, voraz. Como un vendaval, los dejó a todos atrás. Tan cerca tuvo la gloria ese día Nairo, que la derrota caló hondo. ¡Solo faltaron cuatro kilómetros! La pena, sin embargo, sería ínfima comparada con la tragedia que vino después, la de la tristeza en esa Navidad de 2022.

Nairo Quintana, en su fuga durante la etapa 15 del Giro de Italia.
Foto: Agencia AFP

Primero, dijeron que Nairo Quintana se había dopado. ¡Falso! El rumor vino después de la carrera, el Tour de Francia en el que el pedalista de Cómbita había demostrado que aún tenía combustible. Ante el dolor de rodillas, en una de las jornadas había usado tramadol para soportar la angustia de sus piernas lacerantes. Sustancia prohibida, pero no dopante. La UCI lo sancionó, mas no lo suspendió, y le quitó el séptimo lugar que, ilusionado, el colombiano se había ganado a pulso.

Ahí empezó el calvario. Juzgado, el World Tour le cerró las puertas. Podía competir, lo aclaraba la propia UCI; no se había dopado, no había sacado ventaja de ninguna medicina. Pero entonces, cuando más lo necesitaba, no apareció la mano de nadie. Ese fin de año fue oscuro, silencioso y brutalmente triste.

A los días, ya se anunciaba en programas radiales y periódicos el retiro de la leyenda. Era inevitable, marcado para siempre, no había otro camino que el adiós. Luego llegó el 25 de enero. Nairo tenía un anuncio que dar. Reunió a todos los medios de comunicación, que presurosos corrieron a contar la chiva, la despedida del más grande de todos, el fin de una era. Pero, como una bofetada ante el morbo de unos y un alivio a la desesperanza de otros, llegaron las palabras que nos trajeron hasta este momento: “No me rindo, quiero competir de nuevo”.

Nairo Quintana, corredor del Movistar.
Foto: Movistar Team

Se detiene la máquina del tiempo y, de repente, ascendemos el Mottolino. En la subida va solo el escarabajo, escalando las montañas lombardas de la región del Livigno. Fue ayer, en la etapa reina del Giro de Italia 2024, cuando vimos renacer la valentía en las pupilas decididas —incrustadas en ese rostro tímido, terso e inexpresivo— de Nairo Quintana. Y viajamos en el tiempo también nosotros, a los años de infancia, cuando escuchábamos del boyacense que se medía contra bestias británicas. Cuando veíamos cómo ese halcón de los Andes se batía en feroz batalla contra superdotados de un talento inigualable.

Nos pasó como a Tadej Pogacar, el villano de una historia mal contada, el que le ganó ayer a Nairo la etapa de su redención. Lo cazó a solo dos kilómetros, ¡qué cruel relato! Evitó la merecida gloria de un renacido, como lo hizo Vingegaard en ese Tour maldito de 2022. Y en medio de su victoria, la que sentencia el Giro de este año, el esloveno se rindió en honores ante nuestro héroe: “Veía de pequeño a Nairo Quintana compitiendo contra Froome. Crecí con ellos. Haberlo visto hoy a mi lado, alcanzarlo y después llegar a la meta con él fue un verdadero honor”.

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En la cuenca del Inn, afluente del Danubio, el pelotón descansará en las montañas de Lombardía, en plena cadena de los Alpes. El martes se reiniciará la batalla. Pogacar seguirá vistiendo de rosa, seguramente, hasta que el pelotón llegue a Roma este domingo. La esperanza de Colombia ahora recae en que Daniel Felipe Martínez logre quedarse entre los tres primeros de la carrera. En eso y en que, en alguno de los seis días que quedan, Nairo Quintana, renacido, vuelva a levantar los brazos en la meta. Ya, al menos, podemos conformarnos con que volvimos a ver su tímida sonrisa al pie del pelotón, en las más grandes escenas de las que, como demostró, nunca debió marcharse.

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