Por primera vez en más de medio siglo, Rafael Antonio Niño no estará en una Vuelta a Colombia, competencia que empieza desde este sábado 8 de agosto. El hombre que ganó seis veces la carrera más importante del país, dueño de un récord que nadie ha igualado, murió un mes antes del inicio de la edición 76, el 9 de julio, cuando estaba próximo a cumplir 77 años. Su legado, sin embargo, sigue rodando en cada carretera boyacense en la que él ayudó a formar pedalistas.
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Cuando se habla de la historia de la Vuelta a Colombia y de las mayores figuras que ha dado el ciclismo nacional, el nombre de Rafael Antonio Niño debe aparecer entre los primeros. Aunque la generación de Nairo Quintana, Rigoberto Urán y más recientemente Egan Bernal llevó al país a conquistar las principales carreras del mundo, mucho antes de ellos hubo un corredor que dominó las carreteras colombianas como nadie, que dedicó su vida al deporte hasta sus últimos días.
Rafael Antonio nació el 11 de diciembre de 1949 en Cucaita, un pequeño municipio ubicado a 18 kilómetros de Tunja. De niño alquilaba por veinte centavos una bicicleta de turismo para dar vueltas alrededor de la plaza principal, sin imaginar que, años después, terminaría convertido en el ciclista más dominante que había conocido el país. A los catorce años se mudó a Bogotá. Trabajó como ayudante de embobinador de motores y como mensajero de una droguería para sostener su sueño de competir mientras entrenaba cada vez que el tiempo se lo permitía. El salto llegó en 1970. Con apenas veinte años ganó primero la Vuelta de la Juventud y, apenas dos meses después, sin tener asegurado un equipo hasta poco antes de comenzar la competencia, conquistó la Vuelta a Colombia. Entró a la competencia con poco bombo y salió de un estadio El Campín repleto en los hombros de decenas personas como la nueva promesa del ciclismo colombiano de aquella época. Ese día, Mike Forero Nogues, editor de esta casa editorial en ese entonces y enviado especial a la carrera, aseguró que Niño era el futuro. El heroe de Cucuaita cumplió la expectativa y respaldó la afirmación.
La década de los setenta terminó siendo completamente suya. Ganó la Vuelta a Colombia en 1970, 1973, 1975, 1977, 1978 y 1980, además del Clásico RCN en 1973, 1975, 1977, 1978 y 1979: seis y cinco títulos, respectivamente, un dominio que más de medio siglo después nadie ha conseguido igualar.
Quienes compartieron carretera con él todavía recordaron la magnitud de esa diferencia. Albeiro Mejía, uno de sus rivales de generación, evocó entre risas una escalada al alto de San Miguel en la que Niño rompió la carrera cuando todavía faltaban 80 kilómetros para la meta. “Coronamos el alto y nos llevaba como siete minutos. Para la llegada al Campín, en la última etapa, nos sacó como ocho minutos”. Luego resumió, en una sola frase, el respeto que despertaba en el pelotón. “Creo que él nació para ser ciclista. Tenía todo el físico, era longilíneo, como Fausto Coppi. Para mí, Niño era un verdadero crack”.
Mejía recordó otra de esas persecuciones imposibles, esta vez camino a La Tribuna. Contó que Niño atacó una y otra vez hasta desprenderse de Gustavo Rincón, su máximo rival en la carrera, y del resto del lote, dejando a los perseguidores sin más remedio que agachar la cabeza y esperar el momento para aferrarse a una rueda más generosa. Roberto Sánchez, otro de sus contemporáneos, describe la misma sensación desde la carretera: “Era un corredor muy fuerte, subía muchísimo, igualmente hacía muy bien la contrarreloj, se defendía bien en el plano y leía muy bien la carrera. Su condición siempre se impuso frente a nosotros”. Para ambos, competir contra Rafael Antonio Niño no solo significó medir fuerzas. También implicó enfrentarse a un corredor que casi siempre sabía cuándo atacar y dónde hacer daño.
Ese talento lo llevó a Europa en 1974, cuando viajó a Italia para correr el Giro de Italia con el equipo Jolly Cerámica, un año después de que su compatriota Martín Emilio “Cochise” Rodríguez abriera camino para los escarabajos colombianos en el pelotón continental. Allá lo bautizaron “indio pequeño”, en referencia al propio Cochise, “indio grande”. La experiencia fue dura: debía trabajar como gregario para su líder, Giovanni Battaglin, y postergar sus propias ambiciones, algo a lo que no estaba acostumbrado después de dominar en Colombia. Terminó esa carrera en el puesto 41, pero regresó al país con una visión distinta del ciclismo profesional.
Fue entonces cuando retomó su dominio, justo donde lo había dejado. En ese momento, entre 1975 y 1980, sumó cuatro Vueltas a Colombia más y otros cuatro Clásicos RCN. El segundo gran capítulo de su historia empezó cuando colgó la bicicleta y se convirtió en director técnico. A mediados de los años ochenta asumió la dirección deportiva del histórico equipo Café de Colombia, con Roberto Sánchez como preparador físico y su mano derecha. “Fue una dupla de trabajo muy interesante. Él dirigía tácticamente la carrera y yo permanecía más en la parte de entrenamiento de los corredores. Nos hablábamos por radio directamente y manejábamos la carrera juntos”, contó Sánchez. Esa sociedad alcanzó su punto más alto en 1987, cuando Luis Alberto Herrera se convirtió en el primer colombiano en ganar la Vuelta a España, una grande del ciclismo mundial. Sánchez confesó que muchos no estaban seguros de que Herrera pudiera sostener el liderato en la contrarreloj final: “Lucho, afortunadamente, pasaba por un buen momento, tomó buena diferencia en el ascenso y pudo doblegar la carrera”. La histórica etapa reina de Los Lagos de Covadonga se convirtió en el movimiento decisivo para asegurar aquella victoria. Para Sánchez, el mayor legado de Rafael Antonio Niño no fue únicamente el de un campeón sobre la bicicleta, sino el de un técnico que regresó de Europa con una manera distinta de entender el ciclismo y ayudó a profesionalizar los primeros equipos de marca del país, un modelo que luego se replicó en buena parte del pelotón colombiano.
Detrás de esa disciplina había un hombre reservado, incluso hosco para quienes apenas lo conocían. “Era muy seco. No era una persona de muchas charlas ni de demasiada confianza. Era una persona muy especial en su trato personal”, recordó Sánchez. Mejía coincidió con esa primera impresión, aunque también evocó el vínculo que mantuvieron con el paso de los años. “Con Rafa nos saludábamos cada tanto y nos preguntábamos por nuestras vidas. Cada vez que pasaba por Pereira me visitaba. Desafortunadamente esa es la ley de la vida: todos nacemos y nos morimos. Pudo hacer mucho más, pero el salto a Europa y algunas lesiones no se lo permitieron”.
Su exigencia tampoco desapareció cuando dejó de competir. Al contrario, fue una de las cualidades que más recordaron quienes trabajaron a su lado durante las últimas décadas.
Wilson Merentes lo conoció primero como corredor del equipo EBSA entre 2014 y 2017 y, desde la pandemia de 2020, pasó a integrar el cuerpo técnico que encabezó Rafael Antonio Niño hasta el año pasado. Más allá de las victorias, Merentes destacó las enseñanzas que recibió de un hombre obsesionado con el orden y la preparación. “Él todo lo organizaba con anterioridad. Si decíamos una hora, era esa hora. Nosotros llegábamos una hora antes que los demás equipos. A veces, mientras estábamos listos, veíamos cómo otros estaban en apuros buscando la numeración de sus corredores, y nos decía: ‘eso nunca nos puede pasar’”.
Para Merentes, esa puntualidad reflejaba la misma manera como había entendido el ciclismo desde sus años como corredor: nada podía quedar librado a la improvisación. Pero detrás de esa imagen seria también aparecía otra muy distinta cuando la confianza ya estaba construida. “Cuando uno ya lo conocía, su carisma era totalmente diferente: una persona que reía, que echaba chistes, que quería que le hablaran cuando había mucho silencio en el carro”.
Merentes también resumió el lugar que Rafael Antonio Niño ocupó en la memoria deportiva de Boyacá. “La figura de él en Boyacá es muy grande. Ahorita por encima puede estar Nairo, por lo más reciente, pero el reconocimiento de esta tierra siempre fue para Rafael Antonio, más en Cucaita, que es donde nació”.
La comparación surgió casi de manera inevitable. Nairo Quintana terminó convirtiéndose en el ciclista boyacense con mayor reconocimiento internacional; Rafael Antonio Niño, en cambio, dejó una huella imborrable en las carreteras colombianas y construyó un legado que todavía sigue siendo referencia para varias generaciones del ciclismo nacional.
La edición 76 de la Vuelta a Colombia también marca un cambio para el equipo EBSA. Por primera vez en muchos años, la escuadra boyacense tomó la partida sin la presencia de Rafael Antonio Niño, el hombre que durante tanto tiempo le dio identidad desde el carro de dirección.
Esta vez toda la responsabilidad recayó sobre Wilson Merentes, quien pasó de ser uno de sus corredores a convertirse en el encargado de continuar el camino que su antiguo maestro ayudó a construir. “Estamos aquí con la responsabilidad de hacer las cosas bien, de honrarlo”.
La caravana recorrerá las carreteras de Huila, Tolima, Caldas y Antioquia. En cada puerto de montaña, en cada descenso y en cada pueblo que saldrá a recibir el paso del pelotón permanecerá, de alguna manera, la huella de un corredor que durante una década impuso el ritmo del ciclismo colombiano y que más tarde dedicó buena parte de su vida a formar nuevas generaciones.
La Vuelta a Colombia seguirá disputándose cada año. Cambiarán los corredores, los equipos y los recorridos. Sin embargo, mientras exista un ciclista que aprenda que el talento necesita disciplina, una parte de Rafael Antonio Niño seguirá rodando por el país.
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