15 de mayo de 1.987. Paseo de la Castellana de Madrid en una tarde esplendorosa de la Feria de San Isidro, la que consagra a los magos de la muleta y la que también entierra para siempre a los que no logran convencer a los espectadores, especialmente a los exigentes gruñones del tendido 7, que son los duros del espectáculo. Doce del mediodía. Aún faltan cinco horas para que suenen los clarines en la Plaza de las Ventas y casi seis para que aparezca el grupo multicolor de ciclistas que terminan la Vuelta a España.
Aún no estaba colmada esta avenida maravillosa pero a dos cuadras de la Puerta de Alcalá se escuchaba a lo lejos una música que de inmediato tocaba las fibras más íntimas del alma. Salsa de la brava, de la que veneran los caleños, cumbias de las costas y de los valles andinos, porros de la sabana y vallenatos de ciudades pachangueras y de pueblitos que viven en el olvido a la sombra de la Sierra Nevada.
Miles de colombianos llegaron en trenes y aviones de todos los rincones de España y de países vecinos, varias horas antes de que terminara la Vuelta, agitando banderas tricolores de todos los tamaños y vistiendo la camiseta de la selección de Maturana que ya había asombrado al mundo con la magia y el embrujo de su toque-toque. Querían encontrar el mejor lugar para aclamar a sus muchachos, para mostrarles que estaban acompañados por miles de compatriotas, que aclamaban a grito entero a su ídolo, y para cantar al ritmo de la música que brotaba de unas radiolas gigantesca que cargaban en sus hombros. Cuando veían que pasaban otros colombianos se abrazaban, se felicitaban, se reían, compartían un trago de aguardiente y terminaban llorando a moco tendido porque sentían que eran sus hermanos que llegaban a compartir la gloria de sus muchachos, de la gente buena de la tierrita, para sentir que la patria lejana de alguna forma estaba presente en ese lugar con su presencia, que allí, en el podio colocado frente al estadio del Real Madrid una nación sobrecogida por la emoción tenía su corazón en esos momentos inolvidables.
Era la victoria en una de las tres grandes Vueltas de Luis Herrera, primera que ganaba un colombiano, la cúspide de un batallar incesante que se había iniciado a mitad del siglo XX cuando el Zipa Forero, Ramón Hoyos y Fabio León Calle, con la dirección de José Beyaert, viajaron a una loca aventura en las carreteras de Francia y que muchos años después regresó con fuerza inusitada con Martín Emilio Rodríguez, Alfonso Flórez, Patrocinio Jiménez, Martín Ramírez y otros muchachos que abrieron el camino, que llegarían al momento más alto de su carrera con la victoria del fusagasugueño que se había vestido de amarillo en los Lagos de Covadonga, –ese era el color del líder en esa época-, que se había batido a lo grande con Sean Kelly y Raymon Dietzen para llegar triunfante a Madrid entre el delirio de sus compatriotas.
Fue la época de Pilas Varta, Café de Colombia y Pony Malta, que pronto desaparecieron, la época de los subtítulos de Fabio Parra, de la confabulación de los técnicos españoles para arrebatarle a Pacho Rodríguez y al escosés Robert Millar la oportunidad de que en la penúltima etapa entablarar un duelo semejante al que libraron en estos días finales de la Vuelta Nairo Quintana y Chris Froome, para favorecer el triunfo de Perico Delgado. La época en que “los escarabajos” tuvieron que emigrar a escuadras europeas en las que poco a poco algunos de ellos se fueron afianzando como líderes.
Lo de Lucho fue muy grande pero la victoria de Nairo Quintana, que también se forjó en la mítica subida asturiana, superó lo conseguido en 1.987 en una Vuelta que pasará a la historia como una de las más emotivas, como una de las más duras por un recorrido repleto de ascensos, como una de las más locas por el ritmo frenético impuesto día a día y especialmente por la batalla que libraron los tres grandes corredores de estos primeros años del siglo XXI: Chris Froome, triple campeón del Tour de Francia, Alberto Contador, campeón de Tour, Giro y Vuelta y Nairo Quintana, campeón del Giro de Italia, tres veces podio del Tour y ganador de múltiples competencias de la temporada europea. Y por ello sabe a gloria ese tercer lugar que se ganó guapeando Esteban Chavez en una fuga de las de antes, de las que consagraron a titanes del pasado.
Por ello este domingo fue maravillosa la celebración de la epopeya de una carrera ganada con inteligencia, con la clase y la garra de un pequeñin boyacense que ya se erige como el mejor ciclista colombiano de todos los tiempos, por la especie de desquite que se tomó el líder del Movistar luego de la desigual batalla que tuvo que librar enfermo en el Tour de Francia y por ello de nuevo los colombianos, los que lo apoyaron en masa a lo largo de la ruta, que de nuevo mostraron el orgullo al ver que uno de los suyos era el mejor, y por ello de nuevo se sintió hondamente esa unión fraternal que une los espíritus, por ello fue grande la satisfacción y la felicidad a lo largo y ancho del país y hasta a lo largo de Latinoamérica y por ello fue más ruidosa y más sonora la fiesta en España y más sentida y más íntima la que celebramos frente a un televisor, gozando al ver a la distancia el final de una hazaña deportiva que nunca podremos olvidar.