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Wálter Vargas, el dueño del tiempo panamericano

El ciclista antioqueño alcanzó en Montería su séptimo oro panamericano en la contrarreloj, una disciplina en la que ha hecho de la concentración y la disciplina su mayor ventaja.

23 de marzo de 2026 - 08:00 p. m.
El ciclista antioqueño Wálter Vargas, múltiple campeón panamericano en la contrarreloj.
Foto: Anderson Bonilla
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En las contrarrelojes del ciclismo no hay refugio. No hay rueda que seguir ni excusas. Solo un hombre, una bicicleta y el tiempo como juez absoluto. Ahí, en ese terreno donde todo se centra en el individuo, es donde Wálter Vargas ha construido una carrera distinta. Siete veces campeón panamericano no es casualidad, sino una forma de entender el ciclismo.

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La escena más reciente ocurrió en Montería. El calor pegaba con fuerza y el asfalto devolvía cada watt como un desafío. Salió concentrado, con la mente en blanco, para empezar la carrera mucho antes del banderazo. Recorrió los poco más de 43 kilómetros y detuvo el cronómetro en 48:54. Nadie pudo acercarse.

Al bajarse de la bicicleta no habló de superioridad, sino de sensaciones. “Feliz de lo realizado… esta victoria tiene su sabor especial por lo que fue en casa”, dijo. Su historia empieza lejos del podio. En una vereda de El Carmen de Viboral, donde la bicicleta no era un instrumento de alto rendimiento, sino una necesidad. “Me demoraba casi una hora a pie al colegio; en bicicleta eran 15 o 20 minutos”, recuerda. Ahí nació todo. No como un sueño, sino como una rutina.

El regreso era más duro. Había que subir. Tal vez sin saberlo, ese trayecto diario fue su primera escuela. No había métricas, potenciómetro ni entrenador. Solo piernas y constancia. Ese patrón no cambió demasiado con los años. Su hermano fue el puente hacia el ciclismo profesional. Lo llevaba a ver carreras, a seguir de cerca a referentes como Santiago Botero o Libardo Niño. Un día la invitación fue a correr y Vargas aceptó a los 13 años.

No tenía bicicleta de ruta. Entrenó como pudo, con sesiones de spinning y salidas de fin de semana. Llegó a su primera carrera con ilusión, pero no pudo terminarla: la bicicleta falló en plena competencia. Lejos de ser un final, fue el inicio de una relación más seria con el deporte. El camino no fue lineal. Hubo una pausa larga cuando ingresó a estudiar ingeniería electrónica en la Universidad de Antioquia. La bicicleta quedó relegada a los fines de semana, pero algo seguía ahí. Cuando encontró un grupo de ciclismo recreativo en la universidad, volvió.

Lo hizo a su manera. Madrugaba en El Carmen de Viboral, pedaleaba hasta Medellín —unos 60 kilómetros—, asistía a clases y luego regresaba en bicicleta, dos o tres veces por semana. Sin llamarlo entrenamiento estructurado, ya estaba construyendo una base que luego sería diferencial.

Los resultados aparecieron primero en competencias recreativas. Cada 15 días corría y, poco a poco, se destacó. Un chequeo en la subida a Calderas le abrió la puerta a la Vuelta de la Juventud. La primera experiencia fue dura. Terminó lejos, superado por el ritmo y la falta de experiencia. Al año siguiente cambió todo, ajustó su carga académica, entrenó con más disciplina y regresó a la misma carrera para terminar quinto en la general. Ahí empezó a tomar forma el ciclista que hoy domina el continente.

Curiosamente, su relación con la contrarreloj nació casi por accidente. En sus primeras participaciones, incluso con bicicleta convencional, ya mostraba resultados sólidos. “Quedé décimo en una crono, y eso me ubicó quinto en la general. Ahí pensé: creo que por aquí es el camino”.

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El punto de quiebre llegó en 2015, cuando tuvo por primera vez una bicicleta específica de contrarreloj. Sin mayor acompañamiento ni preparación técnica, terminó tercero en una prueba de 35 kilómetros, a solo 15 segundos de corredores consolidados. Desde entonces Vargas no ha dejado de sumergirse en esa especialidad. Su explicación es directa. “Creo que son la constancia y el enfoque”. No habla de talento como eje principal, sino de repetición. Horas de insistencia y práctica. De las cerca de 20 horas semanales que dedica a la bicicleta, unas 15 son en la cabra, la bicicleta de contrarreloj. Es una decisión consciente. Mientras otros reparten esfuerzos en distintas áreas, Vargas concentra. Ajusta su cuerpo y su mente a una sola lógica: sostener el máximo esfuerzo posible sin distracciones.

Porque la contrarreloj, para él, también es un ejercicio mental. “La mente va casi en blanco, como en un estado de meditación permanente”, explica. No hay espacio para pensamientos paralelos. Todo se reduce a la cadencia, la respiración y, más recientemente, los números. Ese estado es difícil de alcanzar y más difícil de sostener. Ahí está, probablemente, una de sus mayores ventajas. No solo tiene la capacidad física para mantener altas velocidades, sino la disciplina mental para no salirse de ese estado.

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A lo largo de sus siete títulos panamericanos hay victorias que se destacan por razones distintas. La de 2023 en Panamá, por ejemplo, la ganó por apenas un segundo frente a Miguel Ángel López. Hubo que esperar minutos para confirmar el resultado. Fue milimétrica. La más reciente, en Montería, tiene otro valor. Fue en casa. Es la confirmación de un proceso que no se detiene. A sus 32 años sigue mejorando registros, afinando detalles, sintiéndose más rápido.

Ese progreso constante es lo que lo mantiene motivado. No se trata solo de ganar, sino de hacerlo mejor que antes. Más rápido. Más preciso. A nivel internacional, sabe que el reto es distinto. En el Mundial reciente, una falla mecánica le quitó la posibilidad de entrar en el top 10 cuando venía marcando parciales competitivos. No lo asume como excusa, sino como aprendizaje. “Sé que lo puedo lograr”, dice sobre ese objetivo.

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El próximo gran reto es Montreal, una contrarreloj técnica, con muchas curvas, donde no solo importa la potencia, sino la precisión. Ya está pensando en eso. El enfoque empieza mucho antes del día de la carrera. Más allá de lo inmediato, su mirada está puesta en el ciclo olímpico. Los Panamericanos que vienen, los Juegos continentales y, sobre todo, Los Ángeles 2028. No lo dice como un sueño lejano, sino como un plan en construcción.

Wálter Vargas no es el típico ciclista de grandes gestas en la ruta. Él mismo lo reconoce: nunca ha ganado una etapa de ese tipo. Su territorio es otro. Más silencioso y solitario. Ahí, donde el tiempo no perdona, ha encontrado su lugar. Y lo ha defendido con una constancia que explica mejor que cualquier cifra por qué cada vez que sale a una contrarreloj parte con una ventaja que se mide en años de hacer lo mismo, una y otra vez, hasta convertirlo en una forma de estar en el mundo.

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Por Juan Carlos Becerra

Periodista de la Universidad de Palermo de Argentina. Escribo sobre Tecnología y deportes, especialmente Futbol, Baloncesto y Fútbol Americano. Apasionado por la Música. JuanBecerra24 jbecerra@elespectador.com
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