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Colombia cría Cuervos

Jorge Cuervo, debutante con la selección en el mundial de fútbol de salón, ya le responde con goles al técnico, que lleva el mismo apellido.

17 de marzo de 2011 - 04:58 p. m.
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Hay nombres que desde hace tiempo son patrimonio de la selección colombiana de fútbol de salón. Los dos John, por ejemplo, Pinilla y Celis, están cosidos a la camiseta amarilla, aunque en el actual equipo tricolor que disputa el mundial, hay uno que para cualquier desprevenido resultaría normal que esté por ser tan parecido al entrenador.


El acento paisa de ambos y hasta la jota como letra inicial de sus nombres terminarían por aumentar la sospecha de parentesco, pero en realidad lo único que une a Jaime y Jorge Cuervo es la pasión hecha balón y su preocupación por darle el mejor trato posible.


El primero, como responsable del seleccionado nacional, viajó a distintos lugares del país para armar una escuadra competitiva y en Medellín se convenció de que el jugador de 22 años debía acompañarle. Y el miércoles no más lo comprobó, cuando el número 11 le dedicó dos de los 14 que marcó la tricolor en su estreno ante Ecuador.


“Hay debuts soñados y éste, porque si bien la ilusión era empezar con pie derecho, hacerlo con tanta autoridad en un campeonato del mundo nos llena de mucha motivación”, asegura Cuervo, debutante en mundiales “pero con experiencia en torneos internacionales, y por eso el ‘profe’ me había dicho que no tendría por qué pesarme ese primer partido y el apoyo de los experimentados me ayudó bastante”.


El jugador, que desde hace tres años y medio practica el fútbol de salón, confiesa que dentro del grupo “los paisas nos apoyamos bastante, aunque acá nadie hace fila y desde los más referentes, como John Pinilla o John Celis, el ejemplo de unión y compañerismo se nota”.


Esos valores los aprendió en las canchas del Alfonso López y el Francisco Antonio Zea, los barrios cercanos a la Terminal del Norte de la capital antioqueña, donde hizo del deporte su razón de ser porque “así trabajara de auxiliar de corte en una empresa de textiles, vivía de los partidos que jugaba el fin de semana”.


“Me pagaban 30 ó 40 mil pesitos por partido y también las personas que apostaban me tiraban liguitas si las hacía ganar; por eso me dediqué a jugar, que es lo que me da la papita”, recuerda Cuervo, quien también creció admirando a “varias de las figuras que nacieron en esos barrios, como Viviano Mena, por ejemplo”.


Allí también siempre tuvo barra propia, porque “he vivido toda la vida n una misma casa con mi bisabuela, abuela, mamá, tías y primitos, entonces ellos, aparte del motor, han sido un apoyo incondicional y cada vez que pueden, van a verme”.

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Extraña eso sí la compañía de su única hermana, “Katherine Alejandra, quien es mayor y ya como formó su hogar y me convirtió en tío, vive lejos de nosotros, aunque sé que de corazón siempre estará a mi lado”. Pero si hay algo que no le puede faltar a Jorge es la bendición de María Antonia Sáenz, su bisabuela de 98 años, alguien que “desde niño siempre me ha apoyado y antes de cada partido me encomienda a todos sus santos”. Ahora le resulta imposible poner su mano derecha en la cabeza del nieto, pero con una llamada basta para que desde el cielo lo iluminen a él y a la selección.

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