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Como pez en el agua

El estadounidense, Michael Phelps, tiene la obsesión de mejorar sus marcas en China. Entrenar más de cuatro horas diarias y nadar en promedio 18 kilómetros, los secretos de su éxito. Es una de las grandes atracciones de la Olimpiada, razón por la cual no se hospedó en la Villa Olímpica.

08 de agosto de 2008 - 08:11 p. m.
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Mide 1,93 metros de estatura y pesa 91 kilogramos, pero con su nuevo traje negro, especialmente confeccionado para él por una importante marca de artículos deportivos, parece de otro planeta. Y aunque no se comporta como un extraterrestre, sus rivales lo ven como tal. Al menos esa es la sensación que queda luego de verlo practicar en el Cubo de Agua, el complejo acuático de Pekín, en donde el nadador estadounidense Michael Phelps realizó su última práctica antes de iniciar su camino rumbo a la más grande proeza olímpica, la conquista de ocho medallas doradas en una misma edición.

“Soy un pez que vive fuera del agua”, señala constantemente en la rueda de prensa que dio luego de nadar durante media hora. “En realidad, adentro de la piscina es en donde me siento cómodo, tranquilo. Allá yo manejo todas las situaciones”, dice sin modestia antes de ratificar que se preparó para ganar ocho pruebas.

Phelps participó por primera vez en unos Olímpicos, en los Juegos de Sydney 2000, en los que consiguió un “modesto” quinto lugar en los 200 metros mariposa. Tenía apenas 15 años y ya acariciaba el podio, lo que lo hizo pensar que cuatro años más tarde, en Atenas, tenía que llegar a la cumbre. Pero tocó el cielo con las manos mucho antes, pues en 2003 ya era múltiple campeón y recordista mundial.

“Mi carrera ha ido rápido, sin duda, pero la gente cree que los buenos resultados son el producto del talento y olvida que nado desde los cinco años y que prácticamente soy un profesional desde que tenía 11”, comenta el estadounidense a los medios de comunicación, mientras graba un saludo para la televisión china, que lo ha elegido como uno de los íconos de las justas orbitales.

Y razones sobran para catalogarlo como tal. Por ejemplo su técnico, Bob Bowman, menos conocido por la prensa, admite que “a Michael le hemos exigido al máximo desde muy niño y ya se acostumbró a vivir así, es prácticamente una rutina. Entre más presión tiene, mejor actúa. Cuando más dificultades se le presentan en el camino, mayor carácter demuestra”.

Con pronóstico dorado

Ante semejante afirmación, la única duda entonces es si Phelps logrará ocho oros como quiere, o solamente los cinco que pronostican los especialistas. “Esa es la meta, pero hay que cumplirla día a día. La competencia más importante no será la octava, sino la próxima que afronte. Si fallo antes, la última prueba en que participe ya no tendrá el mismo valor”, reconoce con mucha madurez el norteamericano, quien con seis preseas doradas y dos de bronce, fue la gran estrella de los Juegos de Atenas, cuatro años atrás.

Ahora tiene 23 años y 17 títulos mundiales encima, pero intenta siempre quitarse la fama de superhombre. “Yo soy como cualquiera. Escucho hip hop, adoro los videojuegos y puedo perder porque esa es una opción dentro del deporte. Lo que pasa es que no me gusta hacerlo y por eso me preparo muy bien. Pero más allá del trabajo físico que hago, mi gran fortaleza es la parte mental. Soy un competidor y no me conformo con el segundo lugar, siempre quiero ganar”, explica

Phelps, quien está terminando sus estudios de Administración Deportiva en la Universidad de Michigan, ha sido considerado el mejor nadador del mundo en cuatro de las últimas cinco temporadas y no tiene miedo a fracasar en Pekín, ya que si algo tiene claro es que “si gano siete oros, muchos dirán que no cumplí mi objetivo, pero quedaré satisfecho si lo intento de verdad”.

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Y a la par de la preparación para la Olimpiada, fue analizando los obstáculos que le podrían impedir alcanzar su meta, aunque uno en especial ha centrado su interés: “El gran problema para mí está en que hay muchos buenos nadadores que vienen a los Juegos a hacer una sola carrera, se preparan exclusivamente para ella y ahí dejan todo lo que tienen en busca del podio”.

Esa es la razón por la cual asegura que no se puede dar “el lujo de ahorrar fuerzas para después, cada vez que me tire al agua tengo que dejarlo todo. Si yo decidí hacer ocho pruebas no es culpa de los demás y ya es mi responsabilidad la de buscar ser el primero en todas ellas”.

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Tras el registro de Spitz

A su paso, son muchas las cámaras que le acompañan y ese asedio periodístico se debe a varios motivos, entre ellos, la posibilidad que tiene el ‘delfín’ estadounidense, de romper la marca de Mark Spitz, quien en los Olímpicos de Munich 1972, alcanzó a colgarse siete preseas doradas, en un registro que hasta ahora ha resultado inalcanzable.

Michael no esconde en absoluto el anhelo que tiene de superar dicha marca, por lo que reconoce antes que nada, que “no

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será por ganarle a él, sino por superarme a mí mismo”. Agrega además que “no soportaría entrenarme todo un año para que llegue la primavera y descubrir que soy más lento que el año anterior. Si consigo ser más rápido cada año, siento que he dado un paso más hacia mi gran meta personal”.

Mentalidad ganadora sin duda, que se confirma prueba tras prueba, oro tras oro, palabra tras palabra… “Quiero cambiar la historia de la natación y eso sólo lo puedo conseguir con progreso. Es la única forma de no cansarme de la rutina de los entrenamientos. ¿Quién se puede cansar de batir récords?”.

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Tal vez por eso, luego de nadar un rato, ingresa al gimnasio y realiza una breve sesión de pesas, que según su entrenador, “es para mantener la rutina de esfuerzos. Mike entrena entre cuatro y seis horas al día y además del trabajo físico, hace ejercicios para mejorar la técnica en todos los estilos, pues eso es algo que siempre le he inculcado y él ha aceptado de la mejor forma”.

A pesar de que en el Lejano Oriente tiene una cita con la historia, Phelps no quiere perderse ningún detalle de los Olímpicos. Por eso desfiló el sabado con la delegación de su país como uno más, aunque salió apresurado del estadio rumbo al hotel en el que está hospedado.

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Su técnico confesó que el nadador pretendía quedarse en la Villa Olímpica y compartir con los demás deportistas, pero que su popularidad no le permitiría estar tranquilo y ahora es cuando más concentración requiere, porque al frente está la oportunidad histórica.

El ‘Tiburón de Baltimore’, como también se le conoce, no ha escapado a la tentación de la fama y fue así como terminó arrestado por la policía en noviembre de 2004, por conducir bajo los efectos del alcohol. Esa situación antes que intentar olvidarla, la recuerda porque “soy un humano como cualquiera. Tengo virtudes y cometo errores. La diferencia es que aprendo de ellos”.

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En el agua, en cambio, no hay margen para el error y así lo ha demostrado Phelps, que participará en los 200 metros libres, los 100 y los 200 mariposa; los 200 y los 400 combinados, los relevos libres de 4×100 y 4×200, además del 4×100 combinados.

En cuatro de esas modalidades, es el dueño de los récords mundiales y aunque se sienta igual a los demás, no lo es. Sus brazos miden siete centímetros más del promedio para su estatura y su corazón bombea el 30% más de sangre.

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Sus piernas, en cambio, son más cortas de lo que deberían, pero eso en vez de perjudicarlo, lo beneficia, ya que “en el tren inferior lo importante es el movimiento y no la masa”, explica el entrenador Bowman, quien como es músico, compara el estilo de Michael en las piscinas, con una “orquesta sinfónica en pleno concierto. Es un espectáculo para disfrutar”.

Antes de sumergirse en aguas pekinesas, Phelps anticipa algo sobre su futuro: “Después de los Juegos, voy a dedicarme a hacer distancias cortas. No serán fáciles, pero dejaré de entrenar tanto y dejaré descansar un poco más a mi cuerpo”.

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