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Con el cuchillo entre los dientes

Breve repaso por las vidas futbolísticas de Nobby Stiles, Claudio Gentile, Marco Materazzi, Harald Schumacher.

12 de junio de 2010 - 02:58 p. m.
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Jamás les importaron las sutilezas. Eran personajes en blanco y negro, rústicos, desbordados, sanguíneos y desprolijos, y por lo mismo, fundamentales para sus equipos. Su prioridad era anular a los sutiles y talentosos del cuadro rival, sin que importaran los medios. Así pasó a la historia Claudio Gentile, un defensor italiano campeón del mundo en 1982, que en sólo cuatro días borró de la cancha a Diego Maradona y a Zico. Les rompió la camiseta, las piernas, la gracia. Los dejó por fuera de los circuitos futboleros. Así se inscribió en el libro de los héroes Marco Materazzi cuatro años atrás. Nadie nunca supo qué le dijo con exactitud a Zinedine Zidane en la final de Alemania 2006, pero fue tan hiriente que lo desbordó. Lo golpeó con la cabeza y fue expulsado. Dejó a Francia, su Francia, sin magia. Perdió él e hizo perder a su equipo. Materazzi fue ídolo y villano en dos segundos. Nadie lo olvidó.

Así era Nobby Stiles. Antes de salir a la cancha, luego de los últimos conceptos, de las rondas de motivación, de los himnos y demás, Alf Ramsey lo llamaba aparte. Le pasaba un brazo sobre los hombros, y al oído, muy en secreto, le decía a quién tenía que hacerle el juego imposible. “Do suffer”, murmuraba, seguro escupiendo un poco, al mejor estilo británico. Stiles obedecía. Era feliz haciendo sufrir a sus rivales, y creía que aquella era la única manera para llegar a la victoria, o por lo menos la que él mejor manejaba.

Stiles fue un hombre rudo que hacía hasta lo imposible por meter miedo, ya que su físico no era el de un gorila. Más bien, todo lo contrario. Ramsey lo mimaba y protegía tanto como a Bobby Charlton, el ídolo de los británicos, el hombre de las ideas y los goles. Lo de Stiles era pegar, amedrentar, amilanar a los árbitros. Un tipo, dirían, políticamente incorrecto que jamás llegó a convertirse en Sir, como Charlton. Uno era el bastión del juego sucio, siempre necesario en las canchas. El otro, un gentleman, el dueño de los aplausos. Stiles provocaba. manoteaba, pegaba en los tobillos y por detrás, pellizcaba. A veces se hacía el desentendido. Otras, se sacaba sus dientes postizos.

Se tiraba al piso como un perro a buscar sus lentes de contacto, aunque en realidad no los hubiera perdido. Hacía tiempo. Le hablaba al árbitro. Metía miedo, e incluso, como una estrategia, expelía olores de zorro para generar asco. Y así, entre olores, patadas, marrullerías e insultos anulaba al talentoso rival. Matt Busby, su descubridor en el Manchester United de los 60, afirmaba que era tan locuaz que “escupía en varios idiomas”.

Su idioma eran las patadas. Su arte, como el de Gentile, Materazzi, el portero alemán Harald Schumacher, Carlos Bilardo cuando jugaba en el Estudiantes de los 60 y el viejo Pipo Rossi de Millonarios y River Plate, fue que pocas veces lo descubrieran los árbitros. Todos ellos practicaron su estilo, cada uno a su manera. Lo perfeccionaron hasta el punto de que agredían sin lesionar seriamente a sus “colegas”, o eso decían. La pelota nunca les importó. Los goles eran patrimonio de sus compañeros. Ellos celebraban los triunfos. Sabían que detrás de aquellas victorias estaban sus artimañas.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com

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