Las lágrimas de emoción que se convirtieron en postales de los Olímpicos de Sydney, se multiplicaron años después pero por motivos totalmente opuestos. En ese rostro de facciones finas, el llanto brotó de nuevo, pero los ojos de Marion Jones carecían del brillo que iluminó Oceanía y sus pupilas si acaso resistían la vergüenza propia de una sentencia pública.
En enero pasado, la que fuera la reina de la velocidad en la Olimpiada de 2000, era sentenciada a seis meses de prisión por un juez de la Corte de Distrito de Estados Unidos, después de que se declarara culpable de dos acusaciones: mentir a los investigadores sobre su dopaje y por perjurio en un caso criminal por fraude y lavado de dinero, en el que estuvo vinculado su ex esposo y también atleta, Tim Montgomery.
“Así como di la cara en los años de victoria, ahora lo hago por lo que es correcto. Respeto la decisión y espero que la gente aprenda de mis errores”, fue lo único que su resignación le permitió decir, antes de ser recluida en la cárcel de mínima seguridad, en San Antonio (Texas).
El viernes anterior, tras cumplir la pena, volvió a sentir lo que es la libertad, aunque será condicional durante dos años más, tiempo en el cual deberá cumplir además con 800 horas de trabajo comunitario. Y aunque estará en cierta forma limitada, sus familiares confirmaron que la prioridad de Jones es volver al atletismo, porque sólo a través de él podrá recuperar su salud física y mental, las cuales intentó mantener tras las rejas.
En reclusión, varias veces se le vio calentar, trotar y exigirse a fondo en la pista de la prisión federal de Bryan, de algo más de 400 metros, donde la velocista recordó sus momentos de gloria, pero allí en lugar de recibir multitudinarias ovaciones y fuertes sumas de dinero por competir –alcanzó a cobrar 100 mil dólares por competencia–, encontró los solitarios aplausos
de sus compañeras del penal, suficientes para dar por aprendida la lección de vida más importante en sus 32 años de existencia.
Ahora al lado de su esposo y dos hijos, empieza de cero en todo, porque de su fortuna lo único que quedan son saldos en rojo, financieramente está quebrada según sus abogados y ya del atletismo no podrá vivir.
Marion aparte de aceptarlo, vuelve a sus orígenes humildes, luego de haber crecido en los suburbios de Los Ángeles. “Decepcioné a mi familia, decepcioné a mi país y me decepcioné a mí misma. Les pido perdón por mis acciones y espero que en sus corazones lo puedan hacer”, es lo único que pide ahora la otrora reina que lo tuvo todo y nada al mismo tiempo.
Ya las multinacionales no se pelearán por vestirla, pero ella estará de nuevo en la línea de partida, a la espera de una nueva largada en su vida que tal vez no le entregue oros, pero sí algo que jamás podrá medirse a través de metales: la dignidad.
La gloria que en definitiva no fue
Cinco medallas fueron suficientes para que Marion Jones fuera considerada la reina de la velocidad en la Olimpiada de 2000 y, de paso, una hija adoptiva más de Sidney.
Pero de ese júbilo no queda nada más que un amargo recuerdo, el cual tuvo como colofón la devolución de las tres preseas doradas (100, 200 y 4×400 metros relevos) y dos de bronce (relevos 4×100 metros y salto de longitud), obtenidas en esos Juegos, luego de que la atleta admitiera que se había dopado con sustancias prohibidas para obtenerlas, lo cual le deparó además la sanción de dos años de inhabilitación.
En un acto tan sigiloso como el que la llevó al escarnio público, ella se las entregó al Comité Olímpico de Estados Unidos y éste a su vez las envió al Comité Olímpico Internacional. Ese terminó siendo el punto final de una carrera que aparentemente estuvo bañada de oro, pero en realidad fue ensuciada por el dopaje.