Tan pronto el ascensor se detiene en el tercer piso, el impregnante olor a tabaco conduce irremediablemente a su encuentro en una oficina donde el televisor casi siempre está prendido y en canales deportivos, pero sólo cuando se escucha el paternal “Siga, mijo”, con marcado acento paisa, es que se comprueba estar en el lugar indicado.
Entonces la figura diminuta de un abuelo bonachón resalta sobre el cuadro de Picasso y el diploma que lo acredita como miembro honorario de la Fifa que reposan a su espalda, en un marco que sólo cobra vida cuando el fósforo se hace llama y él suelta esa bocanada de humo, la misma que desde los 17 años convirtió en costumbre.
Ahí está León Londoño Tamayo, con un puro en su boca y la espontaneidad de siempre en una pose de empresario que, cual postal, parece haber detenido el tiempo para inmortalizar a uno de los directivos más emblemáticos del fútbol colombiano, que hoy está entregado “a la familia que había abandonado por tanto compromiso nacional e internacional” y que sólo intenta “bregar a no hacer nada”.
Pero con tanto tiempo libre, de vez en cuando echa la mirada atrás para recordar que de un aficionado al béisbol en Cúcuta y con equipo propio, el Kelvinator que patrocinaba una marca de neveras estadounidenses, se convirtió en dirigente por convicción y necesidad si se quiere, ya que “en el año 59 el Cúcuta Deportivo iba a desaparecer y con nueve amigos más reunimos 80 mil pesos, que era todo un dineral, para salvarlo”.
Ese no sería el único incendio que apagaría, porque cuatro años después presentó un estudio que impidió que clausuraran la Dimayor y luego de convertirse en gerente de la entidad, medió junto a otros directivos como Alfonso Sénior, para que la Adefútbol terminara fusionándose a comienzos de los 70 en la Federación Colombiana de Fútbol, la cual presidiría dos décadas después.
Le costó en su momento trasladar el control del fútbol nacional de Barranquilla a Bogotá, pero años después le devolvería a la Arenosa un mejor regalo: la selección, porque “la escogí como sede para la eliminatoria hacia Italia 90 y el resultado fue impresionante”.
Rememorar la segunda clasificación mundialista tricolor le obliga a dejar el tabaco al lado de las cenizas de otro, porque nunca lo emocionó tanto el fútbol como “cuando empatamos en Tel-Aviv, ese día lloré y hacía muchos años que no lo hacía, me emocioné mucho. Fue una cosa maravillosa por el equipo que logramos, comandado por el profesor Francisco Maturana”.
Y justamente fue él quien le puso todas las fichas al odontólogo chocoano porque “lo había llevado provisionalmente como técnico a Paraguay, con un grupo de jugadores que ya estaban medio formados, conocidos por él en Nacional y todo el mundo quería que contratara a un técnico extranjero, entonces les dije: hemos tenido muchos entrenadores foráneos y el único que nos clasificó fue Pedernera, los demás ni al repechaje, entonces no busquen más que yo lo tengo, es Maturana”.
Esa fue apenas una muestra de su admiración por los técnicos nacionales, de quienes tiene preferencias marcadas: “el mejor técnico a nivel nacional es el doctor Gabriel Ochoa Uribe e internacionalmente Pacho”. Con el primero hace días perdió contacto, pero el último con llamadas frecuentes “se acuerda de que estoy vivo”.
Maturana es apenas uno de los tantos amigos que el fútbol le ha dejado. “No puedo decir que como Roberto Carlos tengo un millón, pero sí muchos”, advierte don León y, uno más que especial es Joao Havelange, a quien conoció en la Confederación Brasileña, luego en la Suramericana y después en la Fifa, donde hizo parte de varias comisiones como la de organización de un Mundial o la del estatuto del jugador.
Fue el brasileño, como presidente del ente rector del balompié mundial, “quien hizo que se cambiara el estatuto por 24 horas para nombrarme miembro honorario, porque no tenía la edad requerida. El congreso lo aprobó y el único voto en blanco fue el de Colombia, mientras los 187 países restantes dieron el aval”.
Pero la relación con el mandamás de la Fifa entre 1974 y 1998 fue más allá y con su venia Londoño logró la sede del Mundial del 86 para Colombia. “Todo estaba listo, teníamos 97 empresas que lo iban a financiar, pero un día me citó en Palacio el presidente (Belisario) Betancur y me dijo: ‘Bueno, Londoño, yo no apruebo las leyes para el Mundial porque acá necesitamos más hospitales y escuelas’. Creo que todavía están tratando de hacerlos”.
La decisión pensaba comunicarla a la opinión pública el primer mandatario, a lo que el directivo se opuso y por eso prefirió notificarle “al doctor Havelange, que estaba de visita en México, donde en principio tampoco se contó con apoyo gubernamental porque el Estado sólo se comprometía a pintar los estadios, no había plata, entonces don Emilio Azcárraga, el dueño de Televisa, dijo en una reunión: ‘Yo la pongo y la financiamos toda’. Así se hizo”.
Luego, a través de “una carta que me ayudó a redactar el vicepresidente del Banco de la República, el doctor Ordóñez, no renuncio al Mundial sino que lo aplazo”, pero ya Londoño acepta que “hacer un Mundial de mayores en Colombia es imposible”, porque “es una locura que ahora sólo pueden hacer países muy ricos y desarrollados”.
Esa habilidad la demostraría en repetidas ocasiones, como en 1988, cuando “gracias a la amistad con el secretario de la Federación de Inglaterra, se logró la invitación al torneo Sir Stanley Rous, pero los gastos corrían por cuenta de nosotros y faltando tres meses le dije: ‘No tengo plata, me manda los pasajes, me paga el hotel y me consigue un partido para poder pagarles los viáticos a los jugadores, y fue así como se jugó en Londres, luego en Escocia y después en Finlandia”.
Era la época en que Colombia jugaba ante los grandes y a nivel dirigencial abría puertas, pero si bien don León espera que “ojalá llegue ligero un directivo de respeto internacional, no lo veo porque para eso hay que tener unas grandes relaciones, influencia, mando, mucha personalidad, conocimientos y eso no es tarea fácil”.
También ve complicado que Colombia esté en Sudáfrica 2010, al reconocer que “no se puede negar que después de lo ocurrido en Montevideo, todo quedó muy difícil, pero no imposible, así que hay que tener fe hasta el final, la fe te salvará”.
Y con mucha fe espera presenciar el próximo año su Copa del Mundo número 13, la de la suerte, y con fortuna de por medio anhela llegar a la de 2014, porque “el doctor Havelange ya me comprometió, así que le dije: ‘Usted ya cumplió 93 años y está mejor que yo’, entonces quedamos en que nos preparamos para 2014 y después que sea lo que Dios quiera, pero eso está muy lejos”.
El que sí está muy cercano a su corazón es Pelé, “un jugador incomparable y al que disfruté en el mejor Mundial que he visto, el de México 70, porque allí había un rey que era él y 90 príncipes jugando fútbol”.
Es momento para encender de nuevo el grueso cigarro, el segundo de los tres o cuatro que consume a diario, la mitad de los que fumaba hasta el año pasado, cuando “el doctor me dijo: ‘Vas a estar seis meses sin fumar’ y le dije que no, lo mermo sí, pero no lo dejo ni lo pienso dejar, porque me ha costado mucha plata”.
La caja de Cuban Sandwich no le puede faltar sobre el escritorio, aunque no es su marca favorita. La predilecta es Montecristo número dos, también cubano, pero difícil de conseguir y aparte muy costoso, porque una caja de 25 cuesta un millón de pesos, entonces de vez en cuando me doy ese regalito”.
Pero el pasado 31 de agosto, cuando sopló 80 velitas en el ponqué, don León comprobó que el mejor regalo es su familia, porque desde abril del 92, cuando se alejó del fútbol, disfruta de la compañía de su esposa, con quien “llevo 54 años y medio casado, muy berraco aguantar tanto, eso ya no se ve y pienso llegar a los 60”.
De su natal Jericó, Antioquia, llegó a Cúcuta a los 23 años, donde encontró el amor y cinco hijos que ya ampliaron la generación Londoño con nueve nietos, a los que siempre les ha inculcado que “hay dos cosas que sólo podré dejar cuando Dios me llame a cuentas: no concibo mi vida sin fútbol ni un buen puro”.
Bogotá no, Barranquilla sí
Para Londoño, el primer error en este proceso hacia Sudáfrica fue haber elegido a Bogotá como sede. “Vivo y quiero mucho a la capital, pero Colombia no puede jugar en ella porque es visitante, se concentra en Medellín o Cali y llega horas antes del partido, lo mismo que el rival, entonces no hay ventaja”.
De igual forma, considera que “la mayoría de los jugadores viven en el exterior y al nivel del mar, entonces les afecta la altura”. Por eso no duda en recomendar que la casa tricolor debe ser siempre Barranquilla, “por el folclor, la alegría, la gente y, sobre todo, por el clima que en realidad lo siente el visitante”.
Igual mira hacia delante y por eso confiesa que “sería maravilloso para mí ir al último Mundial con Colombia en él y creo que por más complicado que se haya puesto la cuestión desde el miércoles podemos llegar, sin importar que sea por el repechaje, lo importante es estar”.