El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El aristócrata del fútbol

Rosarino, campeón con Newell’s y Vélez, medallista de oro en los Olímpicos de Atenas, Bielsa es un “enfermo” del estudio.

08 de septiembre de 2008 - 03:22 p. m.
PUBLICIDAD

En aquel vestuario, que más que vestuario parecía un cementerio, Marcelo Bielsa no cesaba de llorar. Quienes estaban con él, recordarían algunos años más tarde que incluso se había dado trompadas contra las paredes, que se había hecho un hematoma en las manos, reventándose los nudillos. Era un hombre inconsolable, inconsolado. Triste, solitario y final, como decía el título de uno de sus libros favoritos (Oswaldo Soriano). Acababa de recibir el “cachetazo” más doloroso de su vida con la eliminación de Argentina de la Copa del Mundo de Japón. De repente se sentó en un banco, la espalda recostada contra la pared, la mirada perdida, y hasta él fueron llegando algunos de sus jugadores. Ariel Ortega lo abrazó en silencio.

Precisamente aquel muchacho díscolo a quien alguna vez le gritó en pleno partido: “La oferta para la recepción del balón debés realizarla en forma vertical”. Ortega no entendió nada aquella vez, por supuesto. Siguió jugando aquel partido contra Chile en Santiago como solía hacerlo, de acuerdo con su imaginación, con lo que se le ocurriera en el instante, todo lo contrario de lo que, decían, promulgaba Bielsa. Al final del partido se inventó una de las suyas, dejando a varios chilenos regados en el camino, y le dio una victoria más a la Argentina, que sellaba su favoritismo para la Copa del Mundo que se iniciaría en ocho meses. El tiempo y los triunfos los unieron. Entre los dos sellaron un pacto de sentimientos que iba mucho más allá de las teorías.

Luego se acercó Juan Sebastián Verón. Y después Sorín, y Crespo, y Batistuta y El Kili González. En medio de la amargura de la derrota, o a raíz de ella, fluyeron aquella tarde-noche de Japón los afectos por aquel hombre que desde agosto de 1998 no había hecho otra cosa en su vida que dedicarse a armar ese equipo. Aquellos tipos que lo abrazaban se habían demorado más de un año en comprender su estilo de juego, pero cuando lo entendieron, se aferraron a él. “Nos llevó un año y medio entender al técnico”, había dicho poco antes del Mundial Diego Simeone, como queriendo retractarse de sus primeras declaraciones cuando supo que Bielsa había sido designado técnico de Argentina. En aquella ocasión, el actual técnico de River Plate, con un artículo de la revista El Gráfico en la mano en la que aparecía Bielsa debajo de un titular en rojo que decía “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao”, dijo que era así, tal cual, que Bielsa estaba loco, como la letra del tango de Astor Piazzolla.

Siempre fue loco. Como lo describió su hermano Rafael Bielsa, ministro de Relaciones Exteriores durante los tiempos de Néstor Kirchner, toda la vida fue “un hombre parco, férreo, neutro, bravo, solo, que con un par de palabras se puede referir a lo esencial, aunque sepa que necesita de todas para hacerlo real, un tipo que jamás se entusiasmó con los amores fáciles porque sólo puede descansar a sus anchas luego de las victorias difíciles, un ser humano, en última, locuaz, distendido, comprometido, dubitativo y colectivo”.

Nació en Rosario, y según Ariel E. Senosiain, “ser Bielsa en Rosario significa ser bien”. Por ello, cuando  comenzó a inclinarse por el fútbol, casi desde que nació, en la misma calle bautizada con su apellido en homenaje a sus ancestros, y en

toda Rosario, la gente preguntaba si era cierto que un niño de los Bielsa estaba metido tan de lleno en el fútbol. Entonces respondían que sí, que era “fana” de Newell’s, pero que los años lo volverían sensato. Jamás dejó de ser alma, corazón y vida del club “leproso”. Incluso jugó tres partidos en primera división como defensa central. “Era tronco, no podía dar dos pases seguidos, por eso me retiré siendo muy joven”.

Se hizo técnico, y como entrenador empezó a acumular conceptos y frases, ideas y logros. Senosiain escribiría: “Durante sus 18 años como técnico de profesionales, nunca ha variado su catálogo de conceptos sobre el juego. Cuando llegó al Espanyol de Barcelona, en 1998, declaró que el reto era darle al equipo un perfil. Que se le viera jugar y se reconociera la forma de juego del club catalán. Nunca le interesó cómo venía actuando el equipo que tomaba, siempre quiso imponer lo suyo. No se adaptó a lo que tenía; adaptó lo que tenía a sus ideas”.

Ese esquema era con tres defensores, tres volantes, un enganche, y tres delanteros. Ese esquema era abrir la cancha, presionar en campo rival, asfixiar al contrario. Como él mismo lo definía, “pretendo que mis jugadores se argentinicen para gambetear y se europeícen para desmarcarse”. De alguna manera, unos más y otros menos, todos los equipos que dirigió comenzaron por apartarse de sus lineamientos y terminaron convencidos: Newell’s en el 90, Atlas y América de México, Vélez Sarsfield, la Selección de Argentina y la de Chile. “Yo sé que el fútbol tiene un altísimo componente de azar. Pero no se puede ejercer esta tarea que a mí me tocó realizar admitiendo que un porcentaje muy alto se lo lleva la suerte y nos termina favoreciendo o perjudicando”.

No ad for you

Ese azar al que tanto enfrentó, contra el que tanto luchó, lo dejó por fuera de su máxima ilusión, el Mundial. Ese azar, encarnado de vez en cuando en los errores de sus jugadores o en los del árbitro, lo han puesto a caminar infinidad de veces sobre el filo de la navaja. Sus detractores han llegado hasta el extremo de decir que “Es un inepto”, como lo definió después del 2002 el periodista argentino Fernando Niembro.

Un día se agarró a puños en pleno aeropuerto con José Luis Calderón, pues el entonces delantero de Independiente no soportó ir a la banca. “Fue uno de los peores errores de mi vida”, admitió Bielsa luego. Otro día desafió a José Luis Chilavert a que resolvieran sus diferencias a solas, pero acabaron dialogando y elogiándose mutuamente. El portero paraguayo había dicho que Bielsa era “un arrogante, un duro entre los débiles. Está muy acostumbrado a tratar con chicos y no le gusta que la gente opine. Ni mi papá en vida me levantó la voz. No se lo voy a permitir a nadie, se llame como se llame. ¡Y menos Bielsa!”. El técnico no respondió. Lo siguió tratando de usted, como a todos sus jugadores, en su eterno tono bajo de palabras semiincomprensibles. “Es que llegó con sus esquemas y palabras extraños a llenar la cancha de cintas y a dejarnos papelitos en nuestras mesitas de noche repletos de instrucciones, y nosotros éramos campeones del mundo. Después pudimos ver lo importante que fue”, recordaba por aquellos finales del 97 Christian Bassedas.

No ad for you

Pasados los años, después del dolor de Japón, a Bielsa le propusieron renovar su contrato con la Selección Argentina. Lo hizo. Fue campeón de los Olímpicos por primera vez en la historia, pero luego dijo adiós cuando nadie lo esperaba. Se

encerró en una finca cerca de Rosario por tres años. Se dejó la barba, el pelo largo. Allá lo escucharon decir que jamás en su vida se le cerraría la herida del Mundial 2002.

No ad for you

Sus títulos

1990-1991, Torneo Nacional Argentina,  Newell’s Old Boys 1992, Torneo Clausura, Argentina, Newell’s Old Boys

1998, Torneo Clausura, Argentina, Vélez Sarsfield.

2004 Selección Argentina, Medalla de Oro en los Olímpicos de Atenas.

No ad for you

Distinciones individuales: 

Mejor seleccionador nacional del mundo 2001

Segundo mejor seleccionador nacional del mundo 2004

Tercer mejor seleccionador nacional del mundo 2008.

Este martes comienza la octava fecha

La selección paraguaya, aupada por el empate a domicilio ante Argentina (1-1), recibirá el martes (7 de la noche) a la de Venezuela con todo su potencial casi a punto para tratar de afianzar su liderato en las eliminatorias.

La única duda que mantiene el seleccionador guaraní, el argentino Gerardo Martino, es la presencia de Salvador Cabañas, afectado de una contractura en la cara posterior del muslo derecho, para hacer parte del tándem ofensivo con Roque Santa Cruz.

No ad for you

Cabañas y Santa Cruz no llegaron a tiempo para el partido del sábado contra los albicelestes en Buenos Aires, pero ambos ya se sumaron a los entrenamientos de doble turno del domingo. El jugador del América de México está pendiente de unas pruebas médicas, mientras que el goleador del Blackburn inglés dijo que se siente listo para formar parte del once titular.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Ver todas las noticias