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El día que el fútbol no tuvo madre

El Espectador estuvo en las entrañas del estadio Monumental de Núñez. El superclásico paraliza Buenos Aires y se antepone, incluso, a una celebración familiar.

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Es domingo en Buenos Aires, pero no uno más. Al sol radiante lo acompaña una temperatura primaveral que promedia los 20 grados centígrados y el clima entonces se une para festejarles a todas las madres argentinas su día, aunque a diferencia de celebraciones anteriores, la capital argentina pareciera no despertar tan temprano, y el ejemplo fiel son Lavalle y Florida, las céntricas calles peatonales más transitadas de la ciudad, atiborradas de locales y centros comerciales que aguardan por compradores de última hora.

Pero éstos nunca llegaron. Tal vez los precavidos compraron el sábado o días atrás, o algunos prometieron ir después, porque si en Argentina es tradición que el último día de la semana se le dedique no al descanso y sí al fútbol, había otra razón todavía más fuerte y de pronto la única capaz de aplazar una celebración familiar: se jugaba el River-Boca.

¿Y acaso San Lorenzo no les sacó más ventaja en la punta? Fue la pregunta recurrente que varias madres les hicieron a sus esposos o hijos, con la utópica ilusión de hacerlos cambiar de parecer a última hora, pero como en el caso de Federico Grimoldi, estudiante de psicología y educación de la Universidad Católica, aparte de almorzar a las carreras, poco le importó atravesar la ciudad y pagar tres veces más el costo de la popular para ser uno de los 2.500 privilegiados hinchas xeneizes en la tribuna Centenario del Monumental.

“Y qué puedo hacer si esto es un sentimiento y antes de decir papá o mamá, dije Boca”, es la razón que entrega antes de refundirse entre las camisetas azules y amarillas que esta vez son minoría, pero la garganta les da para sentirse locales en Núñez y de ahí que siempre estén fuertemente custodiados por la policía, antes, durante y después del partido, al que llegan y salen por una calle específica (Dr. Lidoro Quinteros), para evitar cualquier contacto con sus eternos rivales.

Al otro extremo de la cancha, dos avenidas, Guillermo Udaondo y Figueroa Alcorta, delimitan el territorio millonario que es un mar rojo y blanco que desemboca en las plateas de Belgrano, San Martín y Sívori. Walter Duarte que llegó desde Recoleta en micro (así le llaman a los buses) se sumergió en él desde “que estaba en la panza de la vieja y por eso ella sabe y entiende que me dio la vida, pero River la razón para disfrutarla”.

Y mientras no deja de alzar sus brazos y ovacionar a Falcao cuando confirman al colombiano en la titular, a escasos metros de la misma platea baja, Ariel Morales se las arregla para que su pequeño hijo Camilo, de cinco años, empiece a contagiarse de la pasión que desde cuna heredó hace poco más de tres décadas.

Pero esa labor es compartida. A su esposa Candy Wendel también le gusta el fútbol, tanto que a pesar de ser hincha de San Lorenzo, “no se pierde ningún partido de River, porque sabe que un programa familiar se hace completo o no se hace”. Entonces fue así como después del almuerzo, los tres tomaron camino al estadio y ella eligió una blusa color verde para contrastar con el rojo y blanco que abunda en su hogar.

Con esa misma suerte no corrió Hernán Ceres, de 41 años, de los cuales 16 completa de casado con Andrea, la cual le ha dado tres hijos, que más allá del apellido, llevan en la sangre glóbulos rojos, pero también blancos. Algunas veces han asistido los cinco al Monumental, pero esta vez ella se ausentó porque “adelanta una especialización en ortodoncia, necesita mucho tiempo los fines de semana y fue la primera en alegrarse por traerme a los chicos a la cancha”.

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Entonces junto a Mateo, el mayor, Pedro y Nazareno, el padre de familia después de almorzar raviolis en casa, salió apurado “por aquello del tráfico y demás, así que debíamos llegar con suficiente tiempo y bueno, acá estamos, como alguna vez hizo mi viejo conmigo, ya que desde el 74 vengo a ver a River”.

Fabián ni se acordaba

Dos horas después, más de un ‘millonario’ pensó que debió quedarse en casa y evitar así que Boca volviera a festejar en sus narices después de cinco años. Por lo pronto deberán esperar un año para la revancha, tiempo por el que no tendrá que aguardar Fabián Vargas, el bogotano que no necesitó de la victoria para dedicársela a su madre y esposa.

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En medio del júbilo, reflejado en una amplia sonrisa, confesó: “Ni me acordaba que era el Día de la Madre, porque como nosotros en Colombia lo celebramos en mayo, pero para mí es un día que lo recuerdo cada vez que me levanto o acuesto, ya que es lo más lindo que podemos tener como hijos y esposos y por eso trato de hacérselos saber no sólo en la fecha que ponen comercialmente, sino todos los días”.

Igual, no se abstrajo por completo del festejo y “lo primero que hice cuando llegué al vestuario fue llamar a mi señora, aunque ella tampoco se lo esperaba, pero estaba muy contenta, me dijo que había hecho mucha fuerza frente al televisor con nuestra hija y lo mejor fue que terminamos una linda semana, primero con mi selección en Brasil y luego ganando el clásico”.

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Con una cena, muy colombiana por cierto, en el seno de la familia Vargas, finalizó un domingo que unos quisieron que terminara lo más pronto posible y otros, como Fabián y Federico, lo recordarán por siempre. Pero para felicidades y tristezas, siempre estará mamá, esa misma que perdonó el abandono para consolar a los perdedores y aquella que justificó la ausencia al verlos más felices en el retorno a casa. Y es que como bien dicen, madre no hay sino una, pero también el fútbol en Argentina es de todos y el clásico River-Boca o Boca-River, lo único para los bonaerenses.

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