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El dinero sí lo puede todo

Qatar impuso un modelo despilfarrador: construirá 12 estadios, pero nueve serán desmontados tras el Mundial.

26 de diciembre de 2010 - 02:34 p. m.
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Una corriente de aire a 17 grados refrescará los tobillos de los espectadores mientras otro flujo circula por la parte posterior de cada butaca para ventilar la parte del cuello a la misma temperatura. No se puede pedir mayor comodidad para combatir el calor durante un partido de fútbol cuando en el exterior del estadio la temperatura promedio sea de 45 grados. Para los futbolistas el sufrimiento también será reducido: el terreno de juego estará a 27 grados. Lo mismo sucederá en el campo de entrenamiento. Estas y otras novedades (uno de los estadios será edificado en medio de una pequeña isla a la que se podrá acceder mediante taxi acuático o en moderno tranvía) se anuncian para la Copa del Mundo de fútbol de 2022 en Qatar.

Los petrodólares han obrado el milagro y han llevado al máximo acontecimiento futbolístico poco menos que al desierto. Veremos un Mundial con aroma a parque temático envuelto en una burbuja de aire acondicionado.

La gran sorpresa estalló cuando los miembros del comité ejecutivo de la Fifa eligieron a Qatar como sede del Mundial de 2022 tras superar en diferentes votaciones a países del rango de Estados Unidos, Australia, Japón y Corea.

El proyecto qatarí era muy representativo de los lujos y excesos que suelen rodear las actividades de los jeques que se bañan en petrodólares. Más parecía un capricho que una candidatura. Pues bien: el jeque Hamad Bin Califa Al Tani se va a poder dar el gustazo.

Afirmar que Qatar será el anfitrión más exótico de un Mundial de fútbol es lo más suave que se ha escrito en las últimas semanas. Un editorial de la prensa alemana hizo un juego de palabras y tituló la designación como “Qatarstrofe para el fútbol”, mientras que un periódico sueco se preguntaba: “¿Qué tienen en común Rusia (ganadora del Mundial 2018) y Qatar? Petróleo y corrupción”. El Mundial de 2022 se celebrará en un país tan pequeño que ni siquiera sus habitantes podrían llenar los estadios que se van a construir para el evento y tan caluroso en verano que los jugadores tendrían que soportar temperaturas superiores a los 40 grados en la fecha prevista para el campeonato.

Sin embargo, ninguna de estas y otras dificultades previstas ha sido un obstáculo para que Qatar saliera elegido por una amplia mayoría. No se puede olvidar que la elección se celebró en un ambiente previo de sospechas de corrupción por compra de votos. En tiempo de crisis, la solvencia de los petrodólares ha supuesto una ventaja imbatible.

A estas alturas no resulta una sorpresa que un organismo opaco como la Fifa reparta prebendas sin entrar en valoraciones políticas. Qatar no es precisamente un país que cumpla los estándares democráticos, aunque no sea el más duro de Oriente Medio y se considere un destino seguro y tranquilo, sin fricciones políticas o religiosas. Que cientos de miles de trabajadores inmigrantes vivan en condiciones de semiesclavitud, que haya restricciones en el consumo de bebidas alcohólicas, que estén perseguidos los homosexuales, que los aficionados puedan sufrir ciertas incomodidades según como vistan o se comporten, debe considerarse una insignificancia según la escala de valores de la Fifa.

El informe de evaluación de todas las candidaturas aspirantes para organizar los Mundiales de 2018 y 2022 era concluyente: Qatar era la que tenía peor valoración atendiendo a un análisis de riesgos. En 17 apartados examinados, Qatar tenía la calificación de alto riesgo en dos y de riesgo medio en otros ocho, por lo que no figuraba ni de lejos entre los favoritos.

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Pero no sólo ganó, sino que fue decisiva para la designación de Rusia para 2018. Horas después de las votaciones, entre la alegría de unos y la decepción de la mayoría, se fueron aclarando algunos detalles del proceso. Y ahí fue donde Qatar demostró que no era la cenicienta del grupo de aspirantes por mucho que su tradición futbolística sea insignificante y su proyecto resultara “exótico”. Independientemente de informaciones difundidas por la prensa británica, que situaban a Qatar en el centro de las sospechas por compra de votos, su peculiar forma de hacer diplomacia parecía haber tenido excelentes resultados.

Qatar se ha prodigado durante los últimos años en repartir generosos fondos para actividades deportivas en terceros países, lo cual le ha permitido ir ganando influencia en algunas instituciones deportivas de carácter internacional.

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Su diplomacia estaba muy segura de sus posibilidades antes de la votación. Qatar, en negociaciones previas con otras candidaturas, hizo saber que tenía garantizados los votos de los representantes africanos y asiáticos. España, por ejemplo, estaba convencida de tener el apoyo de los delegados de Latinoamérica y algunos europeos. Cuando España quiso cambiar cromos con Qatar (yo te apoyo si tú me das tus votos en mi elección), se encontró con que ya había negociado con Rusia y eso significó que, en la segunda vuelta, Rusia obtuviera 13 votos por 7 de España y Portugal. Así que los votos de Qatar terminaron decidiendo las dos elecciones.

Para que no existan dudas sobre cómo actúan los ejecutivos de la Fifa, la candidatura de Inglaterra (la mejor, según el informe de evaluación) cayó en la primera vuelta al obtener solamente dos votos. Quedó manifiestamente claro que aquello fue venganza por las publicaciones de la prensa británica.

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Resueltas las peculiaridades de la designación, la atención se centró en los detalles de la candidatura de Qatar. Y ese punto no deja indiferente a nadie, porque todo parece envuelto en un halo de lujo y despilfarro. Todos los estadios (hasta 12) estarán situados en un entorno de 60 kilómetros, de tal manera que un mismo aficionado podrá presenciar varios partidos el mismo día apenas utilizando un taxi para desplazarse. Lo curioso es que 9 de los 12 estadios no sólo serán nuevos, sino que además serán desmontables. Una vez terminado el campeonato, Qatar ofrece trasladarlos a otros países con mayores necesidades. Para evitar más críticas, la candidatura ha explicado que todo el sistema diseñado para enfriar estadios e instalaciones tomará la energía de una red de placas solares que garantiza el entorno ecológico.

La escasa tradición deportiva de Qatar tampoco va a resultar un obstáculo. Si nadie es capaz de recordar el nombre de algún futbolista qatarí o algún éxito de cierto calibre de su selección, el gobierno se va a encargar de que el mercado relacione cada vez más el fútbol con Qatar, que necesitaba del poderoso influjo del fútbol para hacerse visible en el mapa internacional y lo está consiguiendo. Lo que no ha quedado claro, una vez más, es cuál es el verdadero juego que practican la Fifa y sus dirigentes.

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