Cuando Alphonso Davies corre por la banda izquierda con la camiseta de Canadá condensa en un solo gesto la historia del siglo XX. Nació en un campo de refugiados en Ghana, hijo de una familia liberiana desplazada por la guerra civil. Emigró a Edmonton a los cinco años. Hoy es uno de los mejores laterales izquierdos del mundo y el rostro de una selección, en la que el 60 % de sus jugadores probables provienen de familias migrantes.
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Ese caso no es la excepción: es la regla amplificada. El Mundial de Norteamérica reunirá a 48 selecciones, que son también el inventario más completo de las migraciones contemporáneas. Aproximadamente 449 de los 1.200 futbolistas que participarán pertenecen a familias migrantes de primera o segunda generación. Uno de cada tres. El continente de origen más frecuente es África: el 55 % de los casos tienen algún vínculo africano, tanto el Magreb como el África Subsahariana. Es el resultado de los flujos poscoloniales que conectaron, desde los años sesenta, las periferias de París, Bruselas y Ámsterdam con sus excolonias. Y para entenderlo hace falta retroceder hasta noviembre de 1884.
Berlín, el origen
Entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 las potencias europeas se reunieron en Berlín para repartirse África. La Conferencia convocada por el canciller Otto von Bismarck, a la que asistieron 14 naciones, trazó fronteras sobre un mapa sin consultar a un solo africano. Bélgica se quedó con el Congo, Francia con el Magreb y el África Occidental, Gran Bretaña con Nigeria y Ghana, y Portugal con Angola y Mozambique.
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Esas líneas trazadas con regla en Berlín determinaron, un siglo después, qué jugadores llevarían qué camiseta en un Mundial de Fútbol. El colonialismo produjo migraciones administradas; la descolonización, entre los años cincuenta y setenta, generó flujos laborales masivos hacia las antiguas metrópolis. Esas migraciones produjeron, en la segunda generación, futbolistas criados en los suburbios de París y Bruselas con dos idiomas y dos selecciones posibles. El 37 % de composición migratoria del Mundial 2026 es, en buena medida, el rendimiento deportivo de la Conferencia de Berlín. Francia, primera en el ranquin, con el 76 %, fue una de las mayores potencias coloniales de África. Bélgica, segunda con el 68 %, administró el Congo. Países Bajos, cuarto con el 60 %, colonizó Surinam.
Los tipos de migración
No toda trayectoria migratoria es igual, y este análisis distingue cinco tipos. El Tipo A corresponde al jugador nacido fuera del país al que representa: Hakimi, nacido en Madrid, juega para Marruecos, y Camavinga, nacido en Angola, para Francia. El Tipo B agrupa a quienes tienen un progenitor migrante: el padre de Leroy Sané es senegalés; el de Bukayo Saka, nigeriano. El Tipo C (el más frecuente en las selecciones más diversas) se aplica cuando ambos progenitores son migrantes, como en Mbappé, hijo de camerunés y argelina. El Tipo D refiere a una ascendencia migrante documentada, aunque no sea de primer grado. El Tipo E es el caso probable, pero no verificable: se registra sin entrar al cómputo central.
La distinción importa: un jugador Tipo A puede ser un refugiado de guerra (como Davies) o el hijo de un ejecutivo. Un Tipo C puede venir de los suburbios más precarios de Europa o de un barrio de clase media. La estadística los agrupa, la historia los distingue.
Europa, el espejo roto
Las selecciones europeas occidentales concentran los porcentajes más altos del torneo, pero con una dispersión interna enorme. Francia lidera con el 76 %: de sus 25 jugadores probables, 19 tienen padre, madre o ellos mismos nacidos fuera del país galo. Bélgica (68 %) y Suiza (68 %) completan el podio europeo. Países Bajos (60 %), Austria (56 %) y Alemania (52 %) siguen la tendencia.
En el extremo opuesto, Polonia (12 %), Croacia (16 %) y España (16 %) presentan una composición más próxima a la nativa. España es un caso llamativo: con apenas cuatro jugadores clasificables como familia migrante, su selección contrasta con la imagen de país receptor. Los casos de Lamine Yamal (padre marroquí, madre ecuatoguineana, nacido en Esplugues de Llobregat) y Nico Williams (padres ghaneses) son los más documentados. Cabe señalar que el hermano de Nico, Iñaki, eligió representar a Ghana; los dos hermanos, con idéntica historia familiar, jugarán el Mundial vistiendo camisetas diferentes.
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La diferencia entre Francia y Polonia es de 64 puntos porcentuales. Eso hace imposible hablar de las selecciones europeas como categoría homogénea. Europa es, en este campo como en tantos otros, varios mundos superpuestos.
África y la diáspora
Las selecciones africanas revelan el fenómeno más paradójico del torneo. Marruecos tiene el 60 % de su plantilla probable con jugadores nacidos en Europa, principalmente en Francia, España y Países Bajos, que eligieron representar al país de sus padres. Achraf Hakimi nació en Madrid, Hakim Ziyech, en Dronten, y Sofyan Amrabat, en Huizen.
Estos jugadores pudieron elegir y su determinación fue Marruecos. Ese acto es, a la vez, biográfico, político y cultural. Y se repite, con variaciones, en Malí (52 %), Guinea (48 %), RD Congo (56 %) y Camerún (48 %). La migración poscolonial africana hacia Europa produjo, sin proponérselo, una segunda generación de futbolistas que se distribuye entre dos selecciones, dos banderas, dos himnos.
El fútbol es el único escenario donde esa duplicidad se vuelve visible cada cuatro años. Un seleccionador convoca, un jugador decide. En esa decisión (Marruecos o Francia, Guinea o España, Malí o Bélgica) se condensa más historia que en la mayoría de los debates políticos sobre identidad nacional.
El caso colombiano
Colombia clasificó al Mundial 2026 con una de las composiciones migratorias más bajas de la Conmebol: aproximadamente el 20 % de su plantilla probable tiene algún vínculo migratorio documentable, y la mayoría de esos casos caen en la categoría E.
Esto no significa que Colombia carezca de historia migratoria. La comunidad árabe, sirio-libanesa en su mayoría, llegó al país a finales del siglo XIX, y hoy es de cuarta o quinta generación: no califica bajo el criterio de primera y segunda generaciones que rige este análisis. Lo mismo ocurre con las comunidades de origen alemán, italiano y español asentadas en el país a lo largo del siglo XX.
La composición de la selección colombiana refleja principalmente la diversidad étnica interna: afrocolombianos del Pacífico y mestizos del Caribe. Luis Díaz, de La Guajira, y Jhon Córdoba, de Chocó, representan esa riqueza doméstica que no es migración internacional. El caso de nuestro país ilustra el límite preciso de la categoría: no toda diversidad es migración, y no toda migración deja rastro en la generación que juega hoy.
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América, heterogénea
Canadá (60 %) marca el techo de la Concacaf. Estados Unidos (52 %) refleja su condición de nación de inmigrantes: Timothy Weah es hijo de George Weah, el expresidente de Liberia; Yunus Musah nació en Nueva York, de padre ghanés; Sergino Dest tiene padre surinamés-neerlandés. México (20 %) presenta el caso inverso: jugadores nacidos en Estados Unidos de familias mexicanas que eligieron el Tri, una diáspora de retorno simbólico que invierte el patrón.
América del Sur registra la menor composición migratoria del torneo. Argentina y Brasil son países fundados sobre migraciones masivas (italianos, españoles, sirios y japoneses), pero esas trayectorias son de tercera o cuarta generación: Messi tiene bisabuelo catalán y Di María, abuelo portugués. No califican bajo el criterio adoptado. El resultado (Argentina 28 %, Brasil 16 %) no significa homogeneidad, pero sí significa que esa diversidad es más antigua y, por tanto, invisible a la metodología propuesta.
La excepción australiana
Las selecciones asiáticas presentan los porcentajes más bajos del torneo: Japón (4 %), Corea del Sur (8 %) y Arabia Saudita (8 %). La excepción es Australia (44 %): como nación de inmigración activa, su selección refleja la diversidad de Melbourne y Sídney, con jugadores de origen balcánico, italiano, africano y trinitense. La baja representación del resto de Asia refleja sistemas de ciudadanía más restrictivos y menores tasas de naturalización.
¿Australia en Asia? Sí, Australia solicitó en 2001 su traslado de la OFC a la AFC debido al bajo nivel competitivo en Oceanía, la ausencia de cupos directos al Mundial y la necesidad de enfrentar rivales más exigentes para fortalecer su desarrollo futbolístico. La FIFA aprobó el cambio en 2005 y Australia comenzó a competir en Asia en 2006, buscando un entorno deportivo más estable y acorde con sus objetivos de alto rendimiento.
Jaime Silva
Lo que dice el fútbol cuando no dice nada
Hay una pregunta que este análisis no puede responder, aunque la sugiere: ¿qué significa ser de un país cuando el fútbol vuelve tan visible la multiplicidad de pertenencias? Mbappé, hijo de camerunés y argelina, representa a Francia. Hakimi, nacido en Madrid de padres marroquíes, representa a Marruecos. Ambos son de aquí y de allá, y el fútbol les ofreció la elegibilidad de la FIFA para resolver ese dilema de una manera que pocas instituciones contemplan.
Según los Estatutos de la FIFA, la elegibilidad de un futbolista para representar a una selección nacional depende de poseer la nacionalidad permanente del país y cumplir al menos uno de los criterios establecidos: haber nacido en el territorio, tener un padre o abuelo nacido allí, o haber residido un período mínimo continuo en ese país. Una vez que un jugador participa en un partido oficial de categoría absoluta, queda vinculado de forma definitiva a esa federación, salvo las excepciones contempladas para cambios de asociación bajo condiciones estrictas.
Jaime Silva
La pregunta pertinente no es si estos jugadores son auténticamente franceses o marroquíes. Esa pregunta asume que la autenticidad nacional es una esencia fija, cuando en realidad es una construcción histórica permanentemente renegociada. Los países que han recibido más inmigración tienen las selecciones más diversas, y esas selecciones ganan (Francia 1998, Francia 2018, Marruecos en semifinales 2022) con una regularidad que desafía cualquier lectura nativista del talento.
El Mundial 2026 reunirá a 48 selecciones, cuya composición refleja los grandes movimientos de personas del siglo XX. Habrá jugadores nacidos en campos de refugiados, hijos de migrantes que cruzaron el Mediterráneo y nietos de colonizados que representan al país de sus abuelos. Irán a verlos millones de personas que creerán que van a ver fútbol y, sin saberlo, verán también la historia del mundo que les tocó vivir.
Nota metodológica: este análisis clasifica como jugador de familia migrante a quien nació fuera del país que representa (Tipo A), tiene al menos un progenitor nacido fuera (Tipos B y C), posee ascendencia migrante inmediata documentada (Tipo D) o constituye un caso probable no plenamente verificable (Tipo E). No se incluyen ascendencias de tercera generación o más sin documentación específica, ni doble nacionalidad sin evidencia de trayectoria familiar. Las nóminas son estimaciones prospectivas; las definitivas se conocerán en junio de 2026. Margen de error: ±5–10 puntos porcentuales según cobertura del país.
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