Hacía unos pocos minutos el atleta chino Qi Shun lo había sobrepasado en la dura prueba, que ya completaba más de dos horas. Por primera vez en su vida el deportista se sometía a la competencia que, por tradición, mide la tenacidad y el aguante de los corredores. Jamás, en los muchos entrenamientos que juiciosamente realizó para participar en el significativo evento, se había ejercitado durante tanto tiempo. Alguna vez, claro, corrió 30 ó 35 kilómetros. Nunca, en todo caso, con el apremio de ahora. Después de todo, en aquella meta –cercana, por fin cercana– reposaban todos sus sueños.
En eso, precisamente, intentó concentrarse para olvidar que estaba cansado, que se sentía desfallecer. Recordó lo que su entrenador y amigo, Libardo Hoyos, le había repetido una y otra vez: “Mantenga el ritmo, no se apresure que después se cansa”. Así, hasta que faltaron dos kilómetros. Luego, imaginó su casa, la casa propia, de muchos pisos, que siempre quiso regalarle a Libia, su madre, y a Nelson, su hermano. Un kilómetro. Después, y por pocos segundos, pensó en la vereda La Magdalena, en el municipio de Urrao, suroeste antioqueño, de donde hace 11 años salieron él y su familia despavoridos, huyéndole a la violencia. En seguida, supo que era medallista olímpico.
Toda Colombia observó horas después por la televisión al campeón, al humilde muchacho paisa desconocido hasta el momento, cuyos ojos no pueden ver más allá de unos pocos metros, llorar de emoción por la hazaña que acababa de realizar: una medalla de plata en los Juegos, para deportistas discapacitados, más importantes del mundo.
Como es apenas natural, los medios nos contaron su historia de vida casi en seguida. La historia de otra víctima de la guerra colombiana a quien el desplazamiento arrancó de su terruño y dejó sin oportunidades de progreso. El relato del ser al que, además, le tocó padecer una rara enfermedad neurológica que de a poquitos fue acabando con su visión. Como si la carga fuera muy liviana.
Pobreza y enfermedad. La combinación que pareciera condenarlo a uno al fracaso perenne y que, no obstante, Elkin Serna se empeñó en superar. Siempre con una sonrisa en los labios.
Porque, y esto nadie nos lo contó, este ejemplar atleta cuenta con una fe en la vida que cualquiera envidiaría. Es alegre, siempre ha sido alegre, aun en la época en la que tuvo que echarse al hombro todos los gastos del hogar. Pintar cueros de chivo para conseguir el sustento. Ser el hombre de la casa, como lo cuenta su mánager y amigo desde hace 10 años, el médico Carlos Andrés Mejía, quien asegura que Elkin posee “unas condiciones increíbles”, que van más allá de su capacidad física.
Es inteligente y piensa como ganador. Así lo prueba que, sin mayores temores, siendo casi ciego, se entrenó, persistió y tocó la puerta hasta que entró. Luchó. También se enfrentó a los deportistas de Túnez, Kenia, Brasil y Japón que, tradicionalmente, han dominado en todas las pruebas de atletismo. Y con cero miramientos.
Ahora se prepara para ser embajador de buena voluntad de Acnur para los desplazados, y para recibir, el próximo 6 de diciembre, una mención de honor en los premios Fox Sports al deporte. Pronto comprará la anhelada casa de muchos pisos. Parece que, ciertamente, en aquella meta, en Pekín, reposaban muchos de sus sueños.
Así fue el gran día de la medalla en Pekín
“El gran día, 17 de septiembre, nos levantaron a las 5 y media de la mañana. La carrera comenzaba a las 7. Salimos a comer algo suave, cereal y fruta, mi entrenador, Libardo Hoyos, la muchacha encargada de hablar con el jefe de la misión colombiana, unos periodistas del programa de Pirry y yo. Pekín estaba nublado y parecía que fuera a llover. Después, llegamos a la plaza Tiananmen.
Mientras calentaba, me propuse quedar por lo menos entre los ocho primeros. Cuando autorizaron la salida, dejé que muchos me pasaran y lo manejé desde atrás, intentando cansarme lo menos posible. Ya como en el kilómetro 20 me alcancé a un grupo. Ahí me di cuenta de que tenía fortaleza para resistir la prueba. Así fue. Resistí y quedé segundo. Fueron dos horas, 31 minutos y 16 segundos. Al primero que abracé fue a mi entrenador. Al rato, llamó el presidente Uribe a felicitarme. Ese día lloré mucho. Lo bueno es que fue de felicidad”.