Cuando la selección de Argentina llegó a estas tierras, aquel lejano 27 de mayo, el primer objetivo que se propuso, al margen del prioritario, que es ganar la Copa del Mundo, fue preservar su intimidad. Por eso el High Perfomance Centre de la Universidad de Pretoria se tapizó con lonas verdes. Daniel Passarella, en Francia 98, ya había apelado a este sistema para evitar que los periodistas espiaran las prácticas en el complejo de L’Étrat. Se dispuso una decena de agentes de seguridad en cada uno de los accesos al predio —son siete— y se acondicionó, de manera especial, una de las canchas desde las cuales es imposible observar los movimientos de Messi, Higuaín y compañía, a no ser que se apele a un helicóptero.
Pero, lógicamente, no hay nada imposible para los enviados especiales de los distintos medios internacionales. Tampoco para El Espectador. Y por una hendija pudimos ingresar a ese mundo tan privado que es el de la selección de Argentina, en la previa, uno de los candidatos a ganar el Mundial, concepto reforzado por sus triunfos ante Nigeria y Corea del Sur, en el grupo B. Ahí, entre esas cuatro paredes en las que se entrenan y descansan varias de las principales estrellas del fútbol europeo. Donde comparten, se ríen y sueñan, por ejemplo, el crack del Barcelona, Lionel Messi, y el artillero del Real Madrid, Gonzalo Higuaín.
“Lo importante es el grupo. El equipo se va a encontrar con el correr de los partidos. Si hay confianza en el compañero y una buena convivencia, los triunfos llegan solos”, asegura Juan Sebastián Verón, el líder del equipo, el técnico dentro del campo de juego. A los 35 años, La Brujita, que había sido marginado del Mundial de Alemania, recibió una reivindicación de parte de Diego. Y si no es el capitán, simplemente se debe a que Javier Mascherano luce el brazalete desde que Maradona tomó el equipo, allá por noviembre de 2008. El concepto del mediocampista de Estudiantes es simple, es claro: primero, hay que construir el grupo, luego, el fútbol. Ya lo dijo Diego Maradona: “Es muy difícil que 23 jugadores sean amigos. Porque siempre tenemos algo para decirnos. Y si nos decimos las cosas entre cuatro paredes, como en el 86, todo será más fácil. El grupo va a saber entender que necesitamos que ellos hablen, que sean unidos. Es un mes en el que hay que dejar la vida. No hay que pensar en otra cosa que no sea la camiseta”.
Y eso se propuso Diego, que parece un futbolista más. Porque a pesar de su nueva función no deja de estar encima de los futbolistas con su táctica motivadora. Entonces, distribuyó las habitaciones de tal manera que todos se sintieran contenidos. A Messi, la máxima figura, lo juntó con Verón. El entrenador lo quiere encima de la estrella del Barcelona. Para que lo aconseje, para que le quite la presión… Y, por lo visto hasta ahora, la química está funcionando sin fisuras en el cuarto número “10”.
Como si fueran piezas de ajedrez, el técnico las movió con toda intencionalidad: Martín Palermo con Clemente Rodríguez, ex compañeros de Boca; Maxi Rodríguez con Sergio Agüero, quienes jugaron juntos en Atlético de Madrid hasta que La Fiera fue transferido al Liverpool inglés; los ‘italianos’, Nicolás Burdisso y Walter Samuel; los caciques, Gabriel Heinze y Mascherano; los ex Huracán, Mario Bolatti y Javier Pastore; los arqueros, Sergio Romero y Mariano Andújar; los exponentes de Colón de Santa Fe, Diego Pozo y Ariel Garcé; los pelilargos, Martín Demichelis y Jonás Gutiérrez; los goleadores Higuaín y Diego Milito; los calladitos, Ángel Di María y Nicolás Otamendi. ¿Y Carlitos Tévez? Su habitación es exclusiva, porque “me gusta andar desnudo”, dice entre risas. Eso sí, no tiene dos baños como la de Maradona, pero todas fueron empapeladas con leyendas que apuntan al corazón, a la fibra, al anhelo de ser campeones. “Sueña que puedes y podrás”, rezan los carteles colgados de las cabeceras de las camas.
Los jugadores comen gracias a las manos de dos cocineros especialmente enviados por la AFA. Hasta los mozos que sirven los platos son argentinos. Todo, claro, por un tema de comunicación, al margen de que los empleados de la Universidad de Pretoria recibieron clases de español para poder entender las órdenes de los integrantes de la delegación.
En los ratos libres, el campeón del ping-pong es Romero. En el truco, el juego de barajas españolas por excelencia entre los argentinos, domina Maradona, en dupla con su primer colaborador, Alejandro Mancuso. Hubo una final muy reñida en la que le ganaron al binomio Heinze-Demichelis. Así pasan el tiempo estos cracks de la pelota, mientras sueñan con volver a ser campeones, como en el 86, tal cual canta su afición.