La exitosa carrera del marchista Jefferson Pérez está colmada de momentos históricos, pero uno en especial permanece imborrable en su mente: cuando el 26 de julio de 1996, durante los Juegos de Atlanta logró la única medalla olímpica que ostenta el deporte ecuatoriano en sus vitrinas, al imponerse en la prueba de los 20 kilómetros.
“Fue la experiencia más maravillosa que me tocó vivir como deportista. Estar en lo más alto del podio para escuchar el himno de Ecuador y ver flamear la bandera es un sentimiento de extraordinaria paz interior, como si el mundo se detuviera para honrar a tu patria”, dice Pérez.
El recuerdo de semejante hazaña provoca una inevitable emoción en este hombre que a los 34 años disfruta de un reconocimiento unánime no sólo en su país, donde ya es una leyenda, sino también en el resto del mundo, donde muchos expertos lo consideran como el atleta latinoamericano que más opciones tiene de conseguir la medalla de oro en las pruebas de atletismo de Beijing.
Después de consagrarse por tercera vez campeón mundial de marcha hace un año en Osaka, los pronósticos parecen convincentes.
“La de 20 kilómetros va a ser una competencia muy fuerte, una verdadera batalla deportiva con 80 participantes de todos los países. Tengo mucha fe, una gran confianza y determinación para luchar hasta el final y entregar hasta mi propia vida para representar dignamente a todos los latinos en China”, anota el deportista ecuatoriano y agrega: “Ganar o no la medalla, es difícil predecirlo”.
La entrevista exclusiva con El Espectador se desarrolla en Italia, donde Jefferson Pérez completa una exigente preparación con miras al gran desafío que enfrenta.
¿Cómo vive los momentos previos a lo que puede ser el cierre de su ciclo deportivo?
No sé si esta va a ser mi última competencia, de lo que sí estoy seguro es de que serán mis últimos Juegos Olímpicos. Han sido 20 años ‘de andar, de andar y caminar’ como dice la canción de Diego Torres. Siento lo mismo que cuando comencé a marchar: ansiedad, nervios y, sobre todo, mucha alegría. Y eso es bueno porque aviva la llama que tengo en el corazón, esa llama que despierta en mí el hambre y la sed de gloria.
¿Por qué decidió realizar el entrenamiento previo a Beijing en Italia?
Por tres factores específicos: aclimatación, concentración y disminuir la diferencia horaria. Bajo estos elementos hemos completado con mi equipo técnico (conformado por el entrenador, el médico y el fisioterapeuta) un trabajo extenuante de 12 horas diarias, combinando la marcha con otras actividades como el ciclismo y la natación.
¿Qué influencia tuvo en su carrera el entrenador colombiano Enrique Peña?
Fue determinante, ya que Enrique, más que entrenarme, me enseñó a disfrutar de la marcha. Con su llegada al equipo conseguí pasar de una preparación empírica a una planificación deportiva, metódica y profesional. Con él aprendí a utilizar todas las herramientas tecnológicas disponibles, sin abandonar mi espíritu luchador. Es un gran amigo que cada vez que tengo alguna duda, siempre está listo para ayudarme.
¿Cómo es la convivencia en una Villa Olímpica? ¿Se logra entablar amistad con atletas de otros países, hay camaradería?
Es un tema supercomplejo y subjetivo, porque cada quién tiene una forma diferente de vivir los juegos olímpicos. En mi caso particular, intento estar concentrado al máximo antes de la competencia: cero distracciones, buena alimentación, excelente descanso y recuperación. Una vez terminada mi actividad, todo se vuelve más relajado y tranquilo, puedo disfrutar con mis compañeros y amigos, pasear y conocer las áreas turísticas del lugar.
¿Le preocupan las condiciones climáticas que presenta la ciudad de Beijing?
Claro que sí, ya que la polución y el calor, junto a la diferencia horaria, serán las principales dificultades de todos los atletas. Se está hablando mucho del tema, pero lo importante es prepararse para superar estos obstáculos que nos pone la naturaleza.
¿Por qué no pudo repetir en Sidney 2000 y en Atenas 2004, el gran éxito que logró en Atlanta 1996?
Lo de Sidney fue algo previsible desde el punto de vista técnico. Seis meses antes de la competencia yo salía del quirófano por una cirugía de uno de los discos de mi columna vertebral. Sin embargo, decidí luchar por mi país, entregué mi mejor esfuerzo, pero sólo alcanzó para lograr el cuarto puesto. Atenas fue algo muy penoso, la tristeza más grande de mi vida, sólo comparable con la muerte de mi padre. Atravesaba mi mejor momento, un año antes había batido el récord del mundo en París y venía de ser campeón del mundo en Alemania. Todo estaba perfecto, sólo hacía falta ir y traer la medalla de Atenas.
¿Y qué pasó ese día?
Es difícil explicar, por qué clasifiqué en el cuarto lugar. Sólo puedo decir que en esa jornada comprendí que Dios es tan grande y bondadoso que decidió darnos una lección de humildad a mí y a todo Ecuador. Nunca es bueno creer que el éxito está asegurado y la experiencia de Atenas me sirvió de lección para darme cuenta de que el deporte no es sólo cuestión de aptitud y medallas sino de actitud y entrega total.
Ahora, cuando muchos lo mencionan como el mejor atleta suramericano del momento, ¿se siente satisfecho con todo lo que ha logrado?
Si mi sacrificio ha hecho que Suramérica me reconozca como el mejor, lo acepto con la mayor modestia y tranquilidad. Siempre pensé que la popularidad, los éxitos y el dinero son efímeros, pero el respeto, la dignidad y el cariño de toda una región son irreemplazables.
¿Vislumbra algún marchista que pueda seguir sus pasos?
Existen varios, pero cada quien debe crear su propia atmósfera y escribir su propia historia. Particularmente me gustan el argentino Juan Manuel Cano, el peruano Pavel Chihuan y mi compatriota Mauricio Arteaga, quienes con el apoyo necesario, estoy seguro de que se convertirán en la gran esperanza latina en los Juegos Olímpicos de Londres 2012.
¿Qué planes tiene para el día en el que decida retirarse de la actividad?
Primero estoy enfocado en cerrar mi etapa deportiva con gloria y valentía. Luego dedicaré mi tiempo completo a la fundación que tenemos junto con mi familia desde hace varios años. Intentamos brindarles a los niños ecuatorianos nutrición, salud y educación, ya que creo firmemente que un país poco educado es presa fácil de los demagogos de turno que intentan apoderarse de las emociones populares.
¿Cuál es el legado que Jefferson Pérez les deja a las futuras generaciones de deportistas?
El único mensaje para nuestros niños y jóvenes es que valoren el esfuerzo, el corazón y el amor por una actividad. Que sepan que un niño que vendía periódicos en las calles de Cuenca, un día decidió cambiar de actitud y demostrarle al mundo que en Latinoamérica también existen triunfadores de la vida.