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Federer reina en el Olimpo

Roger le ganó 6-4, 6-2 y 6-2 a Gasquet y conquistó el único gran título que le faltaba.

23 de noviembre de 2014 - 09:59 p. m.
Así, llorando, el tenista suizo Roger Federer celebró ayer su primer título en la Copa Davis. / AFP
Foto: AFP - DENIS CHARLET
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Abran paso, que ya llega. Roger Federer escala un piso más en el Olimpo del deporte, donde ya sólo puede compararse con los mejores de cualquier disciplina (Michael Jordan, Jack Nicklaus, Michael Phelps…) tras destruir por 6-4, 6-2 y 6-2 a Richard Gasquet y sellar la victoria de su selección en la final de la Copa Davis frente a Francia.

Para celebrar el gran título que le faltaba y derribar la puerta que lo coloca en tan heráldica compañía, el campeón de 17 grandes no utilizó la fuerza, el músculo o la potencia. Al contrario. En un encuentro de la máxima tensión, al que llegó con la espalda dolorida, Federer desplegó lo mejor de su repertorio, que es como decir que Baríshnikov se calzó las zapatillas inspirado o que Paganini tocó el violín intentando impresionar a alguien. El suizo dejó una actuación rebosante de sutileza, muy concreta en los momentos claves y decidida de principio a fin. Gasquet, empequeñecido pese al apoyo de la grada, sólo pudo hacerle una reverencia. Abran paso que llega Federer.

“¡Richard! ¡Richard!”, rugió el público de Lille, que creyó porque quiso, no porque los precedentes lo animaran a tener fe en un tenista de carácter impresionable y pecho frío. “¡Richard! ¡Richard!”, lo animó la grada, hasta que Federer empezó a competir como compiten los grandes las finales. Sin concesiones. Sin fisuras. Sin dudas. En toda la primera manga, Gasquet sólo se apuntó cuatro puntos al resto. El gentío intentó rescatarlo cuando Federer sacó por el primer parcial (“¡A las armas, ciudadanos!”, cantaron en pie 27.448 gargantas, récord en un partido de tenis), pero hace ya tiempo que el suizo sabía que su victoria era el único destino de ese partido.

A los 28 años, el número 26 mundial fue demasiado previsible en su permanente ataque con bola alta sobre el revés de Federer. Como eso permitió a su rival leer la jugada con antelación, empezó a ocurrir lo que hace años se daba por seguro y ahora no es tan frecuente. Federer está siempre en el lugar correcto y en el momento adecuado, sin correr ni despeinarse. Federer empezó a tener tiempo para taparse el revés y golpear con su drive, que es como permitir que Zeus deje de levantar el escudo y empiece a empuñar sus rayos. Federer lo vio todo tan claro, la pista se le hizo tan grande y Gasquet tan pequeño, un niño perdido en un prado, que empezó a lanzar dejadas envenenadas y a jugarse ganadores directamente desde el resto. La bola, como imantada, cayó siempre donde más daño pudo hacerle a Gasquet, que pareció estar deseando irse al vestuario para preguntarle a Jo-Wilfried Tsonga, el titular, si los dolores que dice sentir de verdad eran tan fuertes como para ponerlo a él en una situación tan comprometida.

Y Federer empezó a volar sobre la pista. La luz del astro cegó a Gasquet, que golpeó todas las pelotas a la defensiva, sin posibilidad de elaborar un plan, porque a los 33 años Federer estaba en su salsa. Tiró desde el fondo. Dominó por tierra, mar y aire: Gasquet no tuvo un solo punto de break en todo el duelo, y cada vez que Federer le ofreció un mínimo resquicio, lo desaprovechó.

Cuando el suizo cuelgue la raqueta y se pueda escribir el capítulo final de su leyenda, este título de la Davis merecerá letras doradas. Con cuatro hijos, 33 años y miles de partidos en las piernas, el campeón de 17 grandes fue capaz de transformar un escenario de pesadilla en uno de ensueño. Llegó a Lille sin saber si iba a poder competir, porque la espalda lo había hecho renunciar a la final de la Copa de Maestros. Se enfrentó en esas circunstancias imposibles, y sin entrenamientos, a la adaptación del cemento a la arcilla. Superó un viernes mediocre (derrota con Monfils) para crecer el sábado (victoria en el dobles con Wawrinka, que sostuvo al equipo en los peores momentos) y brillar el domingo levantando una copa que le faltaba. Lloró, como en otras ocasiones, pero sobre todo lo celebró a lo grande. En el Olimpo de los dioses del deporte se reina sonriendo.

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