Qué cosa tan difícil es poder sacarle una sonrisa amplia a Francisco Maturana. Pacho, como le dicen los amigos, y los que lo conocen también, difícilmente rie, esporádicamente se da el lujo de demostrar alegría, casi nunca se le ve visiblemente emocionado.
No se puede decir tampoco que sea una estatua, nada de eso. Simplemente es un hombre excesivamente controlado, tranquilo en extremo, que deja pasar las emociones para no encariñarse con ellas. Eso, claro, es lo que suponemos nosotros y casi todo el mundo.
Pero, así como en todo hay excepciones, el miércoles Pacho se rió un poquito.
No vayan a creer pues que se mató de risa, ni cosa por el estilo. Ah, ah, nada de eso. Simplemente estaba menos serio. Fue como si esa copa que lo hace impermeable a las demostraciones de alegría se le hubiera reblandecido un poquito, para dejarlo gozar, a su manera, con ese título de campeón de Copa Libertadores.
Por lo menos así lo vimos en el hotel Hilton a las 2 de la madrugada del jueves. Como más relajado, menos tenso, inclusive ofreciendo muestras de cariño para su gente y para quienes reiteradamente se acercaban para decirle, una y mil veces, que él era la verraquera.
Caminando hacia su encuentro, por la mente pasaban miles de expresiones y formas para presentarle nuestro respetuoso y muy caluroso saludo. Pensamos en decirle: “Te felicito Pacho”. Pero no, eso era muy obvio. Mejor sería decirle: “quiuvo Pacho, qué más”. Pero eso sonaba peor, un saludo como su no hubiera pasado nada.
Pero mientras intentábamos buscar la mejor expresión, él con su sonrisa, habló primero. Lo vimos emocionado, en sus ojos, casi siempre lejanos, se vio esa chispa de felicidad que ni el más duro de los duros puede esconder.
La Copa había hecho el milagro, logró removerle las fibras más hondas hasta ponerle en evidencia en sitios donde él, antes, jamás dejó ver su interior. “Esperancita, que gusto, tu cara era una de las que quería ver hoy, porque vos has estado con nosotros en todas, buenas y malas”. Vaya saludo. Parálisis total ante tanta euforia junta. Ahí casi se termina una entrevista que ni siquiera había empezado.
Pacho, suena medio boba esta pregunta, pero si se puede contéstemela: ¿Qué pensó cuando se paró ahí en la pista atlética a mirar cómo cobraban los tiros de penal?
No pensé nada. Es difícil en ese momento pensar algo en especial. Tal vez te pasan tantas cosas por la mente que ni sabes. Miraba a los muchachos y confiaba en lo que podían hacer. Nada más.
¿Qué le pareció lo que hizo René?
Para mí fue inmenso, inmenso, increíble. Y vos sabes que yo no lo digo sólo por los penales, lo digo por todo, por su presencia, por esa seguridad, por sus ganas, su tranquilidad. Fue grande, muy grande.
¿Qué fue lo que más le gustó o impresionó del partido?
René, por sobre todo. Él tuvo calma y temple. Sinceramente hubo un momento en que yo sentí pena con él, porque él fue un ejemplo para todos, no perdió la calma nunca, no se entregó, no desmayó y conservó por encima de todo, su personalidad.
¿Qué le dijo usted a sus muchachos cuando terminó el primer tiempo, en qué basó su charla del entretiempo?
Les dije con toda sinceridad, que a mí me daba lástima lo que estaban haciendo, que toda esa gente que había viajado tantos kilómetros para verlos, más todo el país que los estaba viendo por televisión, no se merecían una actuación tan pobre. Estábamos dejando una imagen pálida y eso no era lo que la gente esperaba de nosotros. Que se fijaran en lo que había hecho René, que lo tomaran como ejemplo.
¿En el segundo tiempo se cumplieron las cosas como usted esperaba?
Sí, con el ingreso de Felipe Pérez cambió. Fuimos otra vez ese equipo sólido que enfrentó a Danubio en Medellín, tuvimos reacción, movilidad, se estabilizaron y se ubicaron.
¿Qué sabe en este momento de Tokio?
Nada, no quiero saber nada. Yo tengo por delante muchas otras cosas en qué pensar a partir de ya, tengo que pensar en la Copa América. Tokio es otra etapa que en su tiempo habrá que estudiar. Primero la selección y después Tokio, si estoy vivo.
¿Pacho, está contento, muy contento?
Sí, vos sabes Esperanza que sí. Soy así, no puedo cambiar mi manera de ser. Además, estos son resultados de un momento y al instante hay que comenzar a pensar en lo que viene. Nosotros tenemos por delante una responsabilidad muy grande y no nos deja tiempo para gozar.
*Esta entrevista fue hecha por la periodista de deportes de El Espectador, Esperanza Palacio.