“¿Quién soy?”, se preguntó José Heriberto Izquierdo cuando las lesiones lo obligaron a despedirse del fútbol. “Yo me definía como futbolista, pero cuando eso se acabó tuve que decir: ¿y ahora qué?”, recuerda. Cuatro años antes de tomar esa decisión era figura del Brighton en la Premier League y había sido convocado al Mundial de Rusia 2018, estaba en su cima. Sin embargo, no duró mucho. El físico le cobró factura y cuando le tocó dejar de lado la pelota quedó sin rumbo.
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Tenía apenas 29 cuando, hace casi cuatro años, pisó una cancha por última vez siendo profesional. Su vida dio un cambio radical: de vivir en la burbuja del futbolista de élite, en concentraciones, viajes y con hinchas coreando su nombre, pasó a quedar en el aire.
Nacido en la capital de Risaralda, Izquierdo empezó su carrera en Deportivo Pereira, cuando el fútbol se le presentó como una mezcla de dudas y aprendizaje. Comenzó como delantero centro, pero Octavio Zambrano le vio más condiciones como extremo por la banda que lleva su apellido.
Siempre hubo desafíos. “Me iba a retirar a los 20 años, me iba a dedicar a estudiar Administración de Empresas, porque me sentía frustrado”. Justo antes de tomar la decisión apareció Once Caldas. Su llegada a Manizales en 2013 marcó su proyección.
El salto a Europa llegó en 2014, con el Brujas de Bélgica. En tierras flamencas encontró estabilidad, títulos y el cariño de la hinchada. Su siguiente paso fue Inglaterra, a Brighton & Hove Albion. Lo definió como una manifestación, pues recordó que vio un partido de las “gaviotas” por televisión y pensó que le gustaría estar allí.
La consagración llegó en 2018: su nombre apareció en la lista de convocados al Mundial de Rusia. La noticia fue una mezcla de euforia y miedo: “Cuando vi mi nombre lo viví como una locura. Al principio lo vi como algo irreal, después con un miedo el berraco a defraudar. Yo estoy seguro de que la lesión apareció por eso”. Fue titular en el debut contra Japón, pero es un recuerdo agridulce, pues desde ese día nada volvió a ser igual. Sintió un fuerte dolor en las rodillas que llegó para quedarse. Regresó a las canchas tras meses por fuera, pero el dolor no se iba y tuvo que pasar por el quirófano. Fue y volvió varias veces.
El derrumbe interior
Así como se convenció de que si se esforzaba y daba una milla extra podría lograr grandes cosas, también hubo un momento en el que debía aceptar que las rodillas no le iban a permitir ser lo que era. El cuerpo dijo que no y la mente, a pesar de todos los intentos, tuvo que aprender a escucharlo. El retiro llegó en julio de 2022. Izquierdo pasó de vivir en el bullicio de la vida del futbolista de élite a enfrentarse con un silencio incómodo: “Estaba desconectado porque no entendía nada de lo que estaba pasando y perdí el sentido de la vida”.
Al principio le costaba aceptar su vulnerabilidad. Un amigo lo escuchó y le dijo, con sorpresa: “¿Cómo así, manito? Tenés dinero, fama, reconocimiento, todo. No tenés que preocuparte”. Pero, José insistía: nada de eso le daba sentido. Ese mismo amigo le sugirió ir a terapia. Allí empezó otro partido, más complejo que los que jugaba en la cancha: el de mirarse hacia adentro. “¿Por qué pienso lo que pienso? ¿Por qué me emociona lo que me emociona? ¿Por qué me pasan las cosas que me pasan?”. Con esas preguntas, se lanzó a entender quién era José Izquierdo, sin el uniforme, afuera de la cancha.
El concepto clave que apareció entonces en su vida fue la resignificación. Volvió a los escenarios de su carrera, como el estadio del Brujas —donde volvieron a corear su nombre—, y en lugar de sentir nostalgia eligió agradecer. “Puede que ya no suene como antes, pero me gané el cariño de la gente. Mis acciones llevaron a eso y quedó una parte de José Izquierdo en cada uno”, dice hoy, al mirar hacia atrás. Aprendió que así como había que esforzarse para llegar, también había que agradecer porque en algún momento ocurrió.
El aprendizaje no es nuevo en su vida. Desde joven había trabajado su mentalidad con visualizaciones y mensajes de refuerzo positivo. Su cuarto estaba lleno de papeles en las paredes con frases como “yo puedo”, “es posible” o “lo lograré”. Se repetía las palabras “gol” y “asistencia” antes de los partidos. “Había goles que yo ni siquiera sabía cómo los hacía, era muy extraño, pero era porque me sentía muy convencido”.
Hoy esa misma lógica de creencias la aplica para construir una nueva vida. “Pensé que mi exterior de una u otra forma era responsable de todo lo que me sucedía. Ahorita ya entiendo que soy yo. He resignificado todo aquello que va en coherencia con lo que quiero para mi vida”.
Nuevos escenarios
Después del retiro, Izquierdo decidió compartir su experiencia. Lanzó Hablemoz, un pódcast en el que conversa con las personas que lo han acompañado en su redescubrimiento. “Lo comencé sin tener idea. Simplemente, empecé a entrevistar a todas las personas que me habían ayudado en ese proceso de año y medio”.
Además, inició un programa de mentorías en Pereira, dirigido a jóvenes futbolistas. Allí busca transmitir lo que a él le habría gustado escuchar de adolescente: que no todo se reduce a entrenar, que la cabeza, la alimentación y los imaginarios juegan un papel tan importante como la técnica.
“Se empieza por medio de su mentalidad, entender qué creencias tienen. Después empezamos a mirar cómo está su alimentación, la familia, las finanzas. Todo va en línea, va uno modificando y resignificando creencias”.
El exfutbolista que alguna vez temió no ser suficiente en el Pereira, que soñó con Europa y se sintió realizado al ver su nombre en la lista de un Mundial, hoy se reconoce distinto. No se define ya como un deportista, sino como una persona consciente de las diferentes situaciones que hacen parte de su día a día.
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