A Alfonso Sosa, que es el amigo más cercano del profe Luis Fernando Montoya, y que fue el psicólogo del Once Caldas campeón de la Copa Libertadores en 2004, le gusta contar una anécdota. Es breve, y de hace ya unos años, de cuando Hernán Darío Herrera, hoy entrenador del blanco blanco, dirigía a Atlético Nacional y él lo acompañaba en el cuerpo técnico. Una tarde, en el palco del estadio Atanasio Girardot, mientras veía un clásico paisa, Francisco Maturana, que estaba a su lado, empezó a reírse ante la imposibilidad del verdolaga de vulnerar la defensa poderosa.
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“Ve, Alfonso, mirá a ese equipo. Parece un equipo de Luis Fernando Montoya”, le dijo. “¿Cómo así, ‘Pacho’?”, le respondió Sosa. “Y sí, por cómo se para. Todo ordenado y duro; es un equipo terco”.
El psicólogo se ríe al contarlo. Se alegra: “¿Cuántos años han pasado, cuánto fútbol hemos visto? Y todavía recuerdan cómo jugaba ese Once Caldas”.
Montoya también lo recuerda. ¡Y sí que lo recuerda! “Ese era un equipo de peones, no había ni un solo rey. Todos eran laboriosos, todos estaban convencidos de la idea. Once Caldas se encontró con esa Copa y supo aprovechar su momento, porque tuvo un grupo muy comprometido. Cuando usted tiene las herramientas, adelante. A mí me gusta el fútbol bien jugado. Pero, ¿y cuándo no? Usted no puede pelear. ¿Usted cree que Once Caldas era el mejor equipo de Colombia? ¿Cree que éramos el mejor de Suramérica? Nos superaban Santos, Barcelona de Ecuador, São Paulo, Boca Juniors. Pero, ¿qué tuvieron los muchachos? ¡Compromiso!”, así se lo contó a El Espectador hace unos años, recordando la gesta de ese Caldas de 2004, el segundo equipo colombiano que ha logrado alzar el trofeo más preciado del continente.
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Ya pasaron 21 años, y otra vez en Manizales, por fin, tienen la ilusión prendida. Hoy tienen un pie adentro de las semifinales de la Copa Sudamericana, que podrían alcanzar si esta noche logran mantener el 2-0 que consiguieron en Ecuador por la ida de los cuartos de final contra Independiente del Valle. El sueño lo impulsa un nuevo grupo de peones, tercos como el anterior, que tienen una coincidencia que a esta altura ha sido obviada por muchos. Dayro Moreno, el líder cuarentón de la actual cruzada, es el único sobreviviente de aquel equipo de 2004. Dos décadas después, el histórico goleador, que para ese entonces era una perla en bruto, vive su mejor momento, marinado por los años, con el cúmulo de la experiencia y un olfato que parece más afinado ahora que en aquella Copa, cuando apenas superaba la mayoría de edad.
Los números del artillero son descomunales. 372 goles ha hecho hasta ahora a lo largo de su carrera, el máximo registro anotador de la historia del fútbol colombiano. Una marca que toca actualizar cada semana, pues el ritmo del 17 no le baja al paso. Moreno, no por nada, acaba de aterrizar de la convocatoria de la selección de Colombia que logró el cupo al Mundial de 2026.
A esta altura todo parece un guion, una historia que cuadra siempre. La semana pasada, por ejemplo, justo un día después de cumplir sus 40 años, el tolimense le empacó a Independiente del Valle los dos goles con los que el Once forjó la ventaja que lo tiene soñando con las semifinales. Fueron dos tantos de categoría, definiciones de jerarquía del actual goleador de la Copa Sudamericana con 10 tantos. En 2011, el chileno Eduardo Vargas dejó en 11 la marca de goles convertidos en una misma edición de este torneo, récord que Dayro Moreno podría romper esta noche en Palogrande.
Si hay un jugador que refleje el espíritu de Once Caldas, ese es su goleador, el peón más terco del tablero. Tanto, que en Manizales se volvió rey e ídolo máximo del blanco blanco.
En los últimos tiempos, después de una carrera que siempre fue tan desordenada como fructifica de cara al arco, se ha hecho mucho énfasis en la vida extradeportiva del goleador. Su extravagancia, su pasión por la fiesta y por el traguito, al que él mismo reconoció como su secreto, su vitamina. Sin embargo, se menciona menos su capacidad física, la casi nula propensión que tiene a las lesiones y su eterna vigencia. Tampoco se analiza mucho su papel en relación con el grupo, el juego que genera pivotando la pelota, trazando diagonales y siendo una amenaza constante.
Así lo rescató “el Arriero” Herrera después del triunfo en Ecuador: “Este es un equipo, no es solo Dayro Moreno. Es un grupo muy unido, en la parte individual y en la parte grupal. Sabe lo que hace y no le da temor jugar en estadios llenos, sabe lo que es jugar en canchas internacionales y en el Palogrande”.
Ese es el espíritu que guía a Once Caldas, la comunión alrededor de una idea, el mismo combustible que los llevó a hacer el milagro hace 21 años contra el Boca Juniors de Carlos Bianchi. En ese entonces también estaba Dayro. Era un peón más, pero resultó ser el más terco de todos. Hoy sigue ahí, haciendo soñar a todo Manizales.