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El fútbol como discurso patrio

“Ganar sin ganar: nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia”, de Andrés Dávila, expone algunos conceptos que demuestran que desde el deporte se forjan rasgos de nuestra cultura y política.

21 de julio de 2020 - 06:47 p. m.
Juan Guillermo Cuadrado y James Rodríguez, mediocampistas y referentes de la selección de Colombia en los últimos años.
Foto: AP - Martin Mejia
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Ganar sin ganar: nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia es un libro que también puede servir de brújula para entender el significado de este deporte en nuestro país, que también trasciende las fronteras y nos invita a revisar cómo la camiseta de un equipo y el discurso de juego terminan transgrediendo los valores de una nación y los comportamientos de una sociedad.

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Andrés Dávila Ladrón de Guevara, autor del libro y profesor de la Universidad Javeriana, cuenta que ese compuesto de fútbol y academia se dio por varios momentos, dos de ellos por sus estudios de pregrado de ciencia política en la Universidad de los Andes y otro por su maestría en ciencias sociales en México. Sin embargo, el origen de todo nos remonta a un ensayo sobre la belleza, basado en los Diálogos de Platón, que le pareció un trabajo diferente y llamativo al profesor Rafa Pabón, quien resultó ser tan futbolero como el autor que quiso expresar que de una finta se puede desglosar un concepto táctico, un concepto filosófico o un rasgo cultural.

El otro momento se dio por las publicaciones de algunos artículos en El Espectador sobre el asesinato de Álvaro Ortega, árbitro de fútbol, en 1989, y la suspensión del torneo del mismo año por ese suceso y la evidente filtración del narcotráfico en las dinámicas de un deporte que resultó siendo objeto de control y poder en Colombia.

Tres décadas después Dávila vuelve a aparecer en las páginas de este diario, ahora para contarnos cómo construyó este libro, donde expone que el fútbol en Colombia tiene varios elementos que se asocian a la construcción de identidad de nación. Para el autor hay una parte específica de la historia que empieza a visibilizar a la selección como un símbolo patrio: la era Maturana.

“Para mí hay un momento previo que es la selección Sub20 de Luis Alfonso Marroquín en 1985. En esa época veo que Colombia puede jugar diferente y dejar de dar patadas, defenderse y demás. Luego es Ochoa el que coge al equipo para la Eliminatoria a México 1986. Recuerdo que era una escuadra muy defensiva, con un medio campo que no se sabía a qué jugaba. Willington era el que salía con una u otra jugada valiosa. De todas maneras, Ochoa es el que cambia el uniforme, el que empieza a darle un sentido de patria a la selección. Ya con Francisco Maturana hay un cambio. El discurso de él, que se recoge en el libro de José Clopatofsky, se muestra, por ejemplo, en un tema como ir más allá de jugar a Wembley, pues el hecho también de estar, de vestir corbata y no sudadera, de aprender y tomar algunos elementos civilizatorios que terminan por hacer parte del planteamiento de Maturana. Y es que su logro fue tener la capacidad de leer muy bien el momento, montar lo que estaba haciendo bien con Nacional, poner a la selección a jugar como lo hacía el Milan de Arrigo Sacchi, con el arquero líbero y el juego en zona. Entonces está esa parte futbolera, pero también esos comportamientos del jugador educado, del no pegar patadas, de no quemar tiempos”, afirma Dávila.

Una época cumbre con una mancha lamentable auspiciada por el narcotráfico, que encontró el suceso más revelador de ese mal encarnado en nuestro país con el asesinato de Andrés Escobar. Una presencia de la ilegalidad que se presentó desde el origen mismo del fútbol colombiano con un torneo pirata y una corrupción que al sol de hoy sigue presente, con escándalos de reventa de boleterías y el paso de algunos capos de la mafia por los equipos del campeonato local: “Las causalidades van mucho más allá. La lectura sobre esto tiene que ser cuidadosa. Los narcos fueron inteligentes en la medida en que encontraron en el fútbol un mecanismo de legitimación social”, añadió el autor.

“El fútbol está plagado de estrategia, táctica, conceptos que también se tratan desde la guerra o la política. En esos análisis estábamos buscando esos imaginarios de discursos de nación que se van dando. Y en la prensa vimos cómo en los titulares y editoriales el tema de la identidad nacional se forja en el triunfo, en el momento en que nos congraciamos, nos sentimos parte de algo maravilloso, Dios es colombiano, etc. Pero también es interesante, porque en la derrota también se construyen imaginarios de nación, porque ahí vemos hay una magnificación de perder, y no es que no pase en otros lugares, pero en Colombia hay una especie de canibalismo. Incluso se utilizan términos como que somos la peor de las razas. Y buscamos razones externas del fútbol para justificar esas derrotas”, menciona el autor tras estudiar el lenguaje del periodismo al hablar del fútbol, de un deporte que resulta ser ajeno a los conflictos, pero que halla en sus relatores palabras que refuerzan ese escenario de un partido como una batalla, como un espectáculo que trasciende al resultado y termina evocando contextos paralelos, como el de la selección de Italia y el régimen de Mussolini con la famosa frase “vencer o morir”.

El fútbol y el deporte, en general, no son causas, principios ni fines de las problemáticas sociales, políticas y culturales. La historia se ha encargado de demostrar que los gobiernos acuden a ellos para legitimar sus discursos, algunos con éxito y otros no tanto. Sin embargo, del color de una camiseta y de la relación del hincha con su equipo sí se derivan algunas pistas sobre nuestra identidad, sobre el modo en que nos relacionamos en la semejanza y en la diferencia, de cómo resolvemos nuestros vacíos y cómo de un grito de gol se termina resolviendo, o mejor desapareciendo, aunque sea de manera efímera y poco efectiva, esa polarización que ha provocado tanta violencia y que incluso, desde esa herencia binaria de la política bipartidista, que se reafirmó en 1948 con el Bogotazo —mismo año de la creación de la liga local—, terminó por dictar nuestro modelo social.

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