Las lesiones son complejas; en algunos deportes, como el fútbol, a veces resultan inexplicables. Una acción en plena competencia de alto rendimiento —un choque, una entrada desafortunada, la presión del momento— puede desencadenar un contratiempo físico. Pero hay veces en que, en un simple entrenamiento, sin grandes exigencias, llegan de manera devastadora y desmoronan emocionalmente. Eso fue justamente lo que ocurrió en una práctica de la selección de Venezuela en junio de 2022.
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No hubo un ruido fuerte, ni un golpe seco, ni una imagen escandalosa. Solo una caída más, una jugada fortuita dentro de la rutina. Sin embargo, cuando Wuilker Faríñez quedó tendido en el suelo, supo al instante que algo andaba mal. Su cuerpo, ese aliado silencioso que con reflejos y habilidad lo había llevado a defender los tres palos de su selección, lo abandonó por unos segundos. La rodilla izquierda cedió, y con ella se abrió un paréntesis inesperado en su carrera.
Días después el comunicado oficial confirmó el diagnóstico: rotura del ligamento cruzado anterior. La noticia que ningún futbolista quiere escuchar, porque no avisa y no negocia. Faríñez regresó a Francia, donde por entonces defendía la portería del Lens, para iniciar el tramo más largo y solitario de su vida profesional. “Fueron momentos duros, de mucha incertidumbre”, recuerda. La lesión no solo lo alejó de las canchas, sino que lo enfrentó a una posibilidad que, a sus 24 años, parecía lejana: no volver jamás.
“Cuando pasas por algo así, muchas cosas cruzan por tu cabeza”, dice. Y entre ellas aparecen el miedo, la ansiedad y la frustración. El silencio del vestuario vacío, las sesiones interminables de rehabilitación, los partidos mirados desde afuera. El fútbol deja de ser rutina para convertirse en espera. “Lo importante es mantener la calma”, explica. “Hablar mucho con Dios, que la fe siga creciendo y poder sentirme más cerca de Él. Esa fue una de las cosas que me ayudaron a seguir con mi carrera”.
La recuperación no fue normal. El tiempo esperado ronda entre seis y ocho meses, pero su regreso se extendió por más de un año y medio. Más de 600 días sin competir. “Sufrí una lesión muy grave, una lesión que casi me lleva al retiro deportivo”, reconoce. “Pero estoy acá, y eso también se agradece a Dios, que me dio esta segunda oportunidad”.
Antes de la lesión, Faríñez empezaba a afirmarse en Europa. En la temporada 2021-2022 se ganó la titularidad en el tramo final con el Lens, y el equipo firmó una buena campaña en la Ligue 1. Séptimos en la tabla, sensación de crecimiento y continuidad. Todo eso quedó en pausa. El contrato se rescindió a comienzos de 2024, y el arquero volvió a mirar hacia Suramérica con la idea de recuperar minutos y volver a competir.
Colombia aparecía como el destino natural, no solo por cercanía, sino por historia. Pero el regreso no fue romántico. Millonarios lo pensó, Atlético Nacional lo evaluó y Deportivo Pereira lo probó. En todos los casos apareció la misma respuesta: faltaban ritmo, garantías médicas y tiempo.
Ante ese panorama, Faríñez volvió a Caracas FC, la institución que lo vio crecer como futbolista. Allí, a finales de marzo, volvió a jugar un partido oficial después de 673 días. “Creo que una de las cosas que te deja este deporte es que siempre tienes que tratar de disfrutarlo. Tratar de que cada momento lo puedas vivir en el presente. Desde ahí parte todo”.
Bogotá y la aparición del muro
Mucho antes de la lesión y de Europa, Bogotá ya ocupaba un lugar central en la historia de Wuílker Faríñez. Entre 2018 y 2020, defendiendo la camiseta de Millonarios, vivió una de sus etapas más sólidas. Disputó 92 partidos, recibió 87 goles y mantuvo su arco en cero en 32 oportunidades. Se coronó campeón de la Superliga en 2018, se consolidó como uno de los arqueros más confiables del fútbol colombiano y forjó su apodo: “el Muro”. “Cuando llegué a Bogotá me ayudó mucho, tanto en lo emocional como en lo deportivo”, recuerda. “Recibí un gran apoyo de la gente, y eso siempre tendrá un lugar en mi corazón”.
En ese proceso los entrenadores fueron claves. Miguel Ángel Russo ocupa un sitio especial en su memoria. “El profe siempre fue muy competidor, le gustaba ganar”, dice. “Ese ADN argentino, esa forma de querer estar siempre primero, se contagia”. En sus tres años bajo el arco azul también trabajó con Jorge Luis Pinto y Alberto Gamero, además de Russo. “Son técnicos que me dejaron mucho. Estaba en una etapa de crecimiento, y cuando tienes entrenadores con tanta experiencia, te marcan la carrera. Siento que fueron pilares fundamentales para lo que hoy estoy construyendo”.
Bogotá fue, para Faríñez, el lugar donde dejó de ser promesa y se convirtió en figura. Donde entendió la presión, la exigencia y la responsabilidad del puesto.
Internacional de Bogotá, un proyecto que empieza desde cero
El fútbol, caprichoso, volvió a cruzar sus caminos con la capital. Tras su sólido paso por Águilas Doradas, equipo con el que jugó 31 partidos, recibió 37 goles y logró 10 vallas invictas, pero lo más importante, llega con ritmo competitivo. Ahora, con un escudo nuevo y una identidad distinta, la ambición es construir desde cero en Internacional de Bogotá, un club sin pasado deportivo. En ese camino, la llegada de Wuílker Faríñez se convierte en una piedra angular. “Primero, le agradezco a Dios por esta oportunidad. Con el apoyo del cuerpo técnico y la directiva pude tomar esta decisión. Para mí será muy importante este paso por aquí”, asegura.
En sus primeros días, rescató el valor entre sus compañeros. “Me he encontrado un equipo bastante sano, bastante humilde, trabajador, competidor”, describe. “Y eso para un futbolista vale mucho, encontrarte un grupo así. Siento que este es el camino”, afirma.
La ambición está presente y la directiva respaldó con fichajes. De cara a su primera Liga, el club realizó una reestructuración amplia en la plantilla. Con la llegada del técnico argentino Ricardo Valiño, el proyecto tomó forma también desde el banco, apostando por un entrenador con experiencia en procesos de armado y competencia. Entre los refuerzos, además de Faríñez, se destaca la llegada de Larry Vásquez, Facundo Boné, Rubén Manjarrez y Joan Castro.
El guardameta venezolano explica: “Nosotros como futbolistas tenemos esa hambre de siempre conseguir grandes cosas. Y que en esta oportunidad sea con este equipo para nosotros va a ser muy importante, y lo entendemos así. Estamos tratando de construir un gran grupo, y eso también lleva tiempo”.
Sobre el trabajo diario, resalta la idea del cuerpo técnico encabezado por Valiño. “Las sensaciones a nivel grupal y a nivel individual con el profe han sido muy buenas, muy positivas”, cuenta. “Día tras día vamos a tratar de plasmar lo que el profe quiere, lo que nos ha inculcado para poder afrontar el campeonato”.
El proyecto de Internacional de Bogotá apunta a combinar identidad capitalina y proyección global. El cóndor, los cerros orientales, el dorado, el blanco y el negro. Todo responde a una idea de pertenencia.
Para Faríñez, el regreso a Bogotá no solo tiene la carga emocional, sino que también existe un compromiso con el grupo inversor que apostó en el fútbol bogotano. Internacional de Bogotá está respaldado por Apollo Sports Capital, grupo encabezado por Al Tylis y Sam Porter, empresarios que han trabajado en clubes como Necaxa (México), DC United (Estados Unidos), entre otros. Su llegada busca posicionar al nuevo equipo como una marca global. Entre los socios también figuran nombres reconocidos de la industria del entretenimiento, como Ryan Reynolds, Rob McElhenney, Eva Longoria, Kate Upton y Justin Verlander.
“Sigo las películas de ’Deadpool’, en gran parte las he visto. Para nosotros es muy importante que una persona tan emblemática en el cine como él (Reynolds) esté en este proyecto deportivo. Vamos a retribuirle en el campo, como sabemos hacerlo, pero su apoyo y mensajes son muy importantes para el grupo.
Hoy, con 27 años, Wuílker Faríñez habla de disfrute y de oportunidad. “El fútbol te enseña”, repite constantemente. Y en su caso, la enseñanza llegó en una de las formas más duras. Pero en Colombia se siente como en casa; incluso confesó que extrañaba el frío de la capital.
El club empieza su historia. Faríñez, de alguna manera, retoma la suya. “Esperamos que con este club también pueda lograr cosas y atajadas importantes”, dice, con una sonrisa tras recordar esa inolvidable atajada triple frente a Atlético Nacional en El Campín, en una noche de 2019.
Faríñez vuelve a Bogotá distinto. Más golpeado, sí, pero también más maduro. Por eso hoy no corre detrás de lo que perdió, sino de lo que todavía puede construir. Y en un club que recién empieza a escribir su historia, el arquero venezolano encuentra un lugar para recordar su valor dentro del campo.
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