Bueno, no era propiamente nuestra intención llevar a ustedes los detalles de la vida particular del viejo Cuezzo, pero resulta que, en busca de un crack, nos dimos de manos a boca con el viejo Cuezzo, don Alfredo, el simpático entrenador de Independiente Santa Fe y árbitro de grandes condiciones. No queremos así de principio divulgar el lugar de su vivienda, porque de pronto se aparecen allá todos los aficionados al mejor de los deportes, según el argentino, y resulta que le causamos un perjuicio enorme, que nosotros no queremos hacerle. (Le puede interesar: Santa Fe, el primer campeón)
Ya le basta con la invasión de paisanos que a diario tienen que atender.
Cierto día nos dimos a la tarea de buscar al profesor Fernando Paternoster. El hombre que siempre mantenía su puesto en la cancha se ha vuelto en Bogotá verdaderamente irreconocible. Ni por la mañana, ni al medio día, ni por la noche. Sabemos únicamente que vive en algún lugar de Bogotá. Sin embargo, viajando por nuestros propios medios, dimos con la guarida de los sureños.
Cerca de la calle 14 con carrera cuarta, entre 11 y 11:30 del día y de 4 a 6 de la tarde emanaciones de comida bien sazonadas hacen que los asiduos paseantes se paren y con un movimiento natural de las fosas nasales aspiren el suave y rico aroma que sale de la casa marcada con el número 13-94.
Nosotros fuimos los primeros sorprendidos, porque era la única vez que viajábamos por esos lados. Al llamar a la puerta que en cierto momento fue blanca, encontramos una inscripción que dice: “salimos a la embajada, pronto regresamos”.
Es la casa de Cuezzo. La voz del otrora Gran Half nos invita a seguir. Es una especie de grito, como un interrogante. Parece que dijera… Y… ¿Por qué tocan? Al transponer el umbral vemos a don Alfredo en plena carnicería. Cuatro libras de biffe están siendo sacrificados por las manos expertas del excelente chef de cocina. Más de 30 frascos que contienen los más variados condimentos forman una fila ante la figura gauchesca de Cabillón, el gran Pedrito que con pinta de San Antonio acompaña en vitela el gran referee.
Allí se deleitaría el más grande tragaldabas de la historia y el señor Strauss, administrador del famoso hotel Nutibara de Medellín, se asombraría de ver en un solo grupo, pimientos dulces, chile picante, achiote, cebollitas enanas, pimienta, mostaza, chiverres, anís, quelitas y, en fin, todo lo que se ha inventado para dañar el estómago. La zurda de Cuezzo trabaja sin cesar, un cigarrillo es lo primero que nos brinda, pero sin dejar de accionar con su mano equivocada, midiendo la capacidad absorbente de sus cuates.
Mientras tanto, ardiendo a todo vapor en un extremo entrevistas de grandes jornadas deportivas, el puchero que marea, la avena argentina de reciente importación, el arroz con chile y para condimentar los últimos detalles deportivos de la ciudad, del país y del mundo.
A cierto tiempo, empezó el reparto del lastre, queso argentino con mostaza, pan francés, cucharaditas de avena en azúcar y leche y todo esto mientras se preparaba la cena ¡Madre bendita, si comen estos deportistas!
Al otro rato hizo su aparición en la estancia que es sala, comedor, cocina, pieza de masajes, salón de recibo, vestier, clínica, tertuliadero y dormidero, un viejo conocido. Su voz se hizo vibrante, venía a despedirse, pero antes quería llevar para su tierra los misterios que encerraba un buen juego de naipes que el maestro Cuezzo parece que maneja todavía mejor que el cuchillo.
Empezando por la derecha, volviendo al revés sin tener en cuenta la péndula, que es la que da la base al juego. Se repite el número y siempre acierta. Bueno, algo que no se entiende, pero que ellos aceptan gustosos. Total: aprendizaje en dos minutos, despedida sin lágrimas, pero sentida, buen viaje y aparece el Perro Gámez.
Sí, los santafereños van desfilando sin tocar la puerta, especialmente cuando saben que es la hora de morfar.
Se habla de Barranquilla, del triunfo del Júnior, de la Adefútbol, del Paseo Bolívar, de Bocas de Ceniza y… se come, pero en qué forma. ¡Dios mío!
El desfile sigue interminable. Ahora es una tromba que se anuncia por la subida de la calle 14. Desde que el grupo se acerca a la gerencia de los Millonarios, y se escucha el rumor-
Los chés, las papusas, los endiablados términos de la jerga sureña se hacen presentes. Hoy vinieron pocos, Delli, sobrino de Cuezzo, Pedrito Cabillón, Saule, Bernao y ‘El Gallego’. Cada uno se come en cada tanda o servida, cuatro kilos de carne, tres libras de tallarines, una botella de vino, media libra de queso, dos botellas de leche y tres almohadillas de pan… pero de ese de a 40 centavos. Y… el viejo Cuezzo tiene que darles a comer a todos. Bueno, que cuando pasan de 40 los invitados se le pone candado a la puerta.
El profesor Paternoster, que tiene dos estómagos, pues según dicen que estuvo en el desierto y fue entrenado de Caníta Prieto, lo que ya es mucho decir.
La hora llegada, el toque de queda, el estado de sitio, el incendio de Sodoma y Gomorra, la erupción de Irazú, nada de esto tiene punto de comparación al escándalo, a la atronadora algarabía que se arma, cuando el viejo dice: “muchachos a morfar”.
Creemos que nuestro jugoso idioma carece de adjetivos para poder calificar esa forma alarmante como la Escuadra del Sur, como bautizara el colega Mirón, hace las delicias a los platos que ha preparado don Alfredo.
Ya decíamos en principio que el Viejo Cuezzo come y vive mejor… Por algo sabe más el diablo por viejo que por diablo.
Y lo que decimos no es mentira. De doce a una y de cuatro a seis, en el cruce de la calle 14 con la carrera cuarta, pasen cualquier día y verán qué olor; pero amigos, ¡Qué olor!