Luis Carlos Arias nunca fue uno más en la cancha. Su esfuerzo incansable, esa entrega total que mostraba en cada partido, venía desde los días en que vendía morcillas y tamales con su mamá para poder pagar los gastos de la escuela. En su niñez no tuvo academia ni jugaba en canchas reglamentarias. Se entrenaba levantando un par de bultos de papa o canecas de leche. Pero desde esos paisajes fríos de Antioquia, en una vereda llamada San Juan, Arias empezó a construirse un destino a punta de terquedad, fe y, claro, zurdazos.
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“El fútbol fue lo mejor de mi vida desde que nací”, recuerda en diálogo con El Espectador. Dormía con el balón, jugaba solo si era necesario, pateaba piedras cuando no había otra cosa. El hijo de un hombre que también jugó a la pelota y del que sacó el juego aguerrido que distinguió a “Colitas”, como le dicen en su pueblo, La Unión. Arias fue el único entre sus hermanos que se aferró al sueño de ser futbolista como si fuera el único camino posible.
Desplazado por la violencia cuando apenas era un niño, creció entre cafetales y pueblos fríos. A los 15 años, sin saber muy bien quiénes eran René Higuita o Faustino Asprilla, fue elegido entre 2.000 jóvenes en una convocatoria abierta de Atlético Nacional. Llegó con unos guayos rotos prestados y una camiseta vieja. Saldría con un sueño encendido. Durante tres años viajó una hora y media todos los días desde La Unión hasta Medellín para entrenar hasta debutar como profesional en 2005.
Pero no todo fue línea recta. Entre 2006 y 2008 se desvió del camino. “Tomé mucho, me perdía, me iba por otro lado”, admite. Santiago Escobar lo mandaba a buscar, le asignaron una psicóloga. Tocó fondo y empezó de nuevo: primero en Once Caldas, luego en Rionegro, donde fue campeón de la B.
En 2009 aterrizó en Medellín, donde viviría uno de sus grandes capítulos. Compartió camerino con Aldo Bobadilla, “Choronta” Restrepo y Jackson Martínez. En el primer semestre, con Escobar, no se dieron las cosas y el equipo tuvo un mal desempeño. Pero en el segundo, ya con Leonel Álvarez como técnico, se armó un plantel competitivo que terminaría siendo campeón. Arias fue protagonista: “Muchos dicen que fue la mano del técnico, pero yo creo que fue una buena racha, porque trabajábamos muy bien con Escobar, pero simplemente las cosas no se dieron, y con Leonel de a poco empezaron a caer los goles con Jackson y eso nos llevó a la final”.
Se quedó en el DIM hasta 2011, cuando pasó brevemente por el fútbol mexicano. A su regreso a Medellín, esperaba reengancharse, pero la directiva le dijo que no había dinero. Ahí apareció Santa Fe. La propuesta llegó vía telefónica. Arias no sabía mucho del club capitalino, incluso cuando se enteró de que el equipo tenía una sequía de títulos de 37 años por liga, pensó “yo por allá no voy”. Después de hablar con el presidente César Pastrana, aceptó. En diciembre de 2011 se fue a vivir a Bogotá.
“Bogotá me cambió la vida”, cuenta. Allí se casó, formó su familia y encontró una ciudad que al principio le pareció dura, fría, distante. Pero al poco tiempo, gracias a vecinos y compañeros como Camilo Vargas y Yulian Anchico, sintió que había encontrado otra casa.
El comienzo en Santa Fe no fue sencillo. Wilson Gutiérrez lo usó poco al inicio. Jugaba de vez en cuando, alternaba entre titularidad y banca. Pero en la segunda parte del primer semestre de 2012, Arias se destacó en momentos claves. Fue figura en los cuadrangulares y en la final que le dio al club bogotano su primer título desde 1975.
En la final fue titular en los dos juegos frente al Deportivo Pasto y se adueñó de la posición en Santa Fe. “Ese título lo recuerdo con cariño por lo que significó en la ciudad y para los hinchas cardenales”. Con el León disputó varias veces instancias finales, pero no consiguió todos los éxitos que esperaba. Perdió la final de 2013 contra Atlético Nacional y quedó eliminado en semifinales de la Copa Libertadores, pero al año siguiente volvería a tener una alegría en Bogotá, contra su gran amor.
“Esa final contra Medellín en 2014 fue especial”, confiesa. Enfrentaba al club que lo vio crecer, que le dio una casa. Pero su corazón estaba en Santa Fe. “La gente me decía que me iba a confundir, pero yo siempre he sido profesional. A donde voy, me pongo la camiseta y la respeto”.
En el juego de vuelta, fue determinante con la anotación que estiraba la ventaja y que terminó decantando la serie 3-2 en favor de Santa Fe. Apenas unos segundos de comenzar el segundo tiempo, un saque largo de Vargas dejó el balón al borde del área del DIM, ante el rebote del rechazo, “Colitas” sacó un potente remate a ras de piso tras un sobrepique y lo ajustó contra el vertical, imposible para el arquero. “A mí me vuelven a colocar diez pelotas así, y las mando todas a la tribuna. Lo que pensé fue en terminar la jugada, si te digo que pensé en meterla ahí, sería mentiroso”.
Hoy, mientras Santa Fe y Medellín se enfrentan de nuevo en una final, Arias mira desde afuera. En el juego de ida empataron sin goles en El Campín. Este domingo se define todo en el Atanasio Girardot. Para él, cada escudo tiene una historia. En ambos fue campeón y dejó huella.
Sobre el Santa Fe de hoy, dirigido por el uruguayo Jorge Bava, Arias es claro: “Yo respeto todas las ideas, todos los estilos, cada técnico ve el fútbol a su manera. Pero algo que tienen los técnicos del sur del continente es que son muy ganadores y muy humanos. Involucran a la familia, hablan con el jugador, hacen sentir importante al futbolista”.
No cree que Santa Fe haya cambiado mucho su forma, a pesar de los constantes cambios en la dirección: “Se para bien, espera y va. Tiene transición, llega poco, pero lo que genera es peligroso. No veo un cambio muy grande en la idea, pero sí en el carisma del técnico, eso lo sienten los jugadores”.
Sobre la ida de la final, lo dice sin rodeos: “Medellín fue superior. Me encanta ese equipo. Tiene posesión, es corto, corre menos y presiona muy bien. Ataca con muchos jugadores y genera muchas opciones de gol. Santa Fe aguantó, tuvo transiciones peligrosas, pero Medellín generó mucho más”.
Aunque afirma que quiere a ambos clubes, confiesa que su corazón tira un poquito por Medellín. “Es mi casa, es donde todo empezó. Pero Santa Fe me trató de maravilla y le tengo un respeto enorme. Fueron cuatro años hermosos”.
Para el domingo espera un gran partido: “Medellín en casa siempre genera más. Ojalá se vea otra vez una final bonita, como la de 2014. Y que gane el que más lo merezca, porque los dos tienen con qué”.
Luis Carlos Arias nació para jugar al fútbol. Entregó siempre hasta la última gota de sudor por las dos instituciones que hoy disputan la Liga. Lo único que les pide es compromiso absoluto y que jueguen con el corazón, como él siempre lo hizo.
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