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Los 80 cañonazos del Maestrico: Alfonso Cañón está de cumpleaños

En entrevista con El Espectador, el ídolo de Independiente Santa Fe y referente del primer título de América de Cali, habló sobre su vida actual y los recuerdos que conserva del fútbol.

20 de marzo de 2026 - 07:00 a. m.
Alfonso Cañón cumple 80 años.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Alfonso Cañón está frente a un arco. No es uno profesional, es el de la cancha de su barrio, Carabelas, al suroccidente del centro de Bogotá. El piso es de cemento y está marcado con líneas rojas, blancas y amarillas. Sirven, al mismo tiempo, para fútbol, baloncesto y voleibol. Los postes, completamente blancos, no tienen malla. Aun así, él se para como si el estadio estuviera lleno. Va a cobrar un penalti.

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No hay balón. Sin embargo, al preguntarle cómo los pateaba en sus años mozos, su cuerpo responde al mismo tiempo que sus palabras. Desde hace más de 60 años hace el mismo gesto. Todo está en la memoria corporal. Toma el esférico, invisible, con ambas manos. Lo pone en el punto rojo, lo acomoda con cuidado, mide tres pasos hacia atrás y se detiene. Luego avanza. Su pie derecho se abre con precisión, como si todavía buscara la mano izquierda del arquero. Todo es exacto, es calma. Tal vez por la edad, o tal vez porque siempre fue así: alguien que lo medía todo.

Dicen que el maestrico se distinguía por su visión de juego. Que tenía una técnica depurada, una precisión quirúrgica en los pases y en los tiros libres. Era audaz, inteligente, rápido para decidir. Cada toque parecía calculado, como si jugara con un reloj interno que le marcaba los tiempos del partido.

Ese mismo cuidado sigue presente, pero fuera de la cancha. Siempre está bien arreglado: zapatos negros —a veces recién embolados—, pantalón de dril y un saco de lana, algunos días de botones y otros de cremallera, dependiendo del frío bogotano. Su presencia se anuncia incluso antes del saludo, con un aroma limpio, pulcro, que se queda en el aire. Sus orejas están impecables, sin rastro de esos pelos que suelen aparecer con los años. El vello de su rostro está cuidadosamente afeitado, y su cabello, peinado hacia atrás, luce ordenado y en su lugar.

Antes de salir, sus hijos le acomodan el cuello del saco o la chaqueta. Él espera, paciente, sin prisa. Como cuando medía los tiempos en la cancha. Luego, ya listo, vuelve a ser lo que siempre ha sido: un hombre preciso.

Todas las mañanas se levanta, se baña y camina dos cuadras a la redonda de su casa. Regresa, se prepara el desayuno y se sienta a ver televisión. A veces se queda en algún programa de la farándula colombiana; otras, cuando el azar lo cruza con una transmisión, se detiene en un partido de fútbol. Para él, no fue solo una carrera, sino una forma de vida que todavía lo habita.

Alfonso Cañón en la cancha de fútbl del barrio Carabelas.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

“Si volviera a nacer, escogería jugar fútbol. De niño uno tenía la ilusión de llegar a ser profesional, pero, sobre todo, jugaba con pasión. El fútbol para mí lo es todo; ahora lo extraño. Me gustaría volver y enseñarles a los muchachos”, dice.

Su lugar siempre estuvo en el mismo punto del campo: el medio. “Yo siempre jugué ahí. Me gustaba tener la pelota, entregarla bien, volverla a pedir y otra vez salir. Ahí es donde uno maneja el partido. Nosotros salíamos a jugar desde chiquitos, así como esos niños que usted ve ahora”, dice, mirando una cancha cercana. “Siempre en el medio, siempre pensando. Uno no se imaginaba nada de esto. Yo solo quería jugar”. Y jugó. Lo suficiente para que lo empezaran a llamar maestro. “Me decían ‘maestrico’, por bajito, pero también porque uno trataba de hacer las cosas bien”.

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Y no solo fue Independiente Santa Fe, también América de Cali. Cuando le preguntan cuál quiere más, no elige: “No, ambos equipos. Santa Fe fue donde salí, donde crecí. Y América… allá también me fue muy bien, tengo recuerdos muy bonitos”.

Santa Fe campeón y Millonarios, de nuevo, subcampeón en 1975. El equipo: Óscar Bolaño, Darío López, Bernardo Chía, Rafael «el guajiro» Pacheco, José Antonio Tébez y Luis Gerónimo López. Abajo: Alfonso Cañón, José Ernesto Díaz, Carlos Alberto Pandolfi, Leonardo Recúpero y Óscar «Papi» Mejía.
Foto: Crédito: Archivo El Espectador

Con el Expreso Capitalino, Cañón logró tres títulos de liga. Fue su gran amor. La primera la conquistó en 1966 bajo la dirección del doctor Gabriel Ochoa Uribe. La segunda llegó en 1971, en una icónica final contra Atlético Nacional. La tercera, en 1975, sería un título agridulce: el que iniciaría una larga sequía para el equipo cardenal, que no volvería a levantar un trofeo de liga hasta 2012. Por esas victorias se volvió el jugador más adorado de la historia cardenal junto a Ómar Pérez.

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Esos logros solo traen felicidad y orgullo a Cañón. “Esa fue mi felicidad grande: vestir esa camiseta bonita como era la de Santa Fe. Todos los títulos que tuve con Santa Fe fueron los mejores. La verdad me sentí satisfecho, porque yo siempre entraba al campo con la ilusión de hacer mi gol y de que ojalá ganáramos el partido. Y gracias a Dios se dio esa ilusión”.

Después de ser leyenda en el león, pasó a Bucaramanga. Y cuando ya estaba al borde de dejar el fútbol, en 1979, Ochoa Uribe lo convenció de seguir activo. “Me llamó y me dijo que quería que jugara en su equipo. Me dijo que arreglara lo salarial con el club y que me pusiera en forma para jugar con América”, recuerda.

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Formación de «Aquel 19», cuando América logró su primera estrella en el fútbol colombiano, en el año 1979: Carlos Gay; Américo Quiñónez, Aurelio Pascuttini, Luis Alegría Valencia, Gabriel Chaparro, Luis Reyes; Alfonso Cañón, Horacio Ferrín, Gerardo González; Juan Manuel Battaglia y Jorge Cáceres.
Foto: Archivo El Espectador

Cañón tenía 14 kilos de más en ese momento, había que empezar de cero. El técnico lo dejó en manos del exfutbolista Luis Alberto “El Mono” Rubio, quien lo preparó físicamente. Incluso, fue más allá y habló con su esposa para que lo ayudara a dejar el tejo, la cerveza y la fritanga. “Era fritanguero a morir”, recordaría después Ochoa Uribe en una entrevista.

Regresó en diciembre. América peleaba su primer título en un cuadrangular contra Junior, Santa Fe y Unión Magdalena. La noche del miércoles 19, en Cali, todo se decidió: tiro libre de Juan Manuel Battaglia, rebote en el área y el balón que le quedó a Cañón. Lo bajó con la cadera, lo midió en el aire y, de sobrepique, remató con el empeine. ¡Gol! El primero de una noche histórica.

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América sumó ocho puntos, los mismos que su adorado Santa Fe, pero la diferencia de gol le dio el título. El primero de la historia escarlata. Después del partido, Cañón lo resumió así: “Le debo mucho al doctor Ochoa, que fue uno de los que me trajo otra vez al fútbol cuando nadie creía en mis cualidades. Hemos demostrado el sacrificio que hicimos yo y mi familia. Se luchó durante diez meses y cuatro semanas para que se concretara este triunfo, muy bien merecido”.

Hoy, más de 40 años después, y en la celebración de su cumpleaños número 80, Cañón sigue diciendo lo mismo: “Le debo mucho al doctor Ochoa Uribe. Siempre confiaba en mis capacidades y me llevaba a jugar con él”.

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Cañón, ahora, repite alguna que otra frase. Camina lento, a veces se le confunde la dirección para llegar a casa y cruza las calles, pero no mira a los lados. Según su hijo, prepara los mejores sudados de toda Bogotá. En su morada, una de dos pisos en el barrio Carabelas, no hay mucho de Santa Fe, ni de América, ni de sus años como jugador de fútbol. En el primer piso, no obstante, tiene un retrato dorado con algunas de sus fotos más icónicas, como la de la vez que conoció a Monaguillo, una acuclillado con la camiseta de Santa Fe, otra sentado con los guayos en la mano; una de cuando compartió cancha con Omar Pérez, y otra de cuando estuvo con Hugo Rodallega y Daniel Torres.

En el segundo piso, los recuerdos se diluyen aún más, como si empezaran a escalar al cielo. Ya no está el jugador, ni el ídolo, ni el goleador que marcó una época. Está el hombre: el que camina, el que cocina, el que tiene fotos de sus hijos, hijas y esposa en pequeños recuadros. El que se sienta a ver un partido si aparece por casualidad, pero que extraña como nadie volver a pisar una cancha. Patear un penalti con ese gesto que repite desde hace más de 60 años.

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Foto: El Espectador

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Por Diego Alejandro Daza Gómez

Comunicador social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Escribe para El Espectador y ha colaborado con Directo Bogotá. Tiene experiencia en radio como locutor de la sección deportiva de Mix 92.9. Le interesan los temas deportivos y culturales. DiegoDazaGomez dadaza@elespectador.com
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