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Arsenal y su nueva final de Champions: las grandes batallas de los gunners

El cuadro inglés buscará de nuevo el máximo título de clubes a nivel europeo después de 20 años sin acudir a la cita definitiva.

05 de mayo de 2026 - 07:28 p. m.
Los aficionados de Arsenal, celebrando el triunfo contra Atlético de Madrid.
Foto: EFE - NEIL HALL
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Arsenal siempre ha dado la sensación de ser uno de esos clubes condenados a vivir de sus recuerdos. De los que miran desde lejos cómo otros levantan los grandes trofeos, como la Champions League, mientras Highbury primero y el Emirates después se llenan año a año de nostalgia. Es un gigante elegante, sí, pero incapaz de volver a la cima europea.

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20 años pasaron desde aquella final de París en 2006, cuando el equipo de Arsène Wenger acarició la gloria hasta que Barcelona le dio vuelta al partido en los minutos finales. 20 años de reconstrucciones, de promesas incumplidas, de generaciones enteras creciendo sin ver a los Gunners en una final continental. Hasta este martes. Hasta que el Arsenal de Mikel Arteta derrotó 1-0 al Atlético de Madrid y volvió a sentirse parte de la aristocracia del fútbol europeo.

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No es solo una clasificación. Es el cierre parcial de una herida histórica. Porque Arsenal es uno de esos clubes cuya identidad parece construida alrededor de la resistencia. Desde su nacimiento, incluso antes de ser Arsenal, el club aprendió a sobrevivir.

El largo relato de los Gunners

La historia empezó en 1886, lejos del glamour de la Champions. Empezó en Woolwich, al sureste de Londres, en una fábrica de armamento. David Danskin y un grupo de obreros escoceses formaron un equipo llamado Dial Square, nombrado así por uno de los talleres del arsenal militar en el que trabajaban. Cada uno puso unas monedas para comprar el balón y organizar el primer partido. Ganaron 6-0. Poco después pasaron a llamarse Royal Arsenal. El fútbol todavía era un deporte en construcción y ellos ya entendían algo fundamental: el club sería una comunidad antes que una empresa.

Durante años fueron un equipo obrero, popular, profundamente ligado a la clase trabajadora londinense. Ganaron torneos regionales, se hicieron profesionales y entraron a la Football League, convirtiéndose en el primer club del sur de Inglaterra en hacerlo. Pero también estuvieron cerca de desaparecer. Las dificultades económicas y la competencia de otros equipos londinenses los llevaron al borde de la quiebra a comienzos del siglo XX. Entonces llegó la decisión que cambiaría todo: mudarse al norte de Londres, a Highbury. Allí nació el Arsenal moderno.

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La mudanza no solo transformó la economía del club. También encendió una rivalidad eterna con Tottenham Hotspur, especialmente cuando Arsenal fue promovido a Primera División en 1919 en medio de una decisión extremadamente polémica. Los Spurs descendieron. Arsenal ascendió. El resentimiento quedó tatuado en la ciudad.

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No obstante, el verdadero salto llegó en 1925 con un hombre que cambió el fútbol inglés: Herbert Chapman. Mucho antes de Guardiola, Sacchi o Cruyff, Chapman ya hablaba de revolucionar sistemas, entrenamientos y conceptos tácticos. Fue él quien convirtió a Arsenal en una potencia. Implementó el sistema WM, modernizó la preparación física y entendió que un club grande también debía construir una identidad visual y cultural. Las mangas blancas, los números en las camisetas y hasta una estación del metro con el nombre del club nacieron en esa época.

Chapman construyó un Arsenal dominante. Ganó ligas, FA Cups y transformó Highbury en uno de los templos del fútbol inglés. Su muerte repentina en 1934, producto de una neumonía, dejó una sensación extraña: el arquitecto se había ido justo cuando el imperio empezaba a levantarse.

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Aun así, el club siguió ganando. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, perdió jugadores en combate y soportó años de crisis económica, pero volvió a levantarse. Con Tom Whittaker alcanzó nuevos títulos y se convirtió, durante un tiempo, en el equipo más exitoso de Inglaterra.

Después llegaron décadas mucho más complejas. Arsenal pasó largos periodos atrapado en la mediocridad. Hubo finales perdidas, proyectos fallidos y temporadas grises. Hasta que apareció otro técnico fundamental: George Graham.

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Con Graham, Arsenal se volvió un equipo ferozmente competitivo. Menos romántico quizá, pero tremendamente efectivo. La famosa línea defensiva de Tony Adams, Lee Dixon, Nigel Winterburn y Steve Bould marcó una era. El título de 1989, ganado en Anfield con un gol agónico frente al Liverpool FC, todavía es recordado como uno de los desenlaces más dramáticos en la historia de la liga inglesa.

Sin embargo, el gran renacimiento global llegó en 1996 con Arsène Wenger.

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Wenger, el hombre que le dio otro estatus al Arsenal

El francés no solo cambió al Arsenal. Cambió la Premier League. Introdujo nuevas metodologías, revolucionó la nutrición, modernizó la preparación física y apostó por un fútbol ofensivo que hizo del club uno de los equipos más admirados de Europa. Con jugadores como Patrick Vieira, Dennis Bergkamp y Thierry Henry, Arsenal alcanzó una dimensión estética extraordinaria.

Y entonces aparecieron los Invincibles. La temporada 2003-04 sigue siendo una de las obras más perfectas del fútbol inglés. Arsenal ganó la Premier League sin perder un solo partido. Ningún equipo había hecho algo semejante en la era moderna. Fue un equipo brillante, agresivo, elegante y dominante. Un equipo que parecía destinado a conquistar Europa.

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Por eso dolió tanto París 2006. Aquella final contra Barcelona representaba la oportunidad definitiva. Arsenal se adelantó incluso jugando con diez hombres tras la expulsión de Jens Lehmann. Resistió durante más de una hora. Peleó como si estuviera defendiendo algo más grande que un resultado. Pero Samuel Eto’o y Juliano Belletti destruyeron el sueño en los minutos finales. Wenger nunca volvió a estar tan cerca de ganar la Champions.

Después de eso comenzó un periodo extraño. Arsenal seguía jugando bien, seguía produciendo talento y clasificando a Europa, pero empezó a sentirse lejos de la élite continental. La mudanza al Emirates generó restricciones económicas, el club perdió figuras constantemente y aparecieron nuevas potencias respaldadas por fortunas inmensas.

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Mientras Manchester City, Chelsea y otros nuevos gigantes acumulaban títulos, Arsenal parecía atrapado entre la nostalgia y la transición. Wenger terminó marchándose en 2018 y el club entró en una crisis de identidad. Hubo proyectos fallidos, temporadas decepcionantes y hasta campañas sin competiciones europeas.

La irrupción de Mikel Arteta.

Exjugador, excapitán y discípulo de Pep Guardiola, Mikel Arteta apareció cuando el club más lo necesitaba y asumió el cargo en medio del caos. Al principio parecía una apuesta demasiado arriesgada para un club tan golpeado. Arsenal vivió momentos durísimos y la presión sobre el entrenador fue enorme. Sin embargo, el español resistió.

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Arteta celebra con su estrella, Bukayo Saka, la clasificación a la final de la Champions.
Foto: EFE - NEIL HALL

Construyó desde abajo. Apostó por jóvenes como Bukayo Saka, Martin Ødegaard y William Saliba. Recuperó la conexión emocional con la grada. Volvió a convertir al Arsenal en un equipo reconocible. Uno valiente, agresivo y moderno.

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La Premier todavía se le ha escapado, muchas veces frente al monstruoso City de Guardiola. Pero esta temporada algo parece distinto. Arsenal volvió a competir de verdad. Volvió a transmitir la sensación de grandeza.

Y por eso la victoria frente al Atlético tuvo un peso simbólico enorme. Porque no fue solo un triunfo táctico o una clasificación. Fue una reivindicación histórica. El regreso definitivo de uno de los clubes más importantes del fútbol inglés a la conversación europea.

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Veinte años después de París, Arsenal vuelve a una final de Champions League. Y quizás eso explique la emoción desbordada en el Emirates. No celebraban solo un resultado. Celebraban haber sobrevivido a dos décadas de dudas, caídas y reconstrucciones. Celebraban volver a sentirse un grande de Europa.

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