Este jueves 30 de octubre, Diego Armando Maradona habría cumplido 65 años. Y aunque su cuerpo descansa desde aquel 25 de noviembre de 2020, su sombra sigue viva en los potreros y las canchas de barrio de ciudades de todo el mundo.
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Desde luego donde su huella fue más grande fue en las calles de Nápoles y Buenos Aires, donde su nombre dejó de ser el de un simple jugador para convertirse en sinónimo de fe. No solo fue un referente deportivo, para algunos trascendió a lo divino.
Esta semana, a modo de homenaje, el Banco Central de Argentina emitió una moneda conmemorativa que recuerda su obra más inmortal: el “Gol del Siglo”, aquel en el que dejó en el camino a medio equipo inglés durante los cuartos de final del Mundial de México 1986.
La moneda de 10 pesos argentinos -no podía ser otro el número- será una edición limitada de 2.500 unidades. No será de uso corriente, sino una pieza de colección y con un valor simbólico que seguramente se convertirá en la obsesión de alguno que otro coleccionista.
La jugada quedó plasmada en el metal. Maradona dejó en el camino a Hoddle, Reid, Sansom, Butcher y Shilton. “Es para llorar, perdónenme. Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste?”, comentó Víctor Hugo Morales en una narración histórica para un momento ídem.
Aquel gol, además de ser una joya deportiva, fue un acto político: el desquite simbólico de un país que apenas cuatro años antes había perdido la guerra de las Malvinas. Para cada argentino no solo fue el gol de la victoria, sino una especie de revancha.
Maradona creció en Villa Fiorito, en un entorno con bastantes limitaciones. La pelota le perteneció desde siempre y dejó destellos de magia por donde pasó, así como también polémicas. Era un personaje complejo, con sus luces y sus sombras.
Eduardo Galeano lo resumió con una frase que hoy parece un epitafio perfecto: “Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Pero los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean”.
Los hinchas que literalmente lo vieron como una deidad fundaron la Iglesia Maradoniana -definida por algunos como una especie de religión paródica- a finales de los años 90. Tienen sus propias escrituras y rezos en referencia a su “D10S”.
En un país como Argentina, que ha hecho del fútbol una identidad, Maradona fue más que un ídolo. Para muchos, era el que desafiaba al poder, el que levantaba la voz contra la FIFA, el que no olvidaba sus raíces. Pero también cayó, se equivocó y perdió contra sus propios fantasmas.
Las polémicas lo persiguieron hasta el final. En Cuba, donde vivió años de rehabilitación, circularon fotos suyas con prostitutas. También le llovieron críticas por posar y apoyar a líderes autoritarios como Fidel Castro, Daniel Ortega y Nicolás Maduro.
En Argentina, enfrentó denuncias por violencia de género y abuso -con pruebas en video que inundaron las redes sociales-. Su relación con las drogas lo destruyó física y mentalmente, hasta el punto de dejarlo aislado, rodeado de asistentes y lejos de quienes más lo amaban.
Fue una leyenda, sí, pero también un hombre contradictorio. Su vida fue una montaña rusa donde la gloria y los días oscuros se encontraban a cada curva. El héroe no está exento de convertirse en un villano. En un mismo cuerpo pueden vivir ambos.
En Maradona se encontraban al mismo tiempo el genio que en México 1986 llevó a Argentina a la cima del mundo, el que fue múltiple campeón con el Napoli, pero también el que, años después, reconocía ante las cámaras que el se equivocó, peor que la pelota no se manchaba.
A los 65 años de su nacimiento, su figura no se disuelve, sino que se multiplica. Su figura es venerada en Nápoles, donde el estadio lleva su nombre. También es el responsable de que muchos nacidos entre los ochenta y noventas se llamen Diego o Armando -o los dos juntos-.
Murió solo en su casa pero lo despidieron millones. Su funeral dejó imágenes como el abrazo entre hinchas de equipos rivales como Boca Juniors y River Plate llorando juntos. Era un símbolo nacional, quien lejos de ser perfecto y con errores en su espalda, unió a todo un país.
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