Alberto García Collado todavía tiene que detenerse un momento para evitar que le tiemble la voz cuando se refiere al éxito de Vicente del Bosque. No hace mucho tiempo que se jubiló después de 49 años dedicado a la cantera del Real Madrid. Disfruta estos días de verano de su casa de Santa Pola (Alicante), una residencia que no es casual porque fue Santa Pola la localidad natal de Santiago Bernabéu, donde nació y adonde acudió a retirarse hasta el final de sus días. Allí hay un monumento dedicado al legendario presidente del Real Madrid. Y a ese lugar se acercó la semana pasada, en plena euforia nacional, para decirle en voz baja: “La que está liando Vicente, don Santiago”.
Para entender adecuadamente las raíces del hombre que ha llevado a España a la conquista de la Copa del Mundo de fútbol se hace necesario bucear en el microcosmos de la escuela que un día creó Bernabéu. Quedan muy pocos representantes en activo de una generación que heredó una forma de hacer las cosas en el Real Madrid bajo una doctrina abiertamente paternalista, muy propia de años de posguerra en un país sometido a una dictadura.
Del Bosque habría terminado su carrera de magisterio de no haber sido futbolista, pero algo de aquella vocación permaneció en él cuando de jugador pasó a ser entrenador y luego director de la escuela de fútbol del club blanco. Algo de ‘viejo profesor’ se desprende todavía de su forma de actuar incluso en circunstancias tan excepcionales como la dirección de un equipo que gana la Copa del Mundo.
Aunque la palabra señorío permanezca en el vocabulario oficial, muchas son las experiencias que demuestran su caída en desuso, su destierro por obsoleto, quizás consecuencia inevitable del fútbol convertido en negocio. Buena parte del claustro de aquella escuela se ha jubilado discretamente, en ocasiones sin mediar palabra de ánimo, pero sin ruido, convertido el adiós en un acto burocrático: la firma de un documento ante un administrativo insensible al papel ha interpretado cada cual durante tanto tiempo. Aquella gente hizo un trabajo artesanal, a pie de campo, de lunes a domingo, desarrollando su memoria para no olvidar el nombre y circunstancias familiares de cualquier chaval que pisara la Ciudad Deportiva, usando fichas manuscritas para documentar el archivo del club.
Vicente del Bosque nace en esa escuela que parece caduca. El Real Madrid fue su universidad. No se puede decir otra cosa de un hombre que ha vivido en la casa blanca desde los 16 años y que no ha tenido otro currículo que una larga estancia de 36 años en el club. Salvo ocho meses en Turquía en una efímera experiencia con el Besitkas y sus dos últimos años como seleccionador nacional, su biografía está teñida de blanco. No conoce otras experiencias. Para lo bueno y para lo malo, sus antecedentes están grabados en esa escuela. Como a tantos otros, su despedida resultó triste: fue despedido en un pasillo, de pie, con prisas. Es Vicente del Bosque quien no se ha movido de su sitio. Como su bigote.
En esa escuela se formó Del Bosque, por eso no hay en su vocabulario palabras disonantes ni un mal gesto en sus actos. Como nadie lo encontró en Luis Molowny, su tutor a todos los efectos. Vicente llegó al club con 16 años procedente de Salamanca. Era hijo y nieto de ferroviarios. De su padre, Fermín, se han hecho algunas referencias a su pasado durante los años previos y posteriores a la Guerra Civil. “La guerra le cogió con 19 años. Fue un producto de su tiempo, pero sobre todo fue un hombre bueno y honesto”, recuerda. “Era un hombre con buenas ideas, pero sobre todo recto y responsable. Nos marcó a todos. Es cierto que en aquellos tiempos podía tener algunas ideas radicales, pero era un hombre tolerante”.
Del Bosque hizo carrera en el Real Madrid, tras jugar cedido en el Córdoba y el Castellón. Fue también internacional, pero no pudo jugar un Mundial. Le habría correspondido hacerlo en el de 1978, en Argentina, pero unos meses antes cayó lesionado. Se recuperó a tiempo, pero Ladislao Kubala, por entonces el seleccionador, no le convocó.
Durante 15 años trabajó como director de la fábrica de jugadores del Real Madrid, fue un empleado dedicado al club desde las 10 de la mañana a las 10 de la noche, viendo jugadores, desplazándose a cualquier localidad para ver partidos de todas las categorías, con jugadores de todas las edades, interesándose por sus familias, procurando memorizar los nombres de todos y cada uno de ellos, como correspondía al estilo de la casa, sufriendo cada vez que un infantil llamado Guti se negaba a firmar la ficha de renovación. Se casó, tuvo tres hijos, perdió a su hermano Fermín.
El nacimiento de su hijo Álvaro con síndrome de Down le afectó, pero con el tiempo se convirtió en un factor que ha contribuido a consolidar sus ideas. Se le ilumina la cara cada vez que se refiere a él: siendo un hombre tan discreto, tan celoso de su intimidad, hay sin embargo un acto de coherencia cuando permite la visibilidad de esa relación padre-hijo: “Creo que es bueno para muchas familias en situación parecida”.
Su trabajo no se limitó a la observación de jugadores y a la búsqueda de talentos. Analizaba los entrenamientos de gente como Miljanic, Boskov, Beenhakker, Toshack, Antic, Floro, Capello, Valdano, Heynckes, Hiddink, todos y cada uno de los entrenadores que han pasado por la casa blanca. De cada uno debió sacar sus conclusiones, hasta que le llegó su hora después de alguna que otra aparición como interino: el banquillo del Real Madrid. “Para nosotros era una oportunidad, pero no lo vivimos con angustia”, recuerda Toni Grande, su fiel segundo.
Esa cordialidad que fue tan criticada, esa sencillez que parecía anticuada, es ahora uno de los valores que han despertado el elogio y la admiración hacia su éxito que le acompañó en las cuatro temporadas con el Real: dos Ligas y dos Copas de Europa, además de torneos como la Intercontinental y la Supercopa europea.
Por entonces, año 2000, el equipo se fue llenando de estrellas, aun cuando Del Bosque no acusara problemas de liderazgo dentro del vestuario. Otra cosa era el marketing: el Real Madrid, durante la presidencia de Florentino Pérez, aspiraba a convertirse en un club global, capaz de capturar seguidores en los cinco continentes. Del Bosque no encajaba en esa imagen: no hablaba inglés, no vestía cuellos italianos ni corbatas de seda.
Es evidente que un éxito histórico como la conquista de una Copa del Mundo tiende a magnificar la figura de sus protagonistas, pero los elogios que ha merecido Del Bosque van más allá de sus decisiones técnicas. Cómo cambia la estética en el fútbol: en tiempos difíciles, y tras el éxito en Sudáfrica, se impone por un momento la moda Del Bosque. La línea recta.