La pelota rodaba en el Olímpico de Múnich para una nueva temporada de la Bundesliga alemana. En un inicio de campaña como este, pero hace más de 30 años, Bayern llegaba con caras nuevas en la nómina. Nombres que tenían la obligación de rendir de inmediato. Uno de ellos era un delantero oriundo de Buenaventura que, en apenas siete minutos, asistió a Markus Schupp para romper el cero contra Friburgo. Era la primera fecha del ciclo 1993-1994 y Adolfo “El Tren” Valencia apenas estaba comenzando su aventura europea.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta?
A los 14 llegó su primer gol tras controlar de derecha dentro del área, eludir a un rival y soltar un fuerte remate que solo la red pudo contener. Después, a los 24, Marcel Witeczek filtró una pelota que el vallecaucano convirtió en un remate cruzado que pasó entre las piernas del golero Jörg Schmadtke para el 3-0 parcial. En Múnich, el sol les pegaba de lleno a los miles de hinchas, quienes entendieron rápidamente que el Tren había llegado a tiempo.
La puntualidad es una forma de vida en Alemania. Valencia tuvo que aprenderlo desde su llegada. Los horarios, la disciplina y la organización formaban parte de un mundo distinto al que estaba acostumbrado en Colombia. Sin embargo, no tardó en acomodarse. Si el fútbol europeo era una estación desconocida, entendió que primero debía aprender a leer el reloj.
Uno de los primeros en ayudarlo fue Jorginho, lateral brasileño del gigante bávaro por aquel entonces. Valencia, en diálogo con este diario, lo definió como el mejor amigo que tuvo durante su paso por Alemania. Fue quien le mostró la ciudad, le explicó la dinámica del club y lo acercó a su nueva rutina.
El otro apoyo estaba más cerca de lo que parecía. Valencia habla de su entonces pareja Nelcy Arrechea, con quien tuvo a su hijo José, que también fue futbolista. Ella fue una figura fundamental durante su experiencia bávara. Organizada y preparada, se convirtió en una especie de guía. Mientras el delantero se concentraba en entrenar y competir, ella ayudaba a que todo lo demás permaneciera en orden.
Dentro del Bayern también tuvo que aprender a hacerse entender. Cristina, la traductora, fue su primera intermediaria con aquel universo de alemán cerrado y los vestuarios llenos de figuras. Después llegó un profesor brasileño. Valencia no pretendía convertirse en políglota, pero sabía que con aprender lo suficiente le iba a alcanzar para vivir y, sobre todo, jugar a la pelota.
Así aparecieron palabras que todavía recuerda. “Guten Morgen” para llegar a los entrenamientos y saludar por la mañana. “Komm hier”, para pedir la pelota dentro de la cancha. El idioma comenzó a reducirse a lo esencial.
No obstante, había otro idioma que Valencia debía aprender, uno mucho más importante que el alemán: el que hablaba Franz Beckenbauer, quien asumió la dirección del equipo tras la salida de Erich Ribbeck. El Kaiser, convertido entonces en entrenador, observó al delantero colombiano y le dio una instrucción sencilla que potenció su juego. “Me decía que cuando le diera el balón a cualquier compañero, buscara los espacios, y que no me quedara parado, que cuidara la marca. Y eso comencé yo a hacer. Me sirvió mucho, porque tocaba, buscaba el espacio y ahí me acostumbré prácticamente a moverme sin balón”.
Valencia recuerda que antes esperaba con mayor frecuencia el balón en los pies. Beckenbauer le pidió otra cosa y el colombiano, al hacerlo, encontró una nueva dimensión de su juego. Dejó de esperar el tren y empezó, él mismo, a conducirlo.
“Beckenbauer le dijo a Cristina: ‘Dile a Adolfo que él es un jugador muy importante, que al cuerpo técnico le gusta’. Y de entrada, pues, comenzaron a darme ese cariño para que yo me sintiera bien”, recuerda Valencia. En un vestuario de jerarquías tan marcadas, aquella confianza fue clave.
Y es que no era un grupo cualquiera. A su lado estaba por ejemplo Lothar Matthäus, una de las grandes leyendas del Bayern y del fútbol alemán, campeón del mundo en 1990. También compartió camerino con Bruno Labbadia, Christian Ziege y el joven talento de Mehmet Scholl.
Su amigo Jorginho, además, representaba otra referencia sudamericana dentro del grupo. El brasileño, quien más adelante sería campeón del mundo en 1994, ayudó a que la distancia entre Buenaventura y Múnich se sintiera un poco más corta.
Bayern era una mezcla de campeones, figuras consolidadas y futbolistas que comenzaban a construir su propio nombre. Y eso ayuda a dimensionar lo que significó la llegada de Valencia. Ya era entonces un gigante europeo, un club acostumbrado a reunir futbolistas de élite y a medir cada incorporación con la vara de sus propias exigencias. Llegar era una hazaña, pero ganarse un lugar entre aquellos nombres, una demostración todavía mayor. Un delantero puede llegar con prestigio, con goles o con una buena historia detrás, pero después debe mirar a los lados y descubrir que quienes compiten por el mismo puesto también pertenecen a la élite.
Su camino hacia Alemania había comenzado, precisamente, gracias a la selección colombiana. En un amistoso contra Francia disputado en Martinica, Valencia tuvo la oportunidad de jugar después de la lesión de un compañero. Aquella tarde atrapó la atención de los bávaros.
“En ese partido estaban jugando el Tino Asprilla y Antony de Ávila, que se lesionó. Yo le dije a Pacho Maturana que quería jugar y le ganamos a Francia 3-1, con tres goles míos. Ahí es donde ellos muestran el interés. Me dijeron que si estaba a la orden y siempre les dije que sí.”
La selección era entonces una de las grandes vitrinas para los futbolistas sudamericanos. No existían las mismas redes de seguimiento, las plataformas de datos ni la exposición permanente del fútbol actual. Un partido internacional podía convertirse en una puerta y el Tren la abrió a punta de goles.
“Cuando uno escucha ‘Bayern Múnich’, pues uno sabe que es uno de los clubes más organizados de Europa. Lo tenía bien claro, era un seguidor desde la época en la que estaba, precisamente, Beckenbauer”, recordó Valencia, hoy de 58 años. Los directivos de Santa Fe se reunieron con los del Bayern y se fue.
En la Bundesliga disputó 25 partidos y marcó 11 goles, una cifra que lo dejó, junto con Mehmet Scholl, como máximo anotador del Bayern en el campeonato. Sus tantos, sin exagerar, permitieron que el conjunto bávaro saliera campeón con 44 puntos, apenas uno más que Kaiserslautern. Y si contamos también la DFB Pokal y la Copa de la UEFA, Valencia disputó esa temporada 31 partidos y firmó 13 dianas en total.
Su experiencia, sin embargo, no fue prolongada. Valencia explica que el problema no estuvo en el idioma, el clima, la ciudad ni la adaptación. La ruptura llegó por un asunto tributario. Según su relato, inicialmente le dijeron que no tendría que asumir determinados impuestos, pero al final recibió una cuenta que rondaba los USD $ 300.000.
“¿Cómo iba a tener problemas de adaptación si toda mi vida he vivido en Bogotá? La gente habla demasiado. La gente del Bayern nunca quiso que me fuera. La decisión la tomé yo”, explica. Los directivos intentaron convencerlo de esperar, pero Valencia ya había tomado la determinación de marcharse y continuó su carrera en el Atlético de Madrid.
Sin embargo, con la perspectiva que entregan los años, el propio Valencia reconoce que su etapa bávara representó su punto más alto a nivel de clubes. “En Múnich me conocen primero por mis goles, y segundo, porque fui campeón para esta institución. Hay un recuerdo. Ellos dicen: ‘este colombiano llegó aquí, levantó la copa con nosotros, fue campeón’”.
Esas memorias parecen haber resistido el paso del tiempo. Hace unos años regresó a la ciudad, se reencontró con viejos conocidos y fue recibido con afecto. Le regalaron una sudadera, unos guayos y lo invitaron a comer. Más que los objetos, quedó la sensación de que aquella historia no había sido olvidada.
Valencia, además, había llegado a Alemania en un momento de plenitud. Era de los importantes en la selección colombiana y su estado físico acompañaba el momento deportivo. Siendo jugador del conjunto muniqués anotó en aquel histórico 5-0 sobre Argentina en Buenos Aires. El Mundial de Estados Unidos 1994 no dejó el recuerdo que la tricolor esperaba. Sin embargo, el Tren fue uno de los puntos altos del combinado nacional y marcó dos goles en el torneo.
Su paso por el Bayern también abrió una puerta. Después llegarían otros colombianos a Múnich y a otras instituciones alemanas. James Rodríguez, por ejemplo, también vestiría la camiseta bávara y celebraría títulos entre 2017 y 2019. En 2025 apareció Luis Díaz.
Valencia siempre creyó que el guajiro tenía el talento para hacerlo. “Era un jugador que tenía toda la capacidad y todas las condiciones del mundo para llegar a Múnich y triunfar. A él le va bien porque cuando uno abre la puerta para un compatriota, todo el mundo está a la expectativa de que a ese jugador le vaya bien”.
Próxima estación: Lucho
Los caminos de Adolfo Valencia y Luis Díaz comenzaron desde puntos distintos, aunque terminaron en la misma estación. El Tren llamó la atención del Bayern Múnich gracias, principalmente, a lo que hacía con la selección. Lucho, en cambio, llegó después de pasos exitosos por Porto y Liverpool.
Los contextos cambiaron, pero la exigencia no. En los años noventa, Valencia tuvo que competir junto a Matthäus, Scholl, Ziege y otros futbolistas de talla mundial. Díaz encontró una plantilla diferente, aunque igual de exigente, con Harry Kane y Michael Olise, entre otras figuras que lo obligan a ganarse el puesto durante cada entrenamiento.
La primera coincidencia importante llegó rápido: ambos fueron campeones en su primera temporada. También James Rodríguez levantó la Bundesliga durante su paso por el Bayern. La diferencia está en que el club actual ha ampliado, en muchos sentidos, la brecha respecto a sus perseguidores domésticos.
Díaz, así como el Tren en su momento, respondió de inmediato. En la temporada 2025-2026 disputó 32 partidos de Bundesliga, marcó 15 goles y repartió cinco asistencias; además sumó tres goles en seis partidos de Copa y siete tantos en 12 apariciones de Champions League.
Su impacto fue una de las razones por las que Bayern completó una temporada local perfecta: comenzó conquistando la “Supercopa Franz Beckenbauer”, luego ganó la Bundesliga y terminó levantando también la Copa de Alemania. El sueño europeo estuvo a punto de convertirse en algo todavía más grande, pero Paris Saint-Germain lo detuvo en semifinales.
Para Vincent Kompany, el colombiano se convirtió rápidamente en una pieza importante de un proyecto que no piensa únicamente en dominar Alemania. Bayern invierte para competir por Europa y la Champions sigue siendo el trofeo que marca la verdadera dimensión de sus ambiciones.
La nueva temporada comenzó con otro título. Bayern defendió la Supercopa al vencer 2-1 al Borussia Dortmund y confirmó que la ambición sigue intacta. El reto que viene no es pequeño, pero tampoco lo era para Valencia cuando descendió del avión en 1993 sin experiencia previa en las grandes ligas europeas.
Más de 30 años separan a aquellos dos colombianos, pero hay una imagen que los conecta: la de un futbolista llegando a uno de los clubes más grandes del mundo y teniendo que demostrar, sin importar el precio del fichaje ni la historia que traiga detrás, que merece permanecer en la cancha.
🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador
Manténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE. Estamos en 📷 Instagram 📹 Tik Tok y 📱Facebook