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F.C. Barcelona: cuando el fútbol también es político

El clásico que se jugó en la tarde de hoy contra el Real Madrid en el Camp Nou estuvo atravesado por las manifestaciones de quienes apoyan el independentismo catalán. Varios antecedentes sugieren que el fútbol ha sido un vehículo de protesta en esta región.

18 de diciembre de 2019 - 09:23 p. m.
A los alrededores del Camp Nou se llevaron a cabo varias protestas que impidieron la salida de algunos hinchas que estaban en el estadio asistiendo al clásico contra Real Madrid. / EFE
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El Camp Nou y sus alrededores fueron calderas. Los condimentos no estaban en el clásico, estaban en los ánimos de quienes siguen defendiendo el movimiento independentista en Cataluña. 

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El fútbol ha cargado desde hace tiempo con el contexto político y social de la ciudad en donde se juega. Hay jugadores que se han hecho activistas, como Garrincha en Brasil, y hay hinchadas que olvidan la rivalidad y se unen para causas más grandes, como lo hicieron hace poco las barras de la Universidad de Chile y de Colo Colo para manifestarse en contra del gobierno de Sebastián Piñera. 

Hace dos años llegué a Barcelona con la única esperanza de caminar por las gradas del mítico Camp Nou. Era un dos de octubre. El plebiscito por la independencia acababa de suceder. En los edificios no se veían ventanas sino banderas catalanas. No eran los vidrios transparentes que permiten ver un resquicio de la intimidad o cotidianidad de los anónimos, eran los colores de un pueblo que lleva años buscando o reafirmando su identidad. Ya el día estaba por terminar. Al día siguiente la orden del día comenzaría con la visita al estadio ubicado en el distrito Les Corts e inaugurado en 1957.

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Llegué a las 9:00 de la mañana en compañía de mi abuela. En el restaurante donde desayunamos previamente dos hombres discutieron sobre la independencia de Cataluña. Cada uno representaba las dos corrientes: quienes apoyan la separación de España y quienes la critican. Uno hablaba en nombre del porvenir, el otro hablaba que la mayoría de catalanes tenía familia en otros sectores del país, que había que pensar en ellos, que no era correcto perjudicar a quienes contaban con sus seres queridos en otras ciudades. 

El taxista que nos llevó habló de la mala fama del catalán, del supuesto arribismo que muchos demostraban al no hablar en español con quienes son extranjeros en su aldea. Habló de una situación crítica, de una realidad que lleva no solo estos años sino varias décadas. 

A la entrada del estadio había un aviso que decía que el F.C. Barcelona apoyaba las protestas de la ciudadanía, y que por esa razón cancelaba sus actividades a nivel institucional. Era el último día en la ciudad. Sabía que pasarían años para volver y que la oportunidad se escapaba de las manos sin poder hacer nada para aprovecharla. La desazón duró un par de segundos, pues muchos hinchas, muchos seguidores, añoramos que nuestros clubes, nuestros referentes se pronuncien y no sean indiferentes al contexto que los rodea, a una realidad que también los permea. 

No se exige que la institución tome una postura, no se exige que enarbolen las banderas de un partido o de un movimiento. Sin embargo, la política es algo que cobija todo los contextos, y el fútbol, un vehículo de masas, no ha sido ni será la excepción. Habría que recordar que Mussollini hizo de la selección de Italia uno de sus estandartes, pues el fascismo se nutre de la fuerza física y la gloria de sus deportistas para acrecentar la percepción de poder y hegemonía. «Vencer o morir», fue la famosa frase que perduró, pero que en su momento fue una sentencia para los jugadores.

El Barcelona lleva en su escudo los colores de la bandera catalana. Más que ser un medio para los discursos independentistas, ha sido un símbolo de la región para unir en tiempos de represión, de erradicación de la cultura y de confusiones. 

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“Creo que de mí no se puede dudar, llevo en la selección española desde los 16 años creo, más de 11 años jugando en la selección, nunca he fallado, siempre lo he dado todo, intentando dejar la piel en cada partido. Otra cosa bien distinta es sentirme catalán, ir a la Diada de Cataluña, estar a favor de la consulta porque creo que es algo democrático, algo que tiene que suceder, porque al final la gente tiene que tener su derecho a poder votar», afirmaba Gerard Piqué, defensa central y capitán de Barcelona que, desde hace años, ha generado controversia por este tipo de opiniones en los que ha expresado su apoyo al movimiento independentista. 

Más allá del apoyo del jugador y de personas como Pep Guardiola, referente del club catalán que también manifestó desde Inglaterra su apoyo a la independencia, a Barcelona lo recuerdan como un estandarte de la idiosincrasia catalana por su influencia en la preservación del lenguaje y de las tradiciones de esta región en la época de la dictadura española en cabeza del general Franco. 

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El franquismo amenazaba con la desaparición de la identidad catalana a principios de la década de 1970. La lengua del territorio era murmurada, padecía de los silencios y de una especie de colonización que pretendía jerarquizar el idioma español como el único válido en el país. La vulnerabilidad de la cultura era cada vez mayor, pues la infiltración del lenguaje es el comienzo para erradicar una comunidad. Dentro del Camp Nou, recinto y templo del Fútbol Club Barcelona, se escuchó en 1972 un anuncio en los altoparlantes  realizado por Manel Vich en el que se decía en catalán que un niño se había perdido. El anuncio era falso. Era un gesto de resistencia en el que se quiso demostrar que la lengua del pueblo no debía ser censurada. Todo se trató de una acción contestataria hacia el gobierno del general Franco, una forma de demostrar que el deporte es otro lugar para enunciar las diferencias, para reafirmar en este caso en particular el lema de Barcelona: ser «más que un club». 

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