Barcelona vivió una de sus semanas más intensas y contradictorias de los últimos años. Todavía golpeado por la eliminación europea frente al Inter de Milán, el equipo catalán se reencontró con su mejor versión para vencer 4-3 al Real Madrid en un clásico vibrante que selló su dominio absoluto sobre su eterno rival en la temporada. Cuatro duelos jugados, cuatro triunfos; todos con tintes de superioridad futbolística. El equipo de Hansi Flick, en su primer año al mando, no solo recuperó resultados, sino algo mucho más profundo: la identidad.
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La reconstrucción que lideró el alemán se basó en una combinación precisa entre lo heredado y lo reconfigurado. El estratega tomó el legado de Xavi Hernández, quien apostó por un proyecto joven, arraigado en la cantera, y le dio un matiz competitivo que parecía perdido en los últimos años. Lamine Yamal, Pedri, Alejandro Baldé, Pau Cubarsí, Gavi, Marc Casadó y Fermín López se consolidaron y fueron protagonistas en una temporada marcada por la frescura, la valentía y la convicción ofensiva. A ellos se sumaron piezas fundamentales como Rapinha, De Jong, Koundé y Robert Lewandowski, para formar un plantel versátil, capaz de combinar el vértigo con la pausa y el toque con la verticalidad.
El clásico contra el Madrid fue el espejo perfecto de esta versión de Barcelona: brillante en ataque, frágil en defensa. Tras un 0-2 en contra, los catalanes remontaron con una autoridad que recordó a sus mejores épocas. Yamal brilló como generador de juego, Rapinha fue un puñal por banda y Pedri, cuando apareció, volvió a dar lecciones de lectura de juego. Pero, así como deslumbró en ofensiva, el equipo volvió a sufrir atrás. El hat trick de Mbappé y las ocasiones claras que falló el merengue en el cierre evidenciaron el desequilibrio estructural que impidió a los de Flick aspirar a la gloria total en Europa.
Esa contradicción entre la belleza y el vértigo, entre la euforia y la fragilidad ha sido una constante en la campaña del Barça. Aun así, la temporada merece calificarse de magnífica. No solo por haber recuperado una idea de juego, sino por haberla llevado a resultados concretos: campeones de Supercopa, campeones de Copa del Rey y a un paso de ganar LaLiga. Para lograr el doblete doméstico (pues la Supercopa cuenta para la campaña anterior), solo les falta un triunfo contra Espanyol, en el otro clásico catalán. Una corona que parecía lejana a comienzos de temporada, cuando el club aún lidiaba con sus crisis internas, sus limitaciones económicas y la salida de Xavi.
El mérito de Flick, en ese sentido, ha sido doble: potenció lo que ya existía y le dio al equipo una competitividad que hacía tiempo no se veía. Hizo del Barça un conjunto que ataca con alegría y coraje, que no se resigna ni en sus peores momentos, y que volvió a ilusionar a su afición con una propuesta basada en el talento joven y el fútbol ofensivo. En otras palabras, volvió a construir un Barcelona reconocible.
Quedan tareas pendientes, como reforzar la línea defensiva, mejorar la transición tras pérdida y dotar al equipo de una mayor consistencia. Sin embargo, el camino iniciado es prometedor. Flick no solo le devolvió a Barcelona al lugar de los títulos: lo devolvió a su lugar en el imaginario futbolístico mundial; el que lo identifica con el buen juego, la valentía, la cantera y la búsqueda incesante del gol. En medio de una era marcada por el pragmatismo, Barcelona volvió a ser Barcelona.
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