De 10 a 10. No es poco. Y no lo es también por la edad que tiene Jorge Carrascal. Marcelo Gallardo, ese nombre que ya es mito y leyenda, que se ubica en el Olimpo de River Plate, le dio la confianza este semestre al volante colombiano de llevar ese dorsal en su espalda. Una gran responsabilidad, no solo por lo que representa ese número en sí, sino también por la historia que hay detrás, por quienes lo han vestido y se han hecho acreedores de fintas, pases precisos y un liderazgo que no todos poseen para ser la cabeza de la creatividad y de la magia.
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No es el primer colombiano en vestir el 10 en River Plate. Ya lo hizo Juan Fernando Quintero hace dos años. Y lo hizo también con altura y se la ganó con merecimiento. Se la heredó al Pity Martínez, después de que ambos fueran figuras en la final de la Copa Libertadores 2018 contra Boca Juniors. ‘Juanfer’ marcó un gol de antología y asistió al argentino para el tanto definitivo. Y ya con ese número anhelado en su espalda pintó varias anotaciones que obligaban a quienes las vieron a pronunciar la palabra “crack”. Hacer de lo aparentemente imposible algo posible. Pelotas a los ángulos más impensados y jugadas que solo él veía. Justo merecedor de la 10.
Quintero se fue y Nacho Fernández se quedó con ella. Flaco, sin mayores destellos y gambetas. La genialidad de hacer que lo simple sea lo bello y lo complejo. Una mirada en alto que bastaba para poner el balón como con la mano. Recibir la pelota, darse la vuelta y hallar la asistencia precisa, o enlazar la combinación ideal. Ahora Nacho se fue a Brasil, y podía ser Palavecino, que era el 10 de Cali, pero a Gallardo difícilmente se le puede cuestionar algo, pues por lo general a corto o largo plazo el fútbol le da la razón. Y con las manos a la altura de los hombros levantó la camiseta con el número soñado y se la entregó a Jorge Carrascal.
Joven y en un proceso que parece corresponder a su hidalguía. Joven e ingenuo como todos los que estamos en esta etapa de la vida y creemos que esta condición es una virtud, cuando apenas es un peldaño más en una serie de caminos borrascosos donde hay que tener paciencia para hacernos sabios, para hacernos equilibrados. Y tal vez llevar la 10 lo obligará a eso, a verse en los espejos del Beto Alonso, del Burrito Ortega o del mismo Gallardo. Verse en ellos, y no pretender que porque viste esa camiseta ya es como ellos, o podrá ser como ellos. El lado bueno del ego le dirá que puede ser mejor, pero para ser mejor hay que convencerse de trabajar en ello desde la humildad, desde la convicción y no desde la prepotencia, porque es muy fácil atravesar esa frontera invisible entre sentirse convencido y sentirse inmortal.
Tendrá que aprender mucho, dejarse guiar de Gallardo, de Francescoli; tendrá que ver los partidos de Pablo Aimar, volver de nuevo al Beto y a los que entendieron que llevar la 10 no es sinónimo de ser estrella sino de ser líder, de ser capaz de decidir bien en el momento justo, y decidir bien en el momento justo es no hacer una finta de más, no jugar de primera si las circunstancias no aseguran ese movimiento, no exagerar en la posesión de balón, pero también es pensar en lo impensable, en llevar siempre un as bajo el botín y sorprender al rival. No importará si juega 90 o 10 minutos, lo que juegue deberá ser pensando en el colectivo al que pertenece y recordando siempre que llevar la 10 en River es homenajear a quienes la enaltecieron y dar el ejemplo de quienes la pretenden.