El 2 de octubre de 2019, tres semanas después de llegar a Barcelona, me dirigí al Camp Nou para ver el primer partido de la Liga de Campeones que se jugaba en casa durante la temporada. Recuerdo ver el metro lleno de hinchas del Inter de Milán, el primer equipo visitante. Cantaron una canción típica de los ultras, grupos organizados de aficionados que siguen al equipo en todas sus correrías, en la que ‘forza nerazzurri’ eran las únicas palabras que entendía. Apenas nos podíamos mover debido a la gran cantidad de gente que iba en el tren, pero los italianos se las arreglaron para saltar durante todo el trayecto y pegar stickers del Internazionale en todos los vagones. En ese momento, nunca se me cruzó por la mente que las cosas serían totalmente diferentes casi un año después.
El enfrentamiento de octavos de final contra el Napoli del pasado sábado traía nuevamente a un rival italiano, y el partido también se jugaba en casa. Sin embargo, ya no había hinchas en el metro, ni una algarabía intensa de camino al estadio. En vez de ello, el panorama que traía de regreso a la competencia de clubes más importante a nivel europeo tras la pandemia del COVID-19 era similar al de un pueblo fantasma. Los alrededores del estadio estaban desolados, y tan solo una cuadra detrás del Camp Nou, en la Travessera de Les Corts, los comercios estaban totalmente cerrados. Ni restaurantes ni bares estaban disponibles para que aquellos interesados en seguir al equipo local pudieran hacerlo.
A tan solo unos metros del estadio había una sola tienda dedicada exclusivamente al equipamiento del FC Barcelona abierta al público. El mostrador estaba repleto de camisetas y bufandas que costaban entre 15 y 20 euros, e incluso contaba con mugs, bolígrafos y hasta juguetes con la figura de Messi y Suárez a la vista de todos los clientes. Sin embargo, yo era el único en ese momento. Intenté tomar una fotografía del lugar, pero Abdul, el dueño del establecimiento, me lo impidió sin siquiera moverse de su silla. Se le notaba desanimado, y tenía razones de peso.
“No importa si es un partido de Liga o de Champions. Los tres días anteriores al juego, los locales alrededor del Camp Nou se mantienen llenos. Ahora, con el estadio cerrado al público, nadie viene, ni siquiera el día del juego. No hemos vendido prácticamente nada después de la cuarentena”, comentó.
Salí de la tienda de Abdul y crucé la acera para ver de cerca el Camp Nou, ubicado en la calle Aristides Maillol, al oeste de Barcelona. Por un breve instante, volví a recordar el juego de hace un año. Mientras que en ese entonces las tiendas de souvenirs ubicadas en la entrada estaban a tope, en la previa del juego contra Napoli no había nadie dispuesto a vender camisetas del equipo, pese a que el estadio seguía abierto para visitas del público hasta las 4:00 p.m., aunque sin atracciones como la pista de hielo o el museo, inhabilitadas desde que llegó la pandemia.
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Ni siquiera había espacio para una cerveza, pues el bar dispuesto para los hinchas en la entrada trasera del estadio también estaba cerrado, aunque ahora contaba con un dispensador de gel antibacterial justo al frente del mismo, acompañado de instrucciones para un acceso seguro y que posiblemente permanecerá allí por mucho tiempo después de la reapertura al público en los partidos de la siguiente temporada, si se logra el objetivo para entonces.
Desanimado, decidí dejar los alrededores del estadio y buscar un bar para ver el partido. Ante el panorama que acababa de ver, y por no llevarme sorpresas, acudí al Paseo de Gracia, la avenida más famosa de Cataluña, y entré al ‘Level’, sitio al que iba con mis compañeros de máster después de clases. Como ya me conocían, me sirvieron una cerveza y unas patatas bravas nada más al llegar, una combinación que siempre pedíamos cuando de ver fútbol se trataba.
Al llegar faltaban pocos minutos para que el Napoli hiciera el saque en el Camp Nou, y el bar no contaba con muchos hinchas dentro. El panorama era muy diferente al del partido de cuartos de final de Copa del Rey, el último que vi aquí antes de la pandemia, en el que Barcelona enfrentó al Athletic Club de Bilbao. Aquel día no cabía gente ni en la barra ni en las mesas, el ruido de los comensales no dejaba escuchar las apreciaciones de los comentaristas y los gritos en el gol de Iñaki Williams amenazaban con reventar los tímpanos de mis oídos.
En esta ocasión, los goles de Clément Lenglet, Lionel Messi y Luis Suárez fueron celebrados con tibios aplausos, el bar casi vacío y los pocos hinchas que veían el juego no parecían muy contentos. Ninguno tenía puesta la camiseta blaugrana y a duras penas prestaban atención a lo que pasaba en el campo. Tanto así que no se oían los reclamos por jugadas controversiales, ni siquiera en los goles anulados a ambos equipos ni en las acciones que llevaron a los penaltis al final del primer tiempo.
“La verdad es que ha bajado mucho la faena, y no solo en nuestro bar, sino en todos los de Barcelona. Ahora en el verano mucha gente está de vacaciones, entonces la ciudad está más vacía y casi no viene nadie, pero otras personas que están aquí y suelen veraquí los juegos no lo hacen por miedo a contagiarse, o porque no tienen dinero después de la crisis que trajo la cuarentena”, mencionó Loan, una de las administradoras del bar.
No me sorprendieron mucho sus hipótesis luego de hablar con Sebastiano, compañero del máster, pero italiano y nacido en Nápoles, quien tenía un plan para disfrutar el partido de acuerdo con el ambiente de la temporada de vacaciones europea: una casa de verano en la playa y cena compuesta por pescado, muchas botellas de vino y aguardiente artesanal que preparó uno de sus tíos. “No sé quién va a ganar. Es muy difícil por el Napoli, pero con un montón de comida y de alcohol vamos a soñar esa victoria”, aseguró eufórico.
Luego del resultado, que puso al Barcelona nuevamente en cuartos de final, el ánimo de Sebastiano pasó a tristeza por ver a su equipo y al del portero David Ospina fuera de la competencia, aunque ese no fue el único factor que contribuyó a su desánimo. “Lo he disfrutado muy poco. Sin hinchas la atmósfera es totalmente diferente. Siguen jugando por los millones, pero no hay nada de Champions”, concluyó.
Lo cierto es que el factor económico es un incentivo importante para terminar la competencia si se tiene en cuenta que existe un nuevo sistema de ganancias desde la temporada pasada, en la que los equipos participantes se llevan más de 15 millones de euros solo por estar en la fase de grupos, mientras que los que avancen en cada ronda pueden suponer premios por más de 10 millones de euros al pasar a cuartos, otros 12 millones por alcanzar las semifinales y 15 millones por llegar a la final, que se jugará en Lisboa, al igual que el resto de los juegos que quedan, como en una burbuja, similar a la NBA en Estados Unidos.
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Sin duda era un regreso atípico de la competencia. Si bien cada hincha estaba dispuesto a seguirla, como todos los años, era evidente que no vendría acompañada del júbilo que sienten tanto aficionados como jugadores al escuchar el himno de una Champions que se percibirá más lejana que nunca al alojarse en una misma ciudad durante las siguientes semanas hasta la final que será el 23 de agosto. Sin público y sin emociones, solo queda intentar disfrutar de un fútbol que pasará a la historia, aunque no por las razones deseadas.