Un joven que venía de ser estrella en las selecciones menores, de cabello largo y uniforme más grande que su humanidad. Zurdo él, de 18 años, ocho meses y seis días, el del dorsal 19 y a quien José Néstor Pékeman había elogiado con el apelativo del futuro de la selección de Argentina. Ese 1 de marzo de 2006, Lionel Messi marcó su primer gol con el equipo de mayores en un partido amistoso frente a Croacia en Suiza.
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Más allá del resultado final (3-2 en contra) lo importante fue el capítulo fundacional de quien es el goleador histórico de la Albiceleste. Messi, que por ese entonces llevaba un número diferente del que lo haría leyenda, empezó con una asistencia a Carlos Tévez para el 1-1 parcial y tres minutos después edificó lo que todavía se recuerda.
El rosarino cortó una salida del equipo croata por la banda izquierda, tomó el balón y empezó a encarar hacia adentro para sacar un remate con rosca, al palo más lejano del arquero Stiple Pletikosa. En esa ocasión, a 100 días de la Copa del Mundo, poca mella generó el marcador adverso, sí la actuación del jugador que un año antes había comandado al equipo sub-20 en el título del Mundial de la categoría en los Países Bajos, de quien ya se hablaba por las similitudes con Diego Armando Maradona, también por sus lejanías (introvertido a diferencia del histórico 10).
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“Si bien estoy contento con mi primer gol, todo queda opacado por la derrota. Esperamos seguir trabajando de cara al Mundial”, dijo tras ese partido un Messi que ya daba muestras de que lo colectivo le importaba más que lo individual, y de la humildad que hasta la fecha lo sigue caracterizando.
La prensa argentina lo elogió, como a Pékerman por ubicarlo en la posición en la que jugaba en Barcelona: abierto con posibilidad de enganchar para tomar su perfil y acelerar dejando rivales regados.
“Messi da para que de él se esperen grandes cosas”, escribió el diario Olé antecediendo su presencia en Alemania, su primera Copa del Mundo de mayores y la desazón de más adelante por haberse quedado en el banco de suplentes en el partido de cuartos de final en el que quedaron eliminados a manos del equipo local. Pero eso es y será otra discusión.
Volviendo al 1 de marzo de 2006 y al estadio St. Jakob Park, de Basilea, hay que decir que por la trayectoria de la carrera, o quizá porque así lo buscó, el primero en abrazarlo fue Juan Román Riquelme y después Esteban Cambiasso. Y uno a uno fueron llegando en un apretón colectivo en el que Hernán Crespo, por ese entonces con la cinta de capitán, le frotó la cabeza como el adulto que felicita a un niño por haber hecho algo bien.
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“Hizo un gol y medio. Además fue la alternativa de pase para Riquelme. Es muy clarito. No le pesa para nada la camiseta de Argentina”, apuntó Maradona luego de ese encuentro, pues fue buscado por muchos medios para que diera su impresión de lo que había hecho Messi.
Ahora, una década y media desde ese instante, el 10 de Barcelona es el goleador histórico de su país con 71 anotaciones en 139 partidos. Tiene una final del mundo, un par de Copa América, pero todavía le hace falta el trofeo que le dé tranquilidad a él y a las gentes, porque hablar de reivindicar sería absurdo para un futbolista que durante los 12 últimos años ha sido el mejor del mundo.
La fecha del principio, diría Jorge Luis Borges como en su soneto Ya somos el olvido que seremos, fue escrita ese día. Habrá que esperar por la del término, que en este caso, será cuando el 10 diga no más al darse cuenta que todo ha valido la pena.