La política social en Francia siempre ha estado en turbulencia debido a la innumerable cantidad de inmigrantes que arribaron al país provenientes de África y Arabia. Pero el fútbol también es política y el Mundial de Francia 1998, que celebraron en casa y el primer título mundial de su historia, es la máxima expresión de ello.
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La selección era el retrato de una Francia multiracial. Unos días antes de la cita orbital, el líder ultraderechista Jean-Marie Le Pen caldeó el ambiente quejándose de que los blancos de raza francesa no fueran mayoría en la selección. Ese, también, era el pensamiento de muchos. Aunque para su mala fortuna, ese equipo salió campeón del mundo. Y así llegó el éxtasis en el país galo.
Y en ese momento, el espíritu “Black-Blanc-Beur” (negro, blanco, árabe) surgió como un fenómeno de integración social nunca antes visto en Francia. De hecho, el máximo referente de ese conjunto fue un hombre de origen argelino: Zinedine Zidane. Por unos años, el debate político racial se apagó. Todos fueron hermanos.
Y cuando los resultados dieron la espalda, ese espíritu de unión se fue mermando. El cabezazo de Zidane en el pecho a Marco Materazzi en la final de Alemania 2006, que perdieron ante Italia, prendió la chispa de la bomba que estalló en Sudáfrica 2010, cuando el equipo francés hizo huelga y se negó a entrenar. “Si ganan son los negros, blancos y árabes. Y si pierden son chusma extranjera”, dijo elocuentemente el exfutbolista Eric Cantona.
Hoy por hoy, esa crisis y debate de identidad permanecen latentes. Más tranquilos luego del título de Rusia 2018 con varios futbolistas de distintos orígenes raciales que reactivaron el espítitu Black-Blanc-Beur.
Pero a su vez Marion Maréchal, sobrina de Jean-Marie Le Pen se abre paso en la vida política ultraderecha. Y para varios es mucho más peligrosa que su propio tío.