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Miguel Ángel Russo: la historia de quien convirtió el fútbol en una forma de fe

Desde su debut en Estudiantes hasta las noches de gloria con Boca y Millonarios, Miguel Ángel Russo vivió el fútbol de una manera especial. Su historia es la de un hombre que hizo del trabajo su bandera, incluso cuando la vida le jugó en contra.

09 de octubre de 2025 - 01:01 p. m.
Desde su debut en Estudiantes hasta las noches de gloria con Boca y Millonarios, Miguel Ángel Russo vivió el fútbol de manera especial. Su historia es la de un hombre que hizo del trabajo su bandera, incluso cuando la vida le jugó en contra.
Foto: AFP - ALEJANDRO PAGNI
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Hay despedidas que duelen más porque uno siente que no solo se va una persona, sino una manera de vivir el fútbol. Miguel Ángel Russo, falleció este miércoles a los 69 años, fue eso: un hombre que hizo del trabajo, la serenidad y la pasión, una marca registrada. Su historia, escrita entre las tribunas del viejo estadio de La Plata, Buenos Aires, y los bancos de medio continente, es la del apasionado, que nunca se creyó más que el juego. Un tipo que respiró fútbol hasta el último día.

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Nacido en Lanús en 1956, Russo entendió muy pronto que su vida estaría atada a una pelota. Cuando llegó a Estudiantes de La Plata siendo un adolescente, el destino ya le tenía reservado un lugar de honor en la historia del club. No jugó en otro equipo. No hizo falta. Con la camiseta albirroja disputó 431 partidos oficiales, fue campeón, referente, capitán y símbolo de una generación que recuperó la mística del ‘Pincha’ después de los años gloriosos de Zubeldía.

Su debut fue en 1975, en San Martín de Tucumán. Tenía apenas 19 años y frente a un grupo de hombres formados en la escuela más exigente del fútbol argentino: la de Carlos Salvador Bilardo. El médico fue su maestro y, con el tiempo, su espejo. “Miguel entendía todo”, solía decir el ‘Narigón’. En la cancha, Russo no era el más técnico ni el más vistoso, pero sí el más confiable. Un volante de marca y orden, con una cabeza siempre despierta. En el equipo campeón del Metropolitano de 1982, aquel que unió a Brown, Sabella, Trobbiani y Ponce, su equilibrio fue decisivo.

Bilardo lo llevó a la selección. Jugó 17 partidos, incluso las Eliminatorias rumbo a México 1986. Pero el sueño mundialista se le rompió en la rodilla: una lesión lo dejó afuera del plantel definitivo. Lo esperaron hasta último momento. No alcanzó. Su figurita salió en el álbum, pero no en la lista final. Fue su mayor frustración como futbolista, aunque con los años entendió aquella decisión. “Bilardo tenía razón —dijo después—, hay cosas que solo se entienden del otro lado de la línea.”

Se retiró en 1988, en el mismo club donde había empezado. Y un año más tarde, ya estaba sentado en un banco de suplentes. Tenía 33 años, una mirada firme y una convicción que lo acompañaría por siempre: los equipos se construyen desde la confianza.

El arquitecto de ascensos y equipos

Lanús le abrió la puerta del nuevo capítulo. Llegó en 1989, cuando el club era un velorio tras perder el ascenso. En su primera práctica, había más dirigentes que jugadores. Pero Russo no se achicó. Dos años después, Lanús volvió a Primera. Bajó al poco tiempo, sí, pero también volvió a subir en 1992. La dirigencia lo sostuvo, y él devolvió la fe con trabajo.

Estudiantes, su casa eterna, lo llamó cuando más lo necesitaba: el equipo había descendido y hacía falta un guía. Junto a Eduardo Luján Manera armó un plantel que subió de inmediato, con Verón, Capria y Calderón como jóvenes promesas. Miguel lo logró sin estridencias, con esa calma suya que imponía respeto más por convicción que por gritos.

Luego cruzó la cordillera para dirigir a la Universidad de Chile y meterse entre los cuatro mejores de la Copa Libertadores 1996. Al año siguiente, Rosario Central lo fue a buscar. Allí nacería una historia de amor que atravesó décadas: cinco ciclos, 301 partidos, 118 victorias y un título —la Copa de la Liga 2023— que cerró su vínculo eterno con el Gigante de Arroyito.

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Entre medio, Russo pasó por casi todos los grandes: Vélez, Racing, San Lorenzo, Boca. Con Vélez fue campeón del Clausura 2005 y semifinalista de Sudamericana. Con Boca alcanzó la cima de su carrera: la Copa Libertadores 2007. Ese equipo, con un Riquelme deslumbrante, jugó un fútbol que combinó precisión y carácter. Era la consagración de un técnico que llegó a lo más alto del continente sudor y trabajo.

En 2008 estuvo a punto de ser seleccionador argentino. Todo parecía cerrado hasta que, en cuestión de horas, el cargo terminó en manos de Diego Maradona. “Me dormí siendo el técnico de la selección y me desperté con que ya no lo era”, contó años después. Lo tomó con la dignidad de siempre. Nunca buscó revancha ni rencor.

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Millonarios: su hogar en Colombia

Cuando Miguel Ángel Russo llegó a Bogotá en diciembre de 2016, Millonarios vivía una de esas etapas grises que se arrastran entre frustraciones y promesas incumplidas. El club azul buscaba un rumbo, alguien que devolviera la fe. Russo apareció con su estilo inconfundible: tranquilo, austero y con una frase que se volvió lema desde su presentación: “Lo único que prometo es trabajo.”

Y trabajó. Desde el primer día. No armó un equipo de lujos, sino de obreros. De futbolistas que entendieran que los partidos no se ganan con declaraciones, sino con sacrificio. En el primer semestre de 2017 estuvo a un paso de la final, eliminado con amargura en Medellín por Atlético Nacional.

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Tecnico de Millonarios.
Foto: MAURICIO ALVARADO

En el segundo semestre, Millonarios fue creciendo en silencio. Clasificó cuarto, eliminó a Equidad y luego a América, hasta llegar a una final inédita y electrizante: el clásico capitalino ante Santa Fe. Los rojos venían mejor, con la historia reciente a favor. Ganó 1-0 la ida con gol de Matías de los Santos y en la vuelta resistió como pudo. Santa Fe empató, se agrandó, pero el azul no se rindió. Andrés Cadavid volvió a poner arriba a los suyos y, cuando todo parecía derrumbarse otra vez, Henry Rojas conectó una volea inolvidable al arco norte. Minuto 85. Gol eterno.

Aquel campeonato fue mucho más que una estrella. Fue una historia de resistencia, de coraje, de amor propio. Un mes después, el mismo equipo le regaló otro título: la Superliga 2018, nada menos que en Medellín frente a Nacional, el mismo rival que lo había dejado fuera un año atrás. Miguel no pudo estar en el banco, porque el tratamiento lo tenía a maltraer. Pero sus jugadores levantaron el trofeo pensando en él. “Esto es tuyo, Miguel”, dijo Gottardi, emocionado, mientras la plantilla lo ovacionaba desde el campo.

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Director técnico argentino, que dirige a Millonarios, durante el partido de vuelta ante Independiente Santa Fe por la final de la Liga Águila II 2017.
Foto: Óscar Pérez

Poco tiempo después, Russo regresó a Bogotá para agradecer. Se veía frágil, demacrado, pero con la misma mirada firme. En una conferencia que los hinchas aún recuerdan con nudo en la garganta, pronunció una frase que quedó grabada en la historia del club:

“Todo se cura con amor.”

Miguel Ángel Russo

El regreso, la lucha y el legado

Boca lo llamó de nuevo en 2020. El equipo llegaba exigido, River dominaba el fútbol local y el mundo se preparaba para una pandemia. Russo se reencontró con Riquelme y, juntos, conquistaron el campeonato de la Superliga en la última fecha. Fue una alegría inmensa: Boca le arrebató el título a River y cerró un ciclo de revancha emocional. Después llegó la Copa Maradona y, con ella, otro trofeo más para un palmarés que ya sumaba once títulos.

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Su carrera siguió en Arabia Saudita, luego en Cerro Porteño, y otra vez en Rosario Central, donde coronó con el trofeo de 2023. En 2025, pese a un estado de salud deteriorado, aceptó un último desafío: dirigir a Boca en el Mundial de Clubes en Estados Unidos. Cayó en primera ronda, pero su presencia bastó para que todos entendieran lo que lo movía: el amor por el fútbol, incluso por encima del dolor.

Se fue Miguel Ángel Russo. En La Plata, en Rosario, en Bogotá y en la Bombonera, las lágrimas fueron las mismas. Las de quien despide a un hombre que nunca negoció su forma de estar en el fútbol.

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Fue jugador, fue técnico, fue maestro. Y sobre todo, fue coherente. Esa palabra que tan poco se usa y tanto cuesta honrar. Miguel Ángel Russo lo hizo, en cada club, en cada banco, en cada partido. Por eso, cuando el fútbol sudamericano lo despide, no se va solo un entrenador: se apaga una de las últimas luces de una generación que creyó que el trabajo era una forma de amor.

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Por Juan Carlos Becerra

Periodista de la Universidad de Palermo de Argentina. Escribo sobre Tecnología y deportes, especialmente Futbol, Baloncesto y Fútbol Americano. Apasionado por la Música. JuanBecerra24 jbecerra@elespectador.com
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