El miércoles 31 de octubre de 2018 Boca Juniors superó al Palmeiras de Brasil y se clasificó para la final de la Copa Libertadores de América. Un día antes River Plate había eliminado al Gremio. Los dos equipos más grandes del fútbol argentino disputarían entonces, por primera vez en la historia, el título del torneo de clubes más importante del continente.
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Era un duelo sin precedentes, solo comparable con un Barcelona-Real Madrid por la Champions, tal vez con menos audiencia, pero seguramente con muchísima más pasión.
La magnitud del evento hizo que se cambiaran las fechas por razones de seguridad. Los duelos estaban programados para los miércoles 7 y 28 de noviembre, en horario nocturno, pero Conmebol y el gobierno de Buenos Aires acordaron pasarlos para los sábados 10 y 24 del mismo mes en las horas de la tarde, para controlar mejor el ingreso y la salida de espectadores y evitar que el partido final se cruzara con la cumbre del G-20, en la capital argentina.
El intenso 2-2 en La Bombonera, que no se jugó el sábado 10 sino el domingo 11, debido a un torrencial aguacero que inundó el campo de Boca y obligó al aplazamiento, dejó la serie abierta y a Rafael Santos Borré, suspendido por acumulación de amarillas.
Durante 15 días los hinchas xeneizes y millonarios no pudieron dormir. La ansiedad se apoderó de ellos y de casi todos los amantes del balón en un país en el que el fútbol es una religión.
Tanto, que ya no pensaban en la alegría de ganar, sino en la necesidad de no perder. A bosteros y gallinas les preocupaban más el dolor de la derrota y las burlas de sus tradicionales rivales, que la gloria y el prestigio que llegan al levantar una copa más.
Llegó el día del partido y los diarios bonaerenses titularon: “La final del mundo” y “Nada volverá a ser igual”, presagiando las repercusiones que tendría el resultado. En realidad no existe en el mundo una rivalidad más grande que esta, ni una sociedad que gire tanto en torno al fútbol como la argentina.
Tres horas antes del pitazo inicial el Monumental ya estaba lleno. Las puertas se cerraron, porque ya no había espacio en las tribunas y miles de aficionados se quedaron por fuera, incluso con boleta en mano.
Los ánimos estaban calientes y el bus que transportaba a Boca Juniors fue agredido. Esquirlas impactaron a algunos jugadores, por lo que el club azul y oro se negó a jugar. Después de varias horas de negociaciones y un par de postergaciones, el locutor oficial anunció el aplazamiento del duelo para el día siguiente.
Desconcertados los hinchas desalojaron el estadio. Muchos de ellos, los que llegaron de otras ciudades, pasaron la noche en parques y calles de Buenos Aires, pero los del vecindario también regresaron a sus casas decepcionados por la violencia que rodea al fútbol.
“Esto es una vergüenza. Tocamos fondo. Hicimos el ridículo. Están acabando con nuestro deporte. No somos capaces de organizar un partido”, coincidían indignados los medios de comunicación argentinos, mientras “off the record” los periodistas aceptaban que las agresiones a los buses de equipos visitantes son pan de cada día en ese país.
Y Conmebol, tras un par de días de negociaciones, decidió realizar la final en Madrid. La Copa Libertadores de América se definiría en casa, justamente, de los conquistadores, pues la capital española le ganó la puja a Abu Dabi, la otra ciudad que ofreció acoger el duelo. Entonces el trofeo se entregaría a 10.000 kilómetros de Buenos Aires, a 8.000 de Bogotá.
Los cinco grados centígrados de temperatura en Madrid no impidieron que se notara el fervor latino. Miles de hinchas de River y Boca llenaron las tribunas norte y sur, respectivamente, mientras que los socios del club merengue se ubicaron en las graderías este y oeste.
Lionel Messi, James Rodríguez, Antoine Griezmann y Diego Simeone, entre otras figuras del balompié mundial, asistieron al juego.
A esas alturas, en los 39 días en los que se había hablado de la final, el tema fútbol había sido escaso. Pero fueron 120 minutos para reconciliarse con la pelota. No tanto por el buen nivel del juego, sino por la intensidad con la que se vivió en la cancha y en las graderías.
Se peleó con vehemencia, pero también con lealtad. Y los aficionados nunca pararon de alentar. Hasta que al minuto 109, ya en la prórroga, el antioqueño Juan Fernando Quintero marcó el 2-1 parcial, el gol más importante en la historia de River Plate, el que desequilibró el duelo y le dedicó a su amigo James, que estaba en un palco.
Los millonarios, futbolísticamente favoritos, se impusieron 3-1 para conquistar su cuarta Copa Libertadores y saldar una deuda histórica con sus más acérrimos rivales, que nunca más podrán echarles en cara el descenso a la B, pues el clásico más importante de todos los tiempos fue para los de la banda cruzada.
Han pasado los días y los hinchas de River siguen celebrando. Los de Boca, aún afectados, descubrieron sin embargo que la vida continúa y que por duras que sean las derrotas, con ellas no se acaba el mundo, porque seguro llegará la revancha. Una vez más, como dice Jorge Valdano, el fútbol demostró que es “la más importante entre las cosas menos importantes”.
En el 2019 se repitió el encuentro. Algunos hablaban de revancha, pero quienes ganan las finales dicen con algo de prepotencia, también con algo de verdad, que la segunda vuelta se da en la misma instancia, que para suplir el dolor del derrotado hay que arrebatar el título en la última de las definiciones. Boca y River se enfrentaron en las semifinales de la Copa Libertadores del año pasado. Esta vez no hubo aguacero o vidrios rotos que impidieran la realización de ambos juegos en El Monumental y en La Bombonera. Al parecer los hinchas supieron guardar sus rencores para evitar que la ansiedad durara más tiempo y la incertidumbre se apiadara de los hinchas más tradicionales y devotos.
En el partido de ida en la casa de River Plate, los millonarios vencieron por 2-0 a los xeneizes. Santos Borré marcó el primer tanto de penalti al minuto 7; Ignacio Fernández anotó el segundo al 70′. En la vuelta Boca ganó, pero no le alcanzó. Todo el partido lo intentó y se encontró con un River sólido y convencido de poder manejar el resultado. Sobre el minuto 80 Jan Hurtado marcó el único gol del partido. Fue un final vertiginoso, con varios corazones acelerados y varias ansias de no repetir una eliminación con el rival de patio, con el rival de siempre. Los dirigidos por Marcelo Gallardo celebraron en La Bombonera el paso a una nueva final. Infortunadamente para el equipo millonario el bicampeonato no se dio por un Flamengo que volvió a levantar una Libertadores después de 38 años.
Las fuerzas del destino señalan a River y Boca nuevamente para la definición de un título. Aunque no van a definir el campeón enfrentándose mutuamente, pues los millonarios visitarán a Atlético Tucumán en la última fecha y los xeneizes recibirán a Gimnasia en La Bombonera, solo los dos tienen probabilidades de ganar la Superliga 2019-2020. Las cuentas son claras: si River Plate gana será el campeón; si River empata y Boca gana, el campeón será Boca. En caso de que River pierda y Boca empate, ambos equipos quedarían en el primer lugar, con 46 unidades. Según el reglamento de la competición tendrán que jugar un partido extra, en campo neutral. Si no hay vencedor en los noventa minutos, se jugarán dos tiempos extra de quince minutos y si la igualdad persiste, el título se definirá por lanzamientos desde el punto penalti.
En total han disputado 252 partidos, Boca ganó 89, River 83 y empataron en 80 oportunidades. Rafael Santos Borré, Juan Fernando Quintero y Jorge Carrascal son los que podrían alzar una copa con los millonarios; Sebastián Villa, Jorman Campuzano y Frank Fabra podrían ser campeones con los xeneizes. El delantero de River, Santos Borré, es el goleador del torneo con 12 anotaciones.
Buenos Aires nuevamente hace parte de un relato que puede pasar de la tragedia a la épica, y de la épica a la lírica. Nuevamente el Obelisco, los cafés, las librerías, la avenida nueve de julio y todas sus calles se rinden a los bombos, a los relatos de hinchas, periodistas y jugadores que son protagonistas y heraldos de una época en que todo fue más azul, amarillo, rojo y blanco que siempre.